21 de abril de 2010

Acotaciones del viajero

No soy la edad que grita detrás de las paredes:
soy apenas un nombre
dándose a la constancia del camino.


Procedente de un cuerpo acariciado
por aguas que supieron
de carabelas y naufragios de airosos bergantines,
voy de la soledad a las trincheras,
del silencio al tumulto,
de las desolaciones a los milagros compartidos.


Con el morral danzando
junto a la espalda que le brindo al viento
y a la lluvia y al sol y a sus legiones,
penetro en los resquicios
donde la sangre un día sintió las mordeduras,
donde hallaron las grímpolas un puesto en las contiendas,
donde ultrajó la insidia, que se nutre
con telarañas y pobrezas,
el sendero esbozado por cierta luz inmarcesible
para un andar de rostros de humildísimo atuendo.


Yo le presto mi voz a la inocencia de los pífanos,
y a los muertos que claman por un osario justo,
y a los vivos que alientan la vibración del campanario
sobre las catedrales y el olvido.
Hablo con el sudor de los labriegos
y con el llanto inerme que, aun sin alas,
no renuncia jamás a sus deseos de apagarse
vistiéndose de nubes
Me asomo a los oficios que sustentan los temblores humanos,
y comparto con ellos
la dosis de miseria que soliviantan los periódicos
y la porción de regocijo que nos sustraen sus propietarios.


Si alguna vez presumo desaliento en mis hombros;
si las piernas que calzo se humedecen de várices,
regreso al soliloquio del culto que, doliéndose,
descubre una respuesta en la figura
del colega inclinado sobre las hojas desahuciadas.


Yo escapo de la sombra que simulan los árboles raquíticos
en la pereza de los márgenes,
y desnudo las trampas
donde pudieran estrellarse los pasos venideros,
y abrumo los vestigios del cansancio
con los pies disponibles y la palabra enhiesta.


No soy la edad que grita detrás de las paredes:
soy apenas un nombre
dándose a la constancia del camino.