15 de diciembre de 2008

Poemas de Ricardo Riverón Rojas



FURIA DE FIN DE AÑO (MUDEZ DE FIN DE SIGLO)

Y a quién le voy a dedicar esta furia
de animal que se espanta con su nombre;
a qué calle caminar cuando los ojos
ya no esperan sucumbir de transparencia.
Tendremos que apartarle la verdad a quienes graban,
en la pared, su pánico sutil,
proteger a la niña que se duerme con las piernas
tácitamente dirigidas al ruido de la noche.
Y callar
como el rústico esqueleto de las nubes
cuando anuncian la calma.

¿Qué dulce inmediatez, en la piedad del aire,
pudiera despeñarse hacia el noble musitar
de los almendros en flor
y a quién le voy a remitir la terquedad
de no pacer sobre los frutos tan cercanos del invierno?
Míralas pasar: son las fotos de cuando estuve protegido por el agua:
tenía la bondad de una lámpara salvándome la luz
y en otra parte
cantaba, de cristal, el corazón de un cuervo.

Furia de fin de año (mudez de fin de siglo):
en el mundo nada tiene ese estertor de noche gris
y sobre nadie
debiera descargar tanta paz inclemente.


HAGAMOS PREGUNTAS MÁS AUDACES

Es bueno preguntar a veces
por la falta de dolor de los que viven sin memoria.
Como lógico sería
permitirle a los románticos que indaguen por la luna.

A mí me gustaría investigar
por la parte de mí que sobrevive
después de los discursos donde soy el que resta.

Tal vez puedan pasar por nuestros ojos
taciturnos fantasmas enfermos de intemperie.
Muy bien podría suceder
que después de una semana de ocio y libaciones,
reconozca en mí a los hombres donde al hombre aborrezco:
Fátima, la de una mano delante y la otra en un cuerno,
Gastón, de porcelana, tantas noches inerte;
Sebastián, casi gris, sin saber la plegaria.

Hagamos, entonces, preguntas más audaces:
¿qué mano intentará decapitar
esa mano que, en sueños, decapita los sueños?


RETABLO

Sopla el viento insensible a la mañana
y nada es tan común como asomarse a la pared
donde reposan los que fuimos.
A cada rato, tul:
en las cortinas el aire
manchado por la espuma.
La del centro es mamá; del otro lado
una corbata regresa del invierno
tras el humo epistolar del mes de octubre.
Gorrión. Sagitario. Perdigones en el pecho
de los desconocidos:
ese tío fugaz como una iglesia en las tardes de abulia;
la abuela del sillón, atrapada en sus brazos de mimbre.
Entonces me descubro con la ropa de morirme los domingos
y pregunto por mí:
una sombra en la sala,
sudando mi dolor debajo de los muebles.
Al fondo queda el mar sin una sombra
y el torpe vendaval que devora a los astros.

11 de diciembre de 2008

Confesiones del hijo de Laertes

Poseidón me castiga.
Las veleras
naves que di a la trampa de su hechizo
resisten los embates del encono enfermizo
con que la mar distiende sus fauces altaneras.
Alguien avista nubes agoreras
en el dolor crujiente de las jarcias.
Comprendo
que si al grito del agua no le aprendo
la transparencia lastimada, pronto
se trocará en derrota fingida el Helesponto
en este laberinto de azares que sorprendo.

¿Qué mástiles poblar cuando se sienten
nombrados los deseos por el canto
fatal de las sirenas?
¿Cómo escurrir el llanto
hecho savia en los ojos lascivos que consienten
ante unos labios cuyas voces mienten
para más tarde condenar?
Si fundo
mis fuerzas con las ganas de retornar al mundo
que habitara una vez la permanencia
de una esposa y un hijo y una eximia existencia,
¿quién detendrá los remos que de afanes inundo?

He derrotado a Cirse y no consigo
restarme a la memoria de los brazos,
de los besos ungidos con miel, de los abrazos
que un día eternizara Penélope conmigo.
Siempre hallará la soledad abrigo
junto al cuerpo que amamos.
No lamento
los días desandados ni el huracán violento
que pergeñó con su inclemencia Eolo.
Mi guerra es por la vida que me ha supuesto solo
en esta pesadilla del alma contra el viento.

Sé que debo enfrentar la fortaleza
concentrada en un cíclope.
Mis hombres
quedarán en Caribdis o en Scila y sus nombres
han de subir a hexámetros que alaben la grandeza.
Nadie tendrá que ser, con la entereza
de un dios en el intento, la voz que nunca dijo
la raíz de su astucia.
Ya colijo
que, aunque la mar lo ignore, de algún modo
regresaré a Telémaco, porque después de todo,
qué no podrá un guerrero cuando lo aguarda un hijo.


10 de diciembre de 2008

Hallazgo de Luis Alberto Crespo

Si nos atenemos a lo que afirmara Hemingway durante una entrevista memorable, la célebre novela que lo condujo a la obtención del premio Nóbel fue escrita ciñéndose a su teoría del témpano de hielo. Según esta, por cada parte que observamos sobre la superficie, el iceberg conserva siete porciones semejantes bajo el agua. Así, El viejo y el mar, que con la incorporación de personajes y conflictos inherentes a la azarosa vida de los pescadores de Cojímar pudo exhibir perfectamente un cuerpo mucho más voluminoso, se ofreció a la curiosidad de sus lectores engalanada con una delgadez que apenas rebasa el centenar de páginas.

A un presupuesto similar o, por lo menos, bastante cercano al anterior, podría circunscribirse la poética de Luis Alberto Crespo. Diríase que tal como racionan los beduinos el sorbo que les permite atravesar la desolada inmensidad de los desiertos, preservándose con ello de una posible muerte por deshidratación, economiza el poeta caroreño los hilos con que ha venido urdiendo la limpieza de su obra. Recientemente, bajo el sello de Monte Ávila Editores Latinoamericana, ha comenzado a circular una nueva selección de las criaturas pergeñadas por la pericia de este reconocido cincelador de oscuras claridades.

En lugar del resplandor se nos revela como un vívido muestrario de quince libros de poesía publicados por el autor a lo largo de tres fructuosas décadas. Y ya desde el cuaderno germinal (Si el verano es dilatado, 1968) nos sorprendemos escuchando la voz irreprimible de una infancia que, transmutada en imágenes, descubre un senderillo hacia los territorios de la eternidad patentizando su permanencia en la memoria del adulto aparentemente decidido a perpetuarla en versos.

Si bien en la obra de Vallejo no es difícil deleitarse con textos donde el sujeto lírico es un niño, en el ya citado y en los dos libros subsiguientes de Luis Alberto Crespo, nos resulta prácticamente imposible la lectura de un poema que admita evidenciar en ellos la supresión del hablante infantil. De manera que, a mi juicio, parece innegable la existencia de vasos comunicantes entre ambos creadores. Ese temor ante un probable enfrentamiento con lo ignoto, esa angustia implicitada en el discurso del infante que nos golpea en Trilce III, es casi la misma zozobra del niño que nos habla desde alguno de los poemas del álbum aludido:

Volvía de la cama como de un entierro,
me escupían, me encaramaron en las cañabravas…

(……………………………………)

Dijeron que iban a salir,
que iban a hundirme en el patio como un clavo,
y comenzaría a sudar, a sudar…

( de Espantos)

Demostrar que esta concomitancia de aires sea fortuita, o que el segundo haya incorporado, previamente decantadas por el aprendizaje reverente, ciertas resonancias del primero al diapasón de su trabajo, es algo que, sin duda, sería merecedor de un estudio más amplio y acucioso.

En la antología que intento apostillar, se hace ostensible una extraordinaria fidelidad del orfebre a la procedencia de los elementos destinados a elaborar sus joyas. Si existe algún leitmotiv en esta obra, es la sublimación del escenario afín a los primeros años del poeta. Pero de ello, y de sus conexiones con otros maestros de la poesía venezolana, me permitiré hablar más adelante.

Por el momento, y para no dejarnos vulnerar por el imperio del desorden, continúo diciendo que a raíz de su cuarto libro (Rayas de lagartija, 1974) comienzan a notarse ligeros cambios en la poesía de Luis Alberto Crespo. Sin embargo, estas mutaciones no son localizables en el universo de vivencias con el cual – y al parecer de modo definitivo – ha determinado emparentarse, sino en la estructura, en la tipografía del poema como entidad independiente. A partir del susodicho cuaderno se manifiesta una reducción en el volumen de los textos, y se disminuye paulatinamente el uso de la conjunción copulativa para privilegiar el incremento de las yuxtaposiciones y de los espacios en blanco; después, aunque más tarde se regrese a ella, el poeta prescinde de la puntuación e, incluso, en uno de los poemarios decide utilizar mayúscula inicial en todos los versos:

Afuera
Ninguna casa es para vivir

No hay otra pared
Que la grieta en el cuerpo

Lo borrado
Me quita la voz de la boca

Mi casa nunca se alza
Nunca es por dentro

Mi casa es la espina continua
Que me roza

(de Entreabierto)

Asimismo, a partir del libro mencionado se pierde un tanto la transparencia de las enunciaciones y el lenguaje, o mejor, la atmósfera que el artista nos entrega como síntesis de abstracciones creativas, tiende a hermetizarse y el poema, brevísimo, se acomoda en la página evocándonos una especie de arquilla desde la cual ascienden hacia el intelecto del lector, que aspira a interpretarlos, efluvios enigmáticos. Y para desentrañar esas emanaciones, más que a las palabras, ante los guiños de esta poesía es preciso atender a la elocuencia escandalosa del silencio:

Lo que decía
se me pierde en la subida

Estar es soledad pensada

Sin huella es pasar las curvas

Sin más es esta piedra en la mano
caída juntos

¿Comprendes?

Sin palabras es lo verdadero

(de Sentimentales)

Llevo cinco años en Venezuela entregado al ejercicio de una profesión que suele reclamarle tiempo a quien la practica y, en consecuencia, la relación de literatos del país cuya obra me ha sido dable conocer no supera los seis o siete nombres. A pesar de esto, no juzgo desacertado aseverar que con la poesía de Vicente Gerbasi, por una parte, y con la de Ramón Palomares por la otra, tiene la escritura de Luis Alberto Crespo incuestionables puntos de contacto. Si del autor de Mi padre, el inmigrante, asumió, previa tamización, algunas pinceladas que les confieren colorido y plasticidad a su quehacer, con el vate trujillano aprendió a convertir los caracteres del entorno primigenio y el vocabulario de sus pobladores en sustrato inseparable de su poética. Sin embargo, mientras en la órbita de los dos primeros es factible constatar el predominio de los poemas de largo aliento y, por lo mismo, paladear la fruta en toda su extensa y deliciosa esplendidez, el poeta larense calla la pulpa y nombra la semilla. De ahí que sus textos nos recuerden la respiración entrecortada de alguien que culmina exitosamente, luego de revitalizadoras detenciones, el fatigoso ascenso a la esquivez de una montaña:

Escribo
y cruzo

Una vuelta te regresa
y otra te ausenta

Lo que había en el fondo
la pendiente oculta
me es elevación

Sin altura: ir por sed toda la mañana

(de Solamente)

Aún cuando siempre ha sido viable la apoyatura de un artista en referentes clásicos para la concepción de una obra imperecedera – y pienso que aquí el autor más emblemático en este sentido sería José Antonio Ramos Sucre –, el lenguaje de Luis Alberto Crespo soslaya esos caminos y se nutre de vocablos con olor a monte y a terreno árido y resulta, en esencia, idéntico al que usan los habitantes de la ruralidad venezolana. A través de sus textos, aderezados con figuras de muy bien ganada belleza y altísimo vuelo literario (Cierro los ojos / Lo que se movía inmóvil en ellos / es verano), desfilan flora y fauna saturándose de tonos elegíacos y conmovedores y el caballo, como en Martí, es enaltecido al extremo de alcanzar categoría simbólica recurrente dentro de la compilación que ahora nos induce al gozo estético. En ella tórnase palpable la interiorización de la naturaleza y el culto a una sabiduría que, a pesar de su génesis local, entronca inexorablemente con el acervo universal y pareciera inmortalizarse con el elogio del poeta: <<Siempre es mejor lo que sucede>> / decía mi abuela. / Lo estoy leyendo en Parménides.

En Lado (1998), cuaderno que, recogido también de manera fragmentaria, concluye la presente antología, nos llama la atención un poema sui géneris, sobre todo por el hecho de que su amplitud excede las seis páginas. Si a ello le sumamos la utilización de locuciones empapadas por ciertas humedades citadinas, no es descartable la posibilidad de que, tal como se atreve a sugerirnos el suscriptor del prólogo, el ámbito rural de la poética de Luis Alberto Crespo se dispone a la invasión de los predios del urbanismo. No me arriesgo a especular en torno a tal hipótesis porque, haciéndole honor a la franqueza, ignoro lo escrito por este hijo de Carora con posterioridad a la fecha encerrada más arriba entre paréntesis. Permítaseme entonces concluir afirmando, ajeno a gratuidades y a ridículas lisonjas, que con su acercamiento al libro que nos ha ocupado, lúcido repertorio de lampos nacidos para expandirse en haces perdurables, se asomarán los buenos lectores a una de las voces más personales de la poesía escrita en Hispanoamérica durante los últimos decenios.

Órbita del taxista

Sé que la sal precipitada
sobre una frente que simula cuenca
de arroyuelos nerviosos,
no le confiere al hombre que soy, encaneciendo
detrás de la memoria de un volante,
inconmovible aspecto de estatua humedecida.

El martirio comienza con un grito
que cierto dios esboza cuando se juzga lastimado.
Y la piel se dispone a la mordida
disimulada en el asiento y suben,
granándose de ruidos tortuosos, las volutas
que unos dedos de brisa desparraman.

Toda la inconsecuencia del asfalto
lamido por la lengua sensual de las esquinas,
por etiquetas viudas,
por envases,
por chapas
y sorpresas afines,
avanza velozmente hacia unos párpados inmunes
donde instala el oficio su vigilia constante.

Y aparece de pronto, desterrando
la molicie reciente,
un sitio atiborrado de actitudes humanas.
Y ocupan los viajeros,
todavía con restos de otra noche,
con remanentes de penumbra derrotada en los labios,
ese mínimo espacio que aproxima
la ociosidad del cuerpo al ejercicio laborioso
y a la desolación y a los conjuros.

Yo distraigo el asombro: con un golpe
de vista identifico la efigie de los héroes
que pasan, perpetuados en monedas,
desde diversos escondites hacia las manos mías,
olorosas a grasa y a cotidianos exabruptos.
Nadie
podría imaginar con qué apetencia,
con qué deseo encadenado aguardan
por esa música elocuente que comienza en mi bolso
la inquietud de una esposa y el sueño de los hijos.

Hay algo en mis labores
que recuerda los círculos girantes de la noria:
bajan dos pasajeros y abordan otros tantos
los puestos expeditos;
si una vuelta concluye, la próxima se inicia
con el deceso airoso de la hermana.

El día se hace hoguera, remembranza de infierno,
y los heraldos del calor abultan sus carrillos
e inflaman las trompetas.
Pero yo sé que permanecen colgados de mi arrojo,
de la constancia mía,
del triunfo de los cauchos,
la esperanza y el cielo y los estómagos
de emociones vecinas o engendradas
por el impulso de mi sangre.
¿Cómo escapar entonces
del susto vertical de la canícula,
de sus dardos infieles, de la fiesta
del ojo suspendido en la mitad de su trayecto?

La tarde, sucediendo, desmenuza
su rostro de minutos
contra la oscuridad que disemina sus espantos
y exige los faroles.
Y, recién vulnerada la enseña del crepúsculo,
vuelvo a los brazos de una esposa
y a la impresión del agua,
y al olor que requiere paladares
y al sueño que alimenta los pasos de mis hijos.

Y, asiéndome a la forma de sábanas urgentes,
afirmo que es hermosa esta costumbre,
porque sé que la sal precipitada
sobre una frente que simula cuenca
de arroyuelos nerviosos,
no le confiere al hombre que soy, encaneciendo
detrás de la memoria de un volante,
inconmovible aspecto de estatua humedecida.


9 de diciembre de 2008

Silencios y caminos de un poeta

Hay seres que, atrapados ineluctablemente por la pasión de la Literatura, deciden asaltar, con la perseverancia de su entrega, el ostracismo inherente a las pequeñas poblaciones. La concurrencia del azar me deparó, hace algunos días, un fructífero encuentro con uno de esos reverenciables arquetipos de irredimible tozudez.

Se llama Neri Carvallo Barragán. Nació en 1942 en Yaritagua, localidad ubicada a escasísimos kilómetros de Barquisimeto. Y es probable que sólo al compromiso con una vocación ineludible y al empeño de convertir en trazos duraderos la efímera vitalidad de las palabras, deba el lujo de haber contemplado el alumbramiento editorial de siete libros de poemas rubricados por su nombre. De un trago único acabo de catar, como a los buenos vinos, el último de ellos.

De todos los silencios… de todos los caminos… agrupa medio centenar de textos que acusan la permanencia de un hacedor de versos con un dominio respetable de sus recursos expresivos. Alfa y omega de casi todo lo animado, el mutismo déjase vulnerar por el entorno vivencial de alguien que, luego de paladear el polvo agazapado en esa multiplicidad de senderillos que presuponen su itinerario por el tiempo, nos lo devuelve convertido en símbolos de transparencia degustable. Nada sería el poeta, sin embargo, si la sumatoria de tales fragmentos, al ser incorporados a su imán, se resiste a ser asumida como propia por los destinatarios del mensaje.

Con la poesía de Neri Carvallo, gracias a una virtud dable sólo a la honestidad de los artífices, asistimos a la pluralización de las singularidades y a la persistencia del lampo en la memoria agradecida del lector. Hay en estos poemas, donde la concisión y el tono les confieren a más de uno cierto aire aforístico, una musicalidad que se materializa a expensas del uso del metro endecasílabo y su decantada fusión con otras entidades métricas afines. El lenguaje, salpicado de atinadas y múltiples metáforas, evade felizmente las connotaciones laberínticas y se nos ofrece, híbrido de profundidad y sencillez, con la misma limpieza de la fuente que admite la contemplación de las piedrecillas depositadas en su fondo.

Dándose a la introspección de la naturaleza, génesis de varios de los textos, y tocado por un carisma incuestionable para sorprender la perdurabilidad de lo instantáneo, Carvallo bosqueja cuadros cuya exquisitez no sería desdeñada por los amantes del impresionismo:

Polifemos azules
imponen el rigor de sus miradas.

La espiga
duerme en las oraciones del labriego
y orugas voladoras
ornan de trinitarias el altar del crepúsculo.

(…………………………………)

… en la distancia herida de candelas
un embrión de relámpagos ocultan las cenizas.

(de Presagios)

Pero también paisajes de resonancias interiores, de reminiscencias e intimismo, de espiritualidades que fundamentan sus latidos a partir del tránsito de la individualidad acicateada por el afán de conformarle un rostro a la embriaguez de sus anhelos, no siempre conquistados, hallan cabida en el lirismo que consagra las inquietudes del poeta:

En todos los motivos hay encuentros
donde el hombre se abisma de silencios sagrados.

(…………………………………..)

Sin embargo,
todo se hace más noble, más grande y más humilde
con la sinceridad de alguna lágrima.

(de Encuentros)

La mujer, símil de aroma repartido que transfigura en admirable gesto cercanas agonías, incitación pecaminosa y, al mismo tiempo, síntesis y perpetuación de la bondad implícita en las realizaciones amatorias sólidamente cimentadas, desde la complicidad de alguna página hurta confidencias a la franqueza comprometida con el sujeto lírico:

En el oscuro bosque de mis tardes,
tú, muchacha bonita,
iluminas mis últimos pecados
con la flor incendiaria de tu beso.

(de Orquídea)

En compendio, estos poemas de Neri Carvallo tipifican una ejemplar simbiosis entre la conciencia y la materia donde, tal como afirma el signatario del lúcido preámbulo, “angustia y monte van de la mano haciendo y deshaciendo los caminos, con la firme tarea de mantener su continuidad y buscando el equilibrio que necesitan ambas existencias”. De modo que asomarse a la concreción artística engendrada por la meditación del creador en torno a esta palpable dualidad se trocará, sin duda, en sano esparcimiento para quienes descubren en la poesía uno de los tantos senderos que conducen a enaltecer el alma de las cosas y a mejorar la vida.

Finalmente, si hay algo que no juzgo atinado en este libro, es la censurable parquedad de su tirada. Infiero que, a pesar de que su circulación se redujera sólo a los límites estadales, quinientos ejemplares no resultan suficientes para satisfacer las hipotéticas demandas. Muy loable sería que las instituciones involucradas en el proceso editorial, engorroso in extremis para los forjadores de las letras en el estrecho marco de la oquedad municipal, asumieran con meridiana claridad la trascendencia de su rol. Mal encaminados deben de andar los pueblos cuando se le oblitera la amplitud al espacio ganado, a golpes de esplendidez y de constancia, por la sabiduría de sus hijos.



Cuba y su calle en un libro

Por Ricardo Riverón Rojas
-I-
Lo primero que se palpa de Cuba es el sabor. Aunque —preciso— ese «sabor cubano» que exalto muestra muy pocos puntos de coincidencia con el areito caótico (salsero, rumbero, conguero o reguetonero) de bordes tropicales y casi nudista que en los dominios de las instalaciones del turismo ofertamos a veces con el pedestre afán de obtener dividendos. Ni con la tropezosa manera de hablar, chabacana y de alto volumen, que malamente ha pasado a ser, por virtud del relativo deterioro de la oralidad cotidiana, marca expresiva de una buena parte de los naturales de nuestro país.

Cada vez que me siento impelido a tratar el tema de las mutaciones generadas por la falsa «cubanización» que promueven los pragmáticos predios del espectáculo y la propaganda lucrativos, no hallo mejor ejemplo que el de aquella actividad que «disfruté» en una instalación que creía rigurosa, donde la agrupación musical, tras una buena interpretación del bellísimo número Alfonsina y el mar, se sintió obligada a incorporarle una especie de montuno final (con gozadera y corito) que decía: «Suelta el caracol, Alfonsina, / suelta el caracol…»

Lo auténtico y más representativo de nuestro «sabor» responde a códigos que, para bien han guiado tantas veces, desde el inicio mismo de la nacionalidad, nuestro espíritu de sobrevivencia cultural. Pensemos ante todo en ese ingenio verbal de hondas suspicacias que permite diluir muchas tragedias en el humorismo; sumémosle el ritmo peculiar y las entonaciones de nuestro más rico argot popular; las estructuras lógicas de pensamiento; la audaz y rudimentaria tropología; la proyección corporal; la transcripción a imágenes de los ambientes urbanos y rurales; las insinuaciones plásticas del vestuario; más otras muchas, y podremos disponer de un respetable arsenal de manifestaciones idiosincrásicas, capaces todas de aportarle sentidos y connotaciones inusuales a nuestra ecléctica atmósfera humana.

Las anteriormente enunciadas son esencias que —sabemos todos— nos llegan mayoritariamente a través de las variadas y sui generis expresiones de la cultura popular, aunque en ocasiones la llamada «alta cultura» traduzca muchas de esas fórmulas y las recicle hacia cotos de mayor elaboración. Ejemplos elocuentes nos legaron al respecto, con sus ejecutorias: Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán, en los dominios de la música; Onelio Jorge Cardoso en el cuento; y Nicolás Guillén en la poesía, amén de muchos otros que harían honor a esa máxima de que todo verdadero saber proviene del pueblo. Aclaremos no obstante que, más allá de las figuras descollantes, diversos movimientos gestados en el pasado siglo se orientaron, con un alto grado de concreción, hacia esos propósitos. La poesía negrista, con toda su nómina de autores notables, y la zarzuela, representada entre otros por Gonzalo Roig y Rodrigo Prats, lo confirman.

Ateniéndonos exclusivamente a la referencia literaria, no son pocos los libros de nuestro panteón bibliográfico que han «bebido» de esas fuentes para representarnos, desde su lúdica dimensión, una de las esquinas donde el «saber cubano» pasa páginas con la cotidianeidad y lo común como brújula. Ejemplos abundan: Mitología cubana, Juan Quinquín en Pueblo Mocho y Vida completa del poeta Wampampiro Timbereta, de Samuel Feijoo; El habla popular cubana de hoy, de Argelio Santiesteban; El folclor médico de Cuba y Remedios y supersticiones en Las Villas, de José Seoane Gallo; La Odilea, de Francisco Chofre; Santa Camila de la Habana Vieja, de José R. Brene; Mi socio Manolo, de Abraham Rodríguez; El premio flaco y Contigo pan y cebolla, de Héctor Quintero; Cuentos de guajiros para pasar la noche, de René Batista Moreno, más otros cuya enumeración detallada resulta imposible para los propósitos que me animan con este análisis.

En las primeras décadas posteriores al triunfo de la Revolución, las actitudes de las promociones emergentes y actuantes en la vida literaria variaron en lo referente a su vínculo con la cultura popular. En los sesentas-setentas la relación con dicha cultura se erigió marca de filiación política. La voz popular recién revindicada política y socialmente, más que recogida fue «utilizada» por los narradores y poetas, que al amparo de la estética de la violencia en un caso, y la antipoesía o poesía coloquial, en el otro, elaboraron una especie de catálogo expresivo que monopolizó la receptividad y promoción, como norma operante, hasta deponer el protagonismo en los ochentas por agotamiento y cambios del contexto: saldo paupérrimo del sinfín de reiteraciones del optimismo a ultranza y el lugar común que viciaron su discurso.

Los años que les sucedieron, con sus polémicas en pos de ampliar los diapasones temáticos y romper la camisa de fuerza estilística, configuraron un período en que los escritores se alejaron, por rechazo instintivo con lo inmediato precedente, de las pautas creativas derivadas de lo popular. Se impusieron en buena medida: el tema trascendente, la elevada reflexión existencial, la inter y metatextualidad elegantes, la referencia foránea y parabólica, el virtuosismo técnico, la atmósfera light. El reflejo de la realidad, a tono con la crisis de las izquierdas en los años noventas, cobró un sordo matiz de denuncia indirecta a través del reflejo de lo marginal, de la despolitización casi cruenta, de cierto ahistoricismo ferviente. De esa forma, algo trasnochada, militábamos fragmentaria e impetuosamente en algunos de los códigos del postmodernismo. La presencia de lo popular en el cuerpo creativo de esa literatura, lejos de acusar un montaje orgánico, se imbricó en la masa artística como referencia o instrumento, o como reproducción esquemática de una tipología que al cabo de una escasa década acabaría por agotar una buena parte de sus lecturas subliminales, tras derivar también, paulatinamente, hacia el lugar común.

En los años que corren, al parecer, lo popular va pasando a llenar nuevamente repertorios temáticos y morfológicos en pos de la configuración de una imagen real de la vida cubana a través de sus textos. Se trata, según aprecio, de un fenómeno que comienza a manifestarse, acaso con más fuerza, en los predios ancilares de la literatura testimonial, la crónica y otros géneros del periodismo literario, antes vistos con suma ojeriza en las instancias críticas que, a decir verdad, aún no han reaccionado con la perspicacia que demanda esa ciencia, ante la promisoria reorientación genérica propuesta por lo que ya es un atendible cuerpo textual.

-II-

Historias sólidamente horneadas en la cultura popular sustentan el trazado de La calle de los oficios, libro escrito por Yamil Díaz Gómez y publicado por Ediciones La Memoria, del Centro Pablo de la Torriente Brau, en 2007. Por sus locaciones singulares transitan, divagan o laboran, a la par que expresan su filosofía lega las personas —no por humildes menos emblemáticas— que vitalizan su plural espíritu. Al concluir la lectura del volumen reafirmamos, gracias a sus cuidados textos coloquiales con anatomía de entrevistas, muchos de los criterios esbozados.

Aporto algunos datos sobre la ejecutoria del autor. Se trata de un intelectual nacido en 1971, que debutó tempranamente en la vida literaria cubana al ganar, en 1992, el Premio de la Ciudad de Santa Clara en poesía con el cuaderno Apuntes de Mambrú, cuya lectura generó, en su momento, buenas valoraciones provenientes de la mayoría de los miembros del exigente gremio. Varios poemarios más ha publicado posteriormente Yamil (uno de ellos para niños), pero sus más osados aportes se localizan —creo yo— en esos textos periodísticos que beneficia con tratamiento literario y a expensas de los cuales organizó libros como: Crónicas martianas (2001 y 2007); Los dioses verdaderos (2005); Ese jardín perdido (2006), y Después del huracán (2007). Sobresale en ellos su capacidad para ir de los temas más trascendentes hasta los aparentemente superfluos, suerte de poética inclusiva que le ha permitido transitar sin fisuras visibles desde joyas como el primero de los arriba mencionados hasta la mítica Calle de los oficios que hoy me ocupa, con su galería de tipos, a veces esperpénticos, otras delirantes, pero siempre rebosantes de lo que llamaría una «épica de la humildad». No exagero cuando afirmo que con este libro Yamil salva de la invisibilidad a estas personas: hologramas que transitan inasibles por nuestro aire a causa de ese absurdo prurito social que nos hace volver la vista ante lo que no cumple con determinadas convenciones canonizadas por los grandes pronunciamientos.

Hallará usted en la calle de Yamil, en el mismo pórtico, a una persona tan reverenciable como Julio Guerra Niebla, vendedor de raspaduras que rescata lo mejor del pregón cubano («De guarapo, / batida, / con «janjolí», / que te gusta. / ¡Que rica está! / ¡Yo me las comiera todas!»), a la par que emplea parte de sus ingresos en comprarle caramelos a los niños para de esa forma suplir la falta de uno propio, debido a que la policía de Batista lo torturó y castró en 1957. En esos diálogos de ternura e ingenuidad sostenidos con su entrevistador, nos saluda Niebla desde las primeras líneas del texto titulado, a tono con su pregón, «Yo me las comiera todas». Lo primero que nos muestra es lo que él llama «su foto con el Che», donde solo podemos apreciar, de su cuerpo, una mano apoyada en la tierra: porción del alma más que elocuente para inscribirlo en aquella gloriosa gesta que fue la invasión.

Como para demostrar que lo humano se genera también en las antítesis de las convenciones morales más sólidas, emerge en la página 43 de esta calle el practicante de un dudoso «oficio» prohibido: un tal Pepín, exhibicionista inveterado del cine Camilo Cienfuegos de Santa Clara que aceptó, al parecer sin reticencia, revelarle a Yamil su filosofía del sexo cerebral, onanista y furtivo, ejercido a expensas de las ingeniosas «técnicas» utilizadas en el arte del «repello y la sonadera». Se aparta el entrevistador de valoraciones y deja hablar a su interlocutor, que se explaya en la descripción de sus avatares, orígenes, bofetadas, puñetazos, pequeñas y dudosas glorias para concluir con una sentencia de cierta carga autocrítica, que gana también categoría de título: «Esto no es ninguna gracia sino una desgracia».

Un cargabates, un proyeccionista de cine, un impresor, un limpiabotas, un travestí, un pastor bautista, un taxidermista y un eviscerador completan la curiosa asamblea callejera, de donde emergen dramas, tragicomedias, tragedias, performance, poemas y hasta shows donde alcanzamos a leer, escamoteándole espacio a lo caótico, las lecciones admirables de voluntad, de asunción de un destino, de consagración a un quehacer practicados por estas personas que no sueñan con glorias, sino que proponen desde sus modestos alcances, lecturas menos fácticas de las instantáneas humanas que somos todos. En la gran mayoría de los actuantes de esta calle de los oficios se siente, como subtexto, la gracia del soldado de filas que ha captado la pequeña, pero gran importancia estratégica de su puesto en la trinchera, lejos de los estados mayores de la cultura, mas generando garantía de sobrevivencia para esa multiplicidad de gestos y expresiones que nos hacen sentir con fuerza, desde lo nacional, marcas de universalidad.

Me place alabar dos virtudes formales en estas páginas: primero la excelencia de una prosa que no por coloquial o deudora de la oralidad se permite el lujo de la reiteración; o de lo que pudiera derivar en exceso explicativo. Las descripciones en que se detienen los «maeses» de la calle de los oficios para relatar sus procesos de trabajo poseen la rara magia del texto que se deleita en los frondosos matices de la conversación, haciendo gala a su vez de una envidiable síntesis expresiva. La mano de editor de Yamil (oficio en el que también se destaca) se hace sentir en tanto deja con vida lo que vale y extrae lo insustancial. La otra cualidad que me satisface apunta a lo estructural, pues La calle de los oficios es, más que todo, un libro de entrevistas que podemos leer como si fuera un poema: variedad, amenidad, afectividad contenida, ritmo y dinamismo sintáctico conducen nuestra lectura, de izquierda a derecha, desde la primera hasta la última página, sin que en ningún momento nos sintamos tentados a cerrarlo. Podríamos decir que la inmensa mayoría de los textos de La calle de los oficios configuran una curiosa epopeya mayor, que exalta al trabajo como expresión suprema de cualquier cultura.

No me produce susto afirmar que esta calle de los oficios, con todos sus personajes y la Historia que es posible entrever en los trasfondos, nos entrega un delicioso fresco de nuestra cambiante realidad de las últimas décadas: la generosidad, pero también la intolerancia; la gracia, pero también lo grotesco; la justicia, pero también la arbitrariedad; la ternura, pero también el odio; la ingenuidad, pero también la picardía pueden ser desentrañados entrelíneas por el lector hábil. Muchos otros pares de antípodas podríamos convocar desde las voces presentes en la reunión; con ellos y con la indulgencia como compañera seguramente no nos resultará difícil configurar, con paradójica coherencia, un buen catálogo para que, al recorrer esa calle que es la vida, nuestras horas de mayor lucidez no se diluyan tontamente en las planicies de lo estrictamente convencional.

6 de diciembre de 2008

Hombre solo mirando a una muchacha

para H.

Embelleciendo el aire con la fiesta
puntual de su cabello,
discurre bondadosa junto al escándalo del día,
ebria de redondeces la figura
y el ademán desembozado.

Sabes
que no reprime tu sorpresa porque avienta su asombro,
porque tu piel trasnocha
ganas de imaginarse recorrida
por la ternura de unos ojos limpios,
y el amor, fatalmente,
se ha divertido demorándole su abrazo a tu existencia.

¿Cómo hacerle saber a una muchacha,
cuando muestras el puño de la edad en las sienes,
que su esbeltez, nutriéndose de arrullos en la calle,
ventila pasadizos cuyo acceso
tu enlutada linterna suponía
definitivamente condenado por la insidia de un golpe?

¿Quienes, alguna vez, no han padecido
de un puñal insolente penetrando en los sueños,
de algo que uno acaricia y se desgarra,
de la insalubridad de la tristeza
que detiene su encono
frente a los pies del caminante?

La soledad habita cerca de ciertos laberintos
y, en ocasiones, dada su indolencia,
puede asomar el brazo de sus víctimas
a un adiós de pañuelos con cenefas nocturnas.
Quizás por eso mismo,
es doloroso ver a un hombre hundiéndose a deshora,
pernoctando en la muerte
sin que unos labios le insinúen
los remos necesarios para escapar de la vorágine.

Más allá de las piernas que abordan una esquina,
la tarde desmorona su tamaño
sobre unos cuerpos grises.
Alguien pasa exhibiendo
la desnudez del júbilo en el rostro.
Y tú, que ya conoces cómo se precipita
el polvo en la osamenta de los armarios hogareños,
quisieras perpetuar la juventud de esa muchacha,
detenerla en tu nombre
y comprender que al fin deja de ser una quimera,
una mansa utopía insostenible,
eso de aproximarte a elocuencia de sus pasos
y compartir, uniéndose, la vida.