5 de diciembre de 2008

Balsa flotando al sur

Lluvia gris. El aire huele
a pobreza humedecida
y, aún latente, la embestida
de una ponzoña nos duele.
Algo reclama que vuele
contra el odio la bonanza.
Gruñe la sombra: nos lanza
mordeduras de salmuera,
y abiertamente acelera
sus latidos la esperanza.

Llora un niño. La tristeza
lo lastima noche a noche
y, ajeno, muestra el derroche
su oropel. ¿Habrá belleza
si no existe la nobleza
de la equidad? El cariño
será luminoso armiño
sólo si la unión se funda
y, levantándose, inunda
los ojos de cada niño.

Hacer por el bien de todos
nos eterniza. La muerte
no es realidad cuando advierte
que se lucha. Los beodos
de rabia diseñan modos
de anularnos el encuentro,
y se agazapan al centro
de la bruma y el barranco,
porque un ejército blanco
marcha corazón adentro.

El dolor debe cuidarse
también de su propia España.
Trocar la duda en cizaña
no es difícil. Desnudarse
podría ser como armarse
para escalar. Si la roca
junto al agua se coloca
tórnase arena. Es urgente
rozar la luz de la frente
cuya estrella nos convoca.

Roto el llanto, se desvive
por su entierro la familia
y así la paz se concilia
con el cuerpo. Quien suscribe
su verdad sólo percibe
que el tiempo siempre es escaso
para iluminar el paso
del futuro. Viviremos
tranquilos cuando enviemos
las penumbras al ocaso.

Notas sobre Barrio Adentro


“La mejor medicina – escribió José Martí – no es la que cura, sino la que precave”. Convencidos de la innegable vigencia de tal afirmación, y de que alrededor de un noventa por ciento de las situaciones de salud pueden solucionarse a nivel de la atención primaria, siempre que sepamos concederle a esta la trascendencia que merece, arribaron a Peña, el 25 de Octubre del año 2003, los 36 médicos cubanos que iniciaron la misión Barrio Adentro en este municipio del estado Yaracuy.

De manera inmediata, y luego de ser acogidos en las comunidades por las familias en cuyas casas convivieron, se inició la prestación de servicios. Locales adaptados se convirtieron, por obra de la necesidad y de la urgencia, en Consultorios Médicos. Y hasta ellos comenzaron a llegar los pobladores de los barrios. Se crearon los Comités de Salud y sus miembros, además de ayudar a los galenos y de velar por su seguridad durante las consultas, en horas de la tarde los acompañaban en las labores de terreno. Gracias a esto, en poco tiempo se culminó la realización del censo poblacional que les permitió a los recién llegados el necesario acercamiento a los problemas de mayor incidencia en sus comunidades.

A los pacientes afectos de enfermedades crónicas no sólo se les garantizó desde el principio la atención médica, sino también la mayor parte de los medicamentos y la educación imprescindible para el control de sus patologías. Sin embargo, como era de esperarse, los principales motivos de consulta fueron siempre las enfermedades infecciosas. De ahí que afecciones dermatológicas tales como escabiosis, piodermitis y micosis, el parasitismo intestinal y las infecciones respiratorias altas ocuparan un sitio prioritario entre los diagnósticos más frecuentes.

Comoquiera que promover salud y prevenir enfermedades, en primera instancia y, en segunda, curar y rehabilitar, constituyen los objetivos esenciales de la asistencia médica, el trabajo se orientó de inmediato hacia el cumplimiento estricto de los mismos. De modo que recibir conocimientos a través de audiencias sanitarias, de charlas y de conversaciones cara a cara vino a convertirse – y ojalá que nunca deje de serlo – en parte de la cotidianidad de los pacientes. Se hizo énfasis desde entonces en la planificación familiar; se les brindaron anticonceptivos orales a quienes necesitaban de su uso para evitar las gestaciones no deseadas, y en cada uno de los consultorios se fundaron los Clubes de abuelos, de adolescentes y de embarazadas.

Para estimular, por un lado, el abandono de las costumbres nocivas y, por el otro, la adquisición de hábitos de vida saludables, se organizaron eventos deportivos y culturales, unas veces con carácter comunitario y otras de alcance municipal, protagonizados por los propios pacientes. Hay innumerables anécdotas relacionadas con estas actividades donde también, como es lógico, se contaba con la participación directa de muchos colaboradores. Durante la celebración de un partido de sofbol entre dos barrios, por ejemplo, uno de los médicos villaclareños se fracturó el extremo distal de la tibia y para su recuperación tuvo que permanecer en Cuba por un lapso de tres meses.

De aquellos 36 compañeros que inauguraron Barrio Adentro en Peña, algunos ya volvieron a nuestra isla del Caribe, otros continúan el ejercicio de sus funciones en África, y un grupo reducido permanece todavía en tierras yaracuyanas. Los que regresaron a la Patria fueron sustituidos por otros y ahora, con la incorporación de técnicos y licenciadas en enfermería, las comunidades disponen de más profesionales de la salud. Si bien al comienzo sólo se contaba con médicos y odontólogos, la implementación del CDI puso al alcance de toda la población los servicios de Cuerpo de Guardia, Terapia Intensiva, Cirugía, Rehabilitación, Electrocardiograma, Traumatología, Laboratorio Clínico e Imagenología.

Hablar de los logros alcanzados por la misión Barrio Adentro durante los más de cinco años transcurridos, es una tarea que en estos momentos, por fidelidad a los principios que sustentan, no les corresponde a sus protagonistas. Hay realidades que, al hacerse tangibles, aun cuando los partidarios de la sombra se empecinen en tergiversarlas, no admiten ser despojadas de su encanto ante los ojos de las mayorías. Todos los humanos, con independencia de sus credos políticos o religiosos, tienen derecho a que se les garantice gratuitamente la solución de sus problemas de salud. Para los médicos cubanos, la vida de uno solo de ellos continúa significando más que toda la fortuna del hombre más rico de la tierra.

De raquitismos y demonios

Uno de los filósofos más populares de la historia moderna – y así lo confirma cierta joven encuesta realizada en un país del viejo continente – afirmaba que conoció mejor a la sociedad francesa por su lectura de las obras de Balzac que por el estudio de los cronicones de la época. Con ello, probablemente, se arriesgó a reconocer el valor de la literatura como testimonio de los hábitos y también - ¿por qué no? – de las aberraciones con que suelen transitar por la existencia los grupos humanos que coexisten en una ubicación espacio-temporal determinada.

De la trascendencia de la creación literaria como instrumento nada desdeñable y, consecuentemente, como arma de poderosísima eficacia en el proceso de disección de la anatomía social de nuestros pueblos, parecen estar hablándonos todavía muchos poemas de Vallejo y de Neruda y de Andrés Eloy Blanco, y memorables narraciones de Rodolfo Walsh y de Haroldo Conti, escritores – estos últimos – desaparecidos gracias a la “bondad” de satrapías apadrinadas por aquellos que, tradicionalmente, se han empecinado en erigirse como arquetipo de administraciones democráticas.

Conste que con lo anterior no pretendo menoscabar la significación de autores cuyas obras, signadas muchas veces por un exceso de lastre culturalista, nos los muestran ajenos a las ulceraciones que corroyeron el cuerpo de su entorno. Se trata, simplemente, de admitir que el acercamiento a la inmediatez no siempre redunda en detrimento de la calidad artística.

Marco Gentile, escritor venezolano nacido hace treinta años en Barquisimeto y radicado en Yaritagua, acaba de entregarnos, a través de la editorial El perro y la rana, el que constituye, felizmente, su primer libro publicado.r El demonio raquítico, más allá de la plausible imaginería de su autor y de su aparente recorrido por los territorios de la narrativa fantástica, corrobora con creces la aseveración involucrada en los párrafos anteriores. Cada una de las cuarenta y siete fabulaciones que lo conforman, siempre tocadas por ese ángel de la brevedad que, de alguna manera, nos induce a rememorar una parte del quehacer de Augusto Monterroso, impresiona, en primer lugar, por su incuestionable nivel de sugerencia.

Y, dicho lo precedente, me apresuro a explicarme: con la utilización de un lenguaje distanciado de las enunciaciones crípticas y sin afanes esnobistas o renovadores, este narrador yaracuyano consigue insuflarle a sus miniaturas un indudable y bien logrado aliento parabólico. La limpieza expresiva, el humor, la ironía – tan exquisitamente manejada – y, sobre todo, ese reverenciable avecinamiento con los aires de la sátira que se respira en el trasfondo de sus textos, transparentan la lectura de tal modo que el mensaje adquiere sus verdaderas dimensiones cuando el lector, previamente avisado, imbrica la sugerente fantasía explicitada en la escritura con los referentes de esa otra realidad tangible y, en apariencias, escasamente socorrida, donde a la sombra de actitudes conductuales afiliadas al hombre también pululan los demonios. Quiero indicar con esto que, aun cuando la urdimbre narrativa de los cuentos se nutre de lucubraciones simbólicas, una notable porción de tales alegorías, al ser trasladadas al universo de la cotidianidad y concatenarse con este, admite la necesaria resemantización a la que, a mi juicio, aspira la voluntad del creador.

Dada la sencillez escrituraria del cuaderno, quien lo disfrute puede prescindir perfectamente de innumerables y tediosas visitas a las bibliotecas para desentrañar su contenido. Detrás de toda esa galería de personajes que deambula por sus páginas – ocumos, topochos, tortugas neonatas, deportistas octópodos, etc, - no es difícil vislumbrar el tránsito del hombre por los senderos de su hábitat, siempre sensible – unas veces por la escasez de claridad; otras, por la interesada manipulación de la ceguera que le ha impuesto la inopia – a los desafueros pergeñados por el maquiavelismo presupuesto en las actuaciones censurables y en el raquitismo de las pasiones demonizadas que suelen secundarlas.

Recurriendo a los menesteres de la cirugía, Marco Gentile desenfunda su escalpelo y nos conduce al reconocimiento de las pústulas que deslucen el rostro de su tiempo. Con el libro que nos ocupa, donde se muestra dueño de atinados recursos expresivos, se incorpora – y creo que con alas de envergadura suficiente para incrementar la longitud del vuelo – al vasto panorama de la narrativa facturada en estos lares. El demonio raquítico le ha de granjear, sin duda, un número considerable de lectores. En él, como en todo espejo, no es imposible descubrir manchas intrascendentes. Pero comoquiera que hablar de las tinieblas donde la lumbre purifica es una obra que atañe sólo a quienes no saben ser agradecidos, yo considero válido el deslumbramiento al que nos convoca la luz derramada en este volumen de relatos, entre otras cosas porque quizás dentro de un par de siglos alguno de los filósofos de entonces no tema arriesgarse a pronunciar, a propósito de una hipertrofiada ejecutoria literaria que comenzó a gestarse durante los primeros años de la actual centuria, una apostilla que, salvando las distancias, pueda recordarle a los bibliófilos del futuro la suscrita por el insigne alemán luego de su fructuoso aprendizaje con las novelas de Balzac.

Pórtico para tres poemas de Yamil

Santa Clara es una de las pocas ciudades de Cuba cuyas calles han logrado perpetuar sus laberintos en la memoria de quien esto escribe. A ella llegué, recién finalizada la enseñanza preuniversitaria, para iniciar mis estudios de Medicina. En ella les estreché las manos, durante los lanzamientos de Negrita y Contactos Poéticos, a Onelio Jorge Cardoso y a Samuel Feijoó, y asistí por primera vez a un Taller Literario donde, por cierto, redujeron generosamente a polvo algunos de los textos que yo, único escritor venido al mundo en las entonces fértiles sabanas adyacentes a Corralillo, consideraba obras destinadas a convertirse en hitos de la literatura nacional.

También en Santa Clara, celebérrima cuna del burro Perico y de Veleta, a propósito de la celebración de uno de los múltiples Encuentros de Talleres que tanta popularidad se agenciarían en el transcurso de los felicísimos ochenta, conocí, para iniciar una de las escasas amistades que he logrado conservar, a Yamil Díaz Gómez. Si mal no recuerdo, la década estaba consumiendo por aquellos días las últimas bocanadas de su oxígeno y yo, luego de cumplimentar las exigencias del servicio social en mi terruño primigenio, había regresado a las tertulias citadinas sin concretar, en detrimento de las ciencias médicas, la ruptura definitiva de mi matrimonio con las letras.

Yamil, nacido en 1971 y siendo casi un adolescente de 21 años, tuvo la imperdonable ocurrencia de irrespetar a los mayores alzándose con el codiciado Premio de la Ciudad en poesía. Y, ya licenciado en periodismo y después de la publicación de Apuntes de Mambrú (1993), continuó incorporándole laureles a su corona de poeta granjeándose un reconocimiento similar en el 2000 – en décima y en crónica – y, no conforme con esto, por esa misma fecha obtuvo el premio Eliseo Diego con un libro que dos años antes se hizo merecedor de la primera mención en el concurso Julián del Casal.

El título arriba mencionado se reveló más tarde como el inicio de una trilogía que fue continuada por Soldado desconocido (2001) y concluida por Fotógrafo en posguerra (2004), cuaderno que apareciera finalmente bajo el sello de las Ediciones Unión. Poeta de amplio registro – y aludo con ello al hacedor de versos que maneja con igual desenvoltura las formas abiertas y cerradas del leguaje o, para decirlo de otra manera, que pasa de la libertad formal a la utilización de la métrica y la rima sin que se adviertan variaciones abruptas en el tono –, Yamil ha conseguido cincelar su impronta personal en el variadísimo espectro de la poesía escrita en estos tiempos. La guerra y su aberrante saga de mutilaciones y regresos factibles o decapitados, en tanto que línea directriz en la poética de los tres libros, es asimismo abordada, sabia y deliberadamente, como un pretexto para desentrañar los entresijos del sufrimiento afín a los humanos y revelarnos, a través de las innumerables razones existentes para conjurarla, los probables senderos vislumbrados por el afán de conducir a sus protagonistas hacia una necesaria salvación.

En los poemas que siguen, tomados de la segunda sección de Fotógrafo en posguerra, libro al que suelo asomarme cuando se hastían nuestros ojos de las fealdades consuetudinarias, evidencia el poeta villaclareño esa singularísima capacidad suya para rememorarnos, intertextualidades mediantes, el universo de los cuentos infantiles y de las abominaciones y del cine. Aproximándose a esta voz enriquecida por el velamen henchido de afortunados y eficaces tropos, constatará el lector que quizás sólo la permanencia en el amor, en la ternura y en sus vecindades, podrá impedir el descenso del filo lacerante de la hoja, hecha también para segar aspiraciones, sobre la nuca todavía vulnerable de quienes, a pesar de las iniquidades y sus truenos, prefieren continuar apostando por la consumación de una esperanza.


CANCIÓN DE AMOR A BLANCANIEVES

Porque no tengo rostro no fue otra mi historia,
y ya no será otra que este hueco en el alma.
¿A quién puede importarle
que el espejo se mire en otro espejo,
disimulándole la soledad?

Yo – que no tengo rostro –,
yo
– que no tuve padres,
ni siquiera
la madrastra envidiosa de los cuentos –
vine a gritar tu belleza,
a comerme si puedo tu fruta envenenada,
y así al final de la leyenda serás feliz con otro.

Si me enseñaras a mentir,
si frente a mí sembraras un almendro,
y así mi rostro fuera un nido:
un sitio más donde tu luz se pose.

(Perdóname, princesa:
también las esperanzas se miran al espejo;
alguien me ha puesto dentro esta esperanza.)

Porque no tengo rostro no han venido a cerrarme los labios.
Pero, ¿quién va a cambiar mi historia?,
si el príncipe también acudirá a la cita,
si estoy tan solo que pudiera escucharse mi tristeza,
y a siete enanos les arde un arcoiris,
y tú no sabrás nunca
que cuando nadie crea en príncipes azules
quedará un solo espejo
donde siempre serás la más hermosa.

Yo, que no tengo rostro
y los pido prestados
para poder llorar.


MADRIGAL DEL VERDUGO

Es la primera tarde en que un verdugo
se ha visto a punto de no bajar la guillotina,
sólo porque tú estabas,
y a través de tus ojos vi un geranio
y a través de tus labios pedí misericordia
y a través de tus manos rocé la soledad.

Pero donde hay adolescentes tiene que haber verdugos,
aunque a través de tus ojos pase un barco
en que no viaja este suicida de a poco.
Este – quien mata en nombre de un honor
que no alumbra mi sopa
y no completa mi salario.

Ahora que todos gritan,
tened misericordia del verdugo.
Entre mi rostro y mi capucha
corrieron lágrimas amargas;
detrás de la capucha alguien masculla frases de amor,
palabras tontas.
Tú no entiendes.
Tú lloras a lo lejos.
Y a través de tus manos la textura del mundo es tan distinta.

Han cambiado los nombres de los héroes,
pero yo soy el mismo desde antes de la guerra.
Yo nunca tuve nombre,
sólo esta angustia con que me pregunto:
si yo corto cabezas,
¿con cuál cabeza pudiera imaginar que tus geranios florecieron?

Pero donde hay adolescentes tiene que haber verdugos.
Y ahora es el filo de la soledad
el que va cercenándonos por dentro,
porque la vida no va a empezar otra vez
aunque yo sea el primero en quitarme la capucha
esta primera tarde en que un verdugo
ha estado a punto de gritar: ¡TE AMO!


CRÓNICA DE CINE

Me gustan las películas donde ganan los malos.
El cine fue inventado para que los protagonistas
regresen vivos de todas las batallas;
pero sin malos no habrá batallas ni protagonistas.
De no existir los malos,
¿quién bajará al infierno por rescatar a una mujer?
De no existir los malos, ¿cuál pretexto
inventarán los buenos para sobrevivir?

Lo único eterno son los malos.
Los malos son los verdaderos héroes.
Sin amar a los malos no hay grandeza;
es demasiado fácil estar de acuerdo con la diva o el galán.

Me gustan las películas donde ganan los malos
porque nadie más malo que yo mismo.
Yo reparto boletos. Yo prendo el proyector.
Anuncio en cartelones las escenas del crimen o el rapto
de la novia.

El cine fue inventado para pagar por que otros sufran.
Ahora cientos de malos vienen a mi taquilla,
lanzan al aire su moneda firme:
menos su propia maldad, todo lo apuestan por el héroe.

Ahora no existe nadie más malo que yo mismo.
Yo fijo el precio por mirar un falso porvenir.
Y abro la puerta.
El cine fue inventado para pagar por que otros sufran.
El cine fue inventado
para ponerle voz a la desgracia.

3 de diciembre de 2008

Tres apuntes sobre Meditaciones del náufrago

Por Edelmis Anoceto
I

Arístides Valdés Guillermo (Corralillo, 1960), no es uno de esos poetas que también escribe décimas. Puede decirse que se trata de un decimista nato. De ello dan fe títulos como Las puertas de Cristal (1992), El príncipe de bruces (1997, este único en verso libre), Esbozos con figura de muchacha (1999) y Meditaciones del náufrago, (Premio “Fundación de la Ciudad de Santa Clara” 2006, publicado por la Editorial Capiro).

Es ahora a través de la voz del náufrago que Arístides nos muestra los temas que más lo asedian como ser que ha elegido la poesía como forma de expresión, o quizás la poesía lo ha elegido a él como vehículo para dejar su legado. En Meditaciones del náufrago, este legado poético semeja un viaje, un desarrollo.

Así, desde la duda a la certidumbre, desde el desasosiego a la esperanza, dualidades que también se encuentran explícitas en los poemas de manera muy puntual, se despliegan estas meditaciones, que aunque sujetas al octosílabo principalmente y al endecasílabo en menor medida, pueden ser acogidas por el lector sin que este tenga necesariamente que regodearse en la forma. Esto solo puede lograrlo un decimista que ya ejerce esa estrofa con total facilidad. De tal manera la lectura de estos poemas nos hace pensar que la décima es el lenguaje natural de este poeta. Si no fuera por la calidad lírica, la síntesis en las ideas, la exactitud del léxico y el concepto de poema, la desenvoltura de Arístides podría compararse con la del repentista, - y sálvese aquí cualquier distancia.

En tal sentido es ilustrativo el siguiente fragmento del poema Los marineros besan y se van, en el que las ideas se destilan de la manera más natural y sencilla, sin alteraciones de los elementos de la correcta sintaxis castellana:

Hay sueños que parten, dejan
una promesa, no vuelven
nunca más
, y se disuelven
con el agua que bosquejan.
Yo los he visto: se alejan
sobre un azogue desierto;
se alejan y en cada puerto
que abandonan, más de una
mujer espera
la cuna
de arrullar su desconcierto.


2

Un peso importante en el poemario está dado por las diferentes connotaciones que se le dan a la voz sombra en contraste con otras como blanco, lumbre, luz, reflejo, sol, faroles, fuego, etcétera; lo que constituye un motivo recurrente, aunque no manifiesto, que reafirma nuestra primera insinuación en estos apuntes, del viaje de lo negativo a lo positivo, o sea, del mejoramiento; porque el náufrago (sugerido desde el título como primer símbolo del decimario) no es otro que aquel ser que logra salir ileso del desastre para únicamente mediante su esfuerzo alcanzar la orilla salvadora.

Otros asuntos que ayudan a la diversidad y demuestran la amplia gama temática del poeta son, entre otros, el de la misma creación literaria como un argumento ante la muerte, la vida del hombre comparada con la deriva de un barco, la infancia como lugar de refugio, la suficiencia del hombre ante la soledad y el desamparo, y el amor, con énfasis en la tercera sección, Maneras de salvarse, la cual está compuesta por poemas que nos recuerdan aquellos del mencionado decimario Esbozos con figura de muchacha.

Pero aun aquí el náufrago está presente para hacer del amor esa costa que se desea alcanzar. En este sentido es ejemplar el principio del poema Primer intento de ascensión a un cielo imaginado:

Una canción, unos ojos
y unos labios entreabiertos
revélanse casi puertos
donde anclar con mis despojos.

Aunque el conjunto está escrito casi íntegramente sin variaciones del tipo estilísticas (décimas espinelas, algunas sin la clásica pausa después de la primera cuarteta y sin los versos 5to y 6to como puente, con diversas maneras de encabalgar los versos y arbitrarios patrones estróficos), Arístides logra sonoridades diferentes de un poema a otro, sin embargo la variedad no está dada únicamente por recursos composicionales del verso, ciertamente esta variedad que en el plano fonológico se aprecia mientras se avanza en la lectura, es ayudada en gran medida por la limpieza y originalidad de las ideas que transmite. El verso perfectamente medido y acentuado junto a la belleza de la idea que encierra, crean una Belleza superior que no puede ser otra que el poema mismo.

Los títulos de Arístides funcionan como necesarias señales que sirven al lector de apoyatura para adentrarse en los poemas. Muchas veces estos son portadores en sí mismos de una carga poética que contrasta con el texto que le sigue, como sucede en el poema titulado Una señora que dice ser la Historia hace una reverencia y se confiesa, el cual encierra una peculiar autodefinición de la Historia, sujeto lírico de esta pieza:

Yo fui la luz, fui una guerra
del hombre, fui quemadura
y escuché la mordedura
del llanto sobre la tierra.

Sé que una herida no cierra
si su muerte no se gana.

Fui muchas veces campana
que a la lucha convoqué,
y os confieso que hoy no sé
qué cosa seré mañana.

El náufrago, el suicida, el alpinista, el escriba, el triste, el bufón, el poeta, el caminante pertenecen a otro tipo de fuente creacional, personajes ficticios que le sirven para tomarlos como pretexto y a partir de ellos plantear cuestionamientos existenciales o asuntos que pertenecen a la vivencia del autor, a su experiencia.


3

La décima de Arístides Valdés no se inscribe en una manera actual de ejercer ese tipo de escritura, que es la de otorgarle un discurso cada vez más ajeno al de la tradición del género en Cuba, en una lógica búsqueda de temas inéditos. Por el contrario, la suya es deudora de una práctica establecida y propone por lo tanto una relectura de los grandes hallazgos poéticos desde Espinel hasta hoy.

Martí, Vallejo, Neruda, Borges, son poetas que nos dicen, con sus apariciones en citas, glosas o exergos, de qué materia se nutre el poeta y sobre todo la calidad que tiene su poesía como base, como fuente de inspiración en lo mejor de nuestra lengua. Y ciertamente el lector que con Meditaciones del náufrago se enfrenta por primera vez a la poesía de Arístides Valdés, notará en él ese apego a lo clásico.

Es en extremo difícil lograr a lo largo de un decimario de cuarenta poemas (más de ochenta décimas) un nivel de calidad como el que se observa en Meditaciones del náufrago. Tanto a nivel del verso como de la estrofa, el poema, la sección, el libro está despojado de lo que se conoce como rellenos, nada ha de resultar discordante para hacer que el lector se detenga. Pareciera que un poema deriva en otro.

El aliento del libro es mantenido de principio a fin aun cuando Arístides incursiona en ejercicios experimentales tales como Decimilla compuesta por el náufrago para elogiar a una muchacha con quien antiguamente le fuera permitido compartir un madero, poema concebido en versos monosílabos.

Si algún momento climático tiene el libro, este se encuentra allí donde el poeta se enfrenta a los grandes temas, se nota sobre todo una obsesión por la muerte y el amor como dos fuerzas creacionales ineludibles. Estas dos nociones se conjugan en varias ocasiones y de manera diferente:

Yo la soñaba.
He quedado
sin su tibieza en mi hombro,
sin la luz, sin el asombro
de los besos que no ha dado.

Oigo al silencio colgado
como un grito en la pared.

Ella no ha vuelto y la red
y el laberinto y su fragua,
en las prisiones del agua
me han visto morir de sed.

(de Tribulaciones por la ausencia de la mujer soñada)

Por último, un libro cuyo pórtico es un diálogo con la muerte y cuya última sección está dedicada al amor, no puede dejar en el lector un saldo diferente al de la esperanza, pero aunque así no fuera, solo con la perfecta conjunción de cargas emotivas, sensoriales e intelectivas que encierra esta lectura ya esa ganancia nos sería dada.

publicado antes en Hacerse el cuerdo (Año2. Nro.8)





1 de diciembre de 2008

Los pies sobre la tierra


I

Es triste al corazón saberse solo.
Yo anduve acompañado un largo trecho
y creí eternizada junto al pecho
la lumbrera intocable. Pero el dolo

que acercó hasta mis ojos la obsecante
morbidez de su máscara distrajo
mi lograda quietud. Vínose abajo,
de un golpe, la ebriedad y, avasallante,

se impuso la penumbra. Di al estudio
de insólitas verdades que repudio
lo mejor de mi edad. Vendí quimeras.

Le supuse a la mar el agua ingente
y fue preciso atravesar un puente
para que tú, de pronto, aparecieras.

II

El triunfo no es gratuito. ¿Quién lo duda?
¿Quién logra sustraerse a la mordida
con que suele ofrecérsenos la vida
para esta ingravidez que nos desnuda?

No siempre descubrimos, cuando exuda
el cuerpo su dolor, la bendecida
mano que hacia una dársena convida
y a limpiarnos el alma nos ayuda.

Yo conseguí escapar – tuve la suerte –
quizás porque asediado por la muerte
cuyo aliento escuchamos, conservaba,

como el príncipe lúcido y obseso,
en algún sitio de mi asombro el beso
que la Bella Durmiente precisaba.

III

Tú eras el horizonte. No advenías
con viento favorable a mi tristeza
y encontré, sin embargo, en la limpieza
de tu voz melancólicas bahías.

Más que brindarte al llanto, preferías
escanciar en mi oído la tibieza
de un sueño que apostaba su entereza
contra la soledad que padecías.

Increpando el orgullo del oleaje,
yo abandoné mi sórdido equipaje
y, juntos, perpetuamos el encuentro

para que descendiera otro querube.
Es que a la eternidad sólo se sube
si uno aprende a buscarla desde adentro.

IV

Si un día, con mis ojos en tus ojos,
yo te descubro, en lo que piensas, triste,
no aceptaré que, ajenos a su alpiste,
se ofrezcan a la sed tus labios rojos.

Hay minutos que duelen, hay enojos
que nos pueden herir; pero si existe
la confianza en el ánimo, resiste
su escudo la intención de los abrojos.

El tiempo en sus relojes nos encierra
como siervos sumisos. En la guerra
sobreviven los restos de lo humano.

La tristeza que a sorbos nos derriba
sólo ha de ser hermosa cuando exhiba
una lámpara enhiesta en cada mano.

V

Subo desde un abismo indubitable
hasta la cima dulce de tu abrazo,
y recobro, al subir, cada pedazo
de lo que imaginé irrecuperable.

Luciérnaga en mis noches y culpable
de que amanezca niño en tu regazo,
me induces a tomar, ceñido el brazo,
la ruta que juzgaba intransitable.

Retroceden, hendidas, las tinieblas
que me soñaron huérfano. Tú pueblas,
como una fuente límpida, el silencio.

No prospera la sombra donde habitas,
ennobleces mi edad y precipitas
en su voz el color que reverencio.

VI

Dándose a la esbeltez que lo provoca,
a su intrépida luz, a la pelea
cuya inefable conclusión desea,
el amor, cuando es breve, se equivoca.

Si escapa felizmente de la roca
sostenida en su espalda, saborea
la efímera conquista sin que vea
cómo la prisa su verdad trastoca.

Se impone meditar, subir despacio
la escalinata inmensa del palacio,
y que allí, abierta el alma, disfrutemos

de su larga emoción. Un buen orfebre
no admitirá que nadie le celebre
la copa mientras no la eternicemos.

VII

Algo se desmorona. Tú has llegado
para que nunca el llanto nos aflija
y un monumento a tu nobleza erija
el latido que estrenas a tu lado.

¿Qué pecho alguna vez condecorado
por esa cruz que al hombre desvalija,
osaría negarse a la cobija
que su casta quietud nos ha brindado?

Tú deseas vivir. Yo, resurrecto,
me incorporo a tus ansias. El trayecto
hacia el jardín donde la paz deslumbra

lastima con sus trampas. Y es preciso
no descuidar el cauteloso aviso
de la sed que los pasos nos alumbra.

VIII

Hay bonanza en la luz con que hoy medito.
Luego de andar tentando lo inasible,
aprendo que existir no es imposible
porque a la sombra de tu voz transito.

Sólo quien hace de su aliento un grito
vislumbra, vulnerando la terrible
procesión de sus penas, un posible
roce con el vedado manuscrito.

No es suficiente imaginar que olvida
la noche su aridez cuando la vida
sobre un lecho sin lágrimas reposa.

Más que la gloria incierta del convite,
importa la unidad que nos invite
a las exequias del dolor, esposa.

IX

¿Qué será de nosotros cuando clame
la nieve insobornable de los años,
y a vagar en patéticos rebaños
la oscuridad, hierática, nos llame?

Mientras la dicha cuyo acento inflame
desdeñe los capítulos extraños,
no importa que a sus límites huraños
la inequidad de un gesto nos reclame.

Si algo te trajo a mí para saberte,
la presunción inútil de la muerte
no podrá conseguir que se nos abra

bajo los pies el mundo. Yo confío
en que habrá de quedar, frente al vacío,
perpetuado el amor en la palabra.

X

¿De qué sirve ocultar que ayer sufría?
La honestidad me ocupa. No pretendo
solaparme a las fauces del estruendo
que se dispuso a condenar la vía.

Si, atado a la retama, sumergía
mi verbo en la mudez, ahora comprendo
que restarle a la piel cada remiendo
no supone un rechazo a la porfía.

Me apresto a caminar. El calendario
adelgaza, mujer, y es necesario
que tu cuerpo a mi senda se acostumbre.

No siempre un espejismo nos engaña:
uno sabe que existe la montaña
y anhela, como Sísifo, la cumbre.

Segunda Mención Especial
en el Certamen Internacional de Poesía
“Sant Jordi”, 2008

Bajo una luz que sí existe

Luego de obtener el premio UNEAC en el año 2001 con un libro de testimonios, Ricardo Riverón Rojas (Zulueta, 1949) vuelve al deslumbramiento de la décima, esa mínima y exigente cárcel de aire puro, ahora con el título Bajo una luz que no existe, bellísima edición auspiciada por la editorial Letras Cubanas. Subdividido en seis secciones, el libro agrupa 92 décimas, no siempre comprometidas con la forma clásica de la espinela, pues además de recurrir con no desdeñable regularidad al metro endecasílabo, Riverón decide arriesgarse a prescindir no pocas veces de la rima consonante y prefiere valerse de las asonancias en los versos pares, tal como hicieron poetas anteriores entre los que valdría mencionar, más allá de nuestras costas, al imprescindible autor de Cántico.

Creo que lo primero que debemos agradecer a Riverón en esta nueva obra que nos entrega, es su distanciamiento de las adulteraciones formales que algunos de los cultores de la estrofa nos empecinamos en levantar a manera de novedosa flámula. El acercamiento de la décima a la estructura del romance y la incorporación de versos de arte mayor, únicos momentos en el libro en los que su autor se desentiende de la tradición formal, a estas alturas carecen de todo vestigio que nos permitan considerarlos como una novedad. Si bien en nuestra polifónica contemporaneidad su utilización se ha popularizado un tanto, recuérdese que en la obra del ya aludido Jorge Guillén no es difícil encontrar décimas arromanzadas; que Darío, en varias de sus Baladas, incorporó el endecasílabo a esta estrofa y que, mucho antes, ese romántico empedernido que fuera José Jacinto Milanés nos legó Después del festín, poema formado por cuatro décimas alejandrinas. Por otra parte, a pesar de la renovación en la forma y de los cambios en el metro que se nos anuncian en la contratapa del cuaderno, ya en La próxima persona (1993) Riverón había utilizado, y no sin encomiable acierto, el verso de once sílabas.

Concluida la necesaria digresión anterior, hecha con el objetivo de confirmar que en el libro que nos ocupa sólo el empleo de las rimas asonantes puede considerarse como un renuevo, desde el punto de vista estructural, en la obra decimística de este poeta, me permitiré discrepar otra vez con su editor. Pienso que Riverón, más que diversificar los asuntos, diversifica la manera de asomarse a ellos. Así como existen creadores de amplísimos registros temáticos, existen también otros cuya obra, no por ello menos vasta, se fundamenta en el abordaje, desde ópticas distintas, de un reducido número de temas. Vicente Aleixandre, verbi gratia, es por encima de todo un gran poeta del amor. Y Ricardo Riverón, a mi juicio, es en primer lugar un hacedor de versos que transmuta en sustancia poetizable la evocación, desde múltiples ángulos, de elementos relacionados, entre otras cosas, con la infancia, el hogar, los nexos familiares y las sutilezas femeninas. Este universo vivencial personalísimo, en lograda simbiosis con el entorno natural y las percepciones oníricas, e imbricado en los avatares de la existencia cotidiana, le confiere una indudable singularidad a su poética. Asimismo, en muchos de sus textos, y gracias a la recurrencia a la intertextualidad, se hace evidente la intención de saldar una deuda de gratitud con la lectura de autores que siempre ha reverenciado.

Sólo el recuerdo, en su bondad, me salva, nos avisa el poeta apenas trasponemos el umbral. Y, en efecto, hay en este libro abundantes reminiscencias signadas, unas veces, por una incuestionable plasticidad y, otras, por la honda sabiduría inherente a las vivencias decantadas. Con sus quimeras, ineluctablemente borrosas ante la iniquidad del calendario y, sin embargo, no exentas de lucidez, se nos presenta Riverón. Y ya desde el poema inicial, que no por casualidad glosa dos versos de Nicolás Guillén, nos extiende algunas filigranas cromáticas que habrán de reiterarse, como un leitmotiv, a lo largo del cuaderno:

¿Qué anuncian esas banderas
grises como la neblina
tras el alba blanquecina
de mis borrosas quimeras?

(………)

Todo tiene otro color
(el agrio azul de la espuma)
mientras la noche se esfuma
casi huérfana de olor.

Toda esa gama de matices, despojada la mayoría de las veces de su sentido semántico directo, adquiere una connotación simbólica que insufla en el lenguaje la frescura propia de los surtidores montañeses. Pero el autor, no conforme con esto, dispone su intelecto a una osadía cuya culminación airosa sólo es dable a pocos afortunados: vuelto hacia lo más inmarcesible de la tradición, torna la cuartilla en un lienzo y esboza, con certeras pinceladas, cuadros cuya elocuencia no dejará de ser advertida por quienes disfrutan entregándose a la contemplación de los encantos de la naturaleza insular:

Sangra la luz vespertina
sobre el horizonte incierto,
y el mar, de un rosado muerto
tiñe su vasta cortina.

En la segunda sección del libro, titulada con una referencia que, a contrapelo del paréntesis, no solapa el homenaje tácito a la memoria del venerable autor de Por los extraños pueblos, asistimos a la resurrección métrica de algunos de los objetos que le aportan vitalidad al interior de una vivienda. Aquí, acompañados por esos acordes de resonancias deleitosas con los que Riverón suele obsequiar a quien lo lee, pasamos de LA CAMA, donde las utopías de ayer / hasta nos parecen ciertas, a LA MESA sobre la cual se desconciertan los mapas / con infantiles dibujos; de la familiar imagen de la abuela, que aún balancea su ancianidad en EL SILLÓN DE MIMBRE, al niño ensimismado en EL TELEVISOR con cuya aparición cambiaron, hormigueantes, de color / hasta las rectas tardes del domingo; de LA MÁQUINA DE COSER, que hoy yace con el roto velocípedo / entre dedales y correas tristes, a esa otra vida encerrada en EL LIBRERO donde puede dialogarse con la eternidad de ciertos personajes. Aquí nos sorprendemos, en fin, ante un muestrario de supuestas minucias hogareñas que, liberadas del polvo inmemorial por la meditación paciente del artista, se ofrecen al lector como esas frutas a las que, luego de mondarlas, se les puede constatar su trascendencia con la exquisitez que brindan al paladar agradecido.

Como en sus libros anteriores, en Bajo una luz… también el poeta reserva un espacio para los versos amatorios. Pero en esta ocasión — considerando que la mayor parte de los títulos presupone, hasta cierto punto, una paráfrasis — el coloquio del sujeto lírico se establece, de manera prioritaria, con figuras cuyo arribo a los dominios de la inmortalidad se produjo, por lo general, al amparo del talento de quienes las hicieron cobrar vida en obras memorables. Así, desde la Oración por Marilín, que nos remite al poema de Ernesto Cardenal, hasta ese arquetipo clásico de la fidelidad que debemos los hombres a la grandeza de cierto aeda ciego, se nos acerca, sin nombrarlos, a luminosos pináculos de la creatividad artística. Riverón, además de una cultura sólidamente cimentada, torna en palpable acierto su capacidad para nutrir la poesía con uno de los pocos sentimientos que todavía ennoblecen la existencia humana. Vulnerando esa cortina de papel a la que alude, nos entrega en esta parte décimas donde a la dualidad métrica se impone la esbeltez permanente de las consonancias. En Carmen mía, plausible construcción estrófica sostenida sobre una cuarteta del Apóstol, se truecan en cadenciosa música la ternura lastimada y su disposición para emerger invicta, sin arrepentimientos vergonzosos, frente a los deslices asociados a los caprichos de Eros:

Pero no será tu herida
la que los sueños me corte.
Me heriste y tal vez soporte
vivir sin sueños la vida.
Tu puñal: la despedida
que te convirtió en ayer.
Tu herida piensa crecer,
limpia, donde no se vea.
Qué importa cuán grande sea;
más grande debiera ser.

Sin embargo, pienso que lo más logrado del cuaderno se concentra en la sección titulada Entre el iris y la bruma. En ella, a dúo con célebres voces de la literatura hispanoamericana y valiéndose casi exclusivamente de los versos de arte mayor, el poeta consigue conmovernos con las notas más vibrantes de su concierto lírico:

Un poco más cordial que en estos días,
pude estrecharle su ademán al viento
y mucho más gentil (el pulso lento)
le supe al mármol sus arterias frías.
Así empecé, soberbio de alegrías,
a hilar mis paradojas más capciosas
(lo opaco destellante). En las ferrosas
tristezas de la sangre inteligente
traté de que se viera transparente
esa melancolía de las cosas.

Nótese cómo en la décima que cito, abrazada por un par de endecasílabos del modernista Leopoldo Lugones, el vuelo sostenido del lenguaje se nutre de una envidiable riqueza metafórica. En su cuarteto inicial, además de la eficiente concatenación de las dos prosopopeyas, impresionan las sensaciones antitéticas sugeridas por la contraposición entre la suavidad del viento y la dureza del mármol. Enclaustrada en ese rítmico estuche, se descubre una exquisita muestra de embellecimiento del raciocinio que, subordinándose a los hallazgos tropológicos, concluye felizmente con la personificación de dos sustantivos tan cercanos al hombre como nos resultan hoy la sangre y la melancolía.

Dicho lo precedente, parecería superfluo alargar estos apuntes hasta las dos secciones con que concluye el decimario. De alguna manera, ambas se complementan con las anteriores para la consecución de un cuerpo de indudable unicidad. No obstante, a quien suscribe las actuales líneas no le agradaría concluir sin hacerle una reverencia a la justicia.

Dueño de una madurez expresiva que, sin lugar a dudas, nos permite ubicar su nombre junto a los más connotados exponentes de la décima entre los miembros de su generación, este humanísimo poeta, con cuatro libros cuya integridad se materializa a expensas de la consecuente fusión de diez estrellas, es, hasta el momento, el cultor más prolífico de la estrofa en el centro de la isla. Conocedor in extenso de su obra, no me parece ilógico afirmar que Bajo una luz que no existe se sitúa en la cima de su esplendidez y, por lo mismo, habrá de iluminarnos como esas lámparas tozudas que se niegan a doblegar sus transparencias a pesar de la furia insospechada de los vientos y de las selecciones antológicas.

Publicado anteriormente en Ala Décima (Octubre/07) y en La Gaceta de Cuba (Nro.2/08)