13 de abril de 2009

Naufragio



Nosotros junto al mar.

El viento pasa
y enfurece a las olas,
y estrena rebeliones y hace danzar columpios
en tu cabello emancipado.

Nadie
más que nosotros junto al mar.

No vemos
nada que contamine al horizonte.
Sólo su línea inmensa nutriéndose de azules.

El viento. El mar. Nosotros.

Y el cuerpo de la arena convocándonos.

Una mano que roza las lindes de otra mano.
Una pupila hundiendo su tamaño en la otra,
y un arco disponiéndose
para el silbido con que anuncia el dardo.

La sed. La piel. Nosotros.

El mundo entero vuelto de espaldas a la orilla
y el agua encabritándose.

Y más allá de las miradas nuestras,
ni un deseo flotante ni un cabo donde asirse,
ni una mínima balsa que nos salve
de este naufragio próximo.

Hacia los márgenes del círculo

(Prólogo al libro Las grietas del sol, próximo a publicarse
bajo el sello de la Fundación Editotial El perro y la rana)

La luz. La oscuridad. El sol. La sombra… Y en el centro del círculo – donde asistimos a la perpetua lidia sostenida entre ambas entidades – el hombre y su dudosa pequeñez asiéndose al empeño insoslayable y caprichosamente humano de conquistar, no ya la preponderancia demoledora, sino apenas una mínima inclinación de la balanza favorable a las iluminaciones que precisa para su realización como individuo.

Negado a sucumbir, el hombre asómase a la esquivez de las palabras, contiende con su ríspida envoltura, sube hasta el verbo encabritado, se ordena domeñarlo y emerge de esas aguas turbulentas convertido en un incipiente componedor de versos. Y ya sabiéndose propietario, a fuerza de vívidos afanes y de un empecinamiento proverbial, del arma y la panoplia requeridas, el poeta – una tercera entidad zarandeada por los embates de la liza –, luego de ofrecerse a la interiorización de las penumbras que le impedían aproximarse hasta los límites barreados del redondel que habita, vislumbra los resquicios a través de los cuales habrá de encaminarse su existencia hacia los territorios de las irradiaciones perseguidas.

El poeta llámase Marco Gentile y, afortunadamente, hace alrededor de dos años abandonó los predios de la ineditez con una colección de cuentos breves publicada por esta misma editorial y merecedora de uno de los premios del Certamen Mayor de las Artes y las Letras 2006. El fruto de su tránsito en torno a los avatares que suelen acibarar la vuelta inevitable al polvo del cual nos levantamos; el corolario apuesto de la introspección de sus angustias, de su sometimiento y atinada conversión en material nutricio para el intento alado con que se obstina en convocarnos el poema, es este manojo apretadísimo de líneas que ahora se dispone a presentarse a la mirada del lector.

Heredero de una tradición cuya espiral se inicia en Venezuela con el neoclasicismo de Andrés Bello, roza la vibración romántica de Juan Antonio Pérez Bonalde y, estrenada la centuria de los ismos, asciende a la singularidad de Ramos Sucre y al indudable magisterio de Gerbasi para continuar fortificándose gracias al quehacer de ineludibles creadores afiliados al diapasón de la contemporaneidad, con Las grietas del sol Marco se arriesga a incorporar su voz a ese concierto polifónico que es hoy la poesía. Y lo hace, a mi juicio, en el momento justo: ya pertrechado con un arsenal considerable de vivencias.

Dispuesto de manera tal que su lectura nos permite acercarnos a cada una de las venticuatro campanadas que fragmentan al día, este cuaderno se fundamenta en los apuntes de un sujeto lírico atento a los matices, a las oscilaciones anímicas afines a ese consabido itinerario que conduce a los hombres y, consecuentemente, al fardo de aspiraciones que los nutre, desde el amanecer hacia su antípoda, desde el alumbramiento hacia la muerte. De ahí que su pórtico no pueda ser otro que una enumeración de referencias luminosas:

Luces repentinas agotadoras cargadas
lumbres viajando inalcanzables volátiles
destellos diamantinos desperdigados inaccesibles
rayos estremeciendo días impredecibles
fulgores desesperanzados depresivos incontables
(…………………..)
radiaciones rebeldes peligrosas insidiosas
centellas sorbiendo todo incontrolables
relámpagos descuartizando vapores potentes
chispas infernales quemando dolorosas

(06:AM)

Pero el poeta escribe consciente de que cualquier exceso es sospechoso y, por lo mismo, esa degradación un tanto dolorosa y contrastante que apreciamos en el fragmento anterior no es otra cosa que un anticipo de las piedras – entiéndase máscaras, oportunismos, decepciones, tozudas decadencias – que habrán de obstaculizar su paso y, paradójicamente, justificar su participación en ciertas lides. Quizás por ello en ocasiones su lenguaje se clarifica en extremo y, aproximándose al empeño de cuestionar probables vecindades, el verbo se nos entrega rememorando el golpe súbito de la flecha sobre el blanco escogido:

Hoy
muchos se enorgullecen de llevar una aureola
e imaginan un día en que la suya
sea la más brillante de todas

Surcan las calles exhibiéndola
Y aunque hieda
no pueden dejar de usarla

(05:PM)

La oportuna alternancia del verso libre y de las prosas poéticas y el premeditado acercamiento de las últimas a los terrenos de la narrativa, les confieren al libro la variedad suficiente para la sustracción de la monotonía formal o enunciativa. Su cierre, por supuesto, le exigía al autor otra enumeración caótica que, elaborada sobre la base de alusiones simbólicas a los laberintos de la sombra, fungiera como antítesis de las luminiscencias apuntadas al comienzo:

injusticias caliginosas subterráneas calamitosas
intrigas corruptas malagueñas incurables
derrotadas escarbando hediondos basureros
opacos embutidos quebrantados pordioseros
llorando sobre el cadáver de los sueños

(05:AM)

Si bien el recorrido a lo largo de Las grietas del sol en apariencias tiende a emponzoñarnos con el desagradable olor del pesimismo, para un ojo avisado, sin embargo, el saldo es positivo. Dada la circularidad o el carácter esferoidal que se consigue con la identificación horaria de los textos, el libro finaliza incitándonos a un regreso a sus orígenes, a una necesaria relectura, y para ese nuevo tránsito encaminado hacia la vulneración de los márgenes del círculo, el lector, como las aguas del río heraclitano, ya no ha de ser el mismo.






17 de febrero de 2009

Poemas inéditos de Julio César Blanco Rossitto

Decían una muchacha es una luz
y muerta digo que una muchacha es un recuerdo
Escuchaban el ruido
de las máquinas hilanderas
a orillas del Roanoke River en Virginia
Acostumbraban ver las manos arrugadas
de las mujeres que lían tabaco
en las antiguas fábricas de La Habana
De esos tiempos no doy testimonio
No sé si a orillas del Zambeze
hay mariposas amarillas o cigarrones elípticos
trazando ruido
Me tocó vivir
en plena estación de zábila y linterna
mi boca sólo bebió
el zumo amargo de las frutas
que goteaban de los árboles
En algún instante impreciso
del espacio inusitado
una hermana alzará en su taza de té
la soledad que nos conmueve
No puedo garantizar que hoy llueva en Buenos Aires
De tanto apuro se me quemó el dolor
Mañana sabrán por qué los peces mueren fuera del agua
Una muchacha muerta es un parpadeo.

Cabudare
Agosto 13 de 2006



Sin permiso te sientas a mirarme
mientras pinto a mi mujer
Sobre tu cabeza vuela un tílburi del XIX
conducido por pumas de piedra que sonríen
brisas del desierto de Sonora
¿Hay pumas en el desierto? Mi mujer se enfada
Ahora tocas a la puerta
es azul como nuestra casa en Coyoacán
Los lirios serán pisados por este poeta que nos escribe
mientras contempla tus cejas
y sujeta entre sus brazos
la criatura sanguinolenta que nunca nacerá
Él te sueña con vestidos
donde hilaron
mujeres de Janitzio Pátzcuaro y Morelia
Yo te recuerdo desnuda
herida del norte a la cintura
del sur hasta los senos
¿Cómo podremos olvidarte los dos alguna vez?
Él aquí Yo allá
en la región de la absoluta transparencia
donde lazarillos de tus collares
nos aventuramos a llegar a ti.

Cabudare
Noviembre 10 de 2006



Un antepasado suyo había participado
con Hernán Cortés en la conquista de México
le llamaban el florentino
sin embargo tal vez era de Sicilia
lo que explicaría su proceder maligno:
se cuenta entre los que martirizaron a Cuauhtemoc
Digno de una raza vehemente
golpeaba su cabeza contra las piedras
ante los caprichos de la adversidad
Pudo morir en un oscuro callejón de Venecia
mas no lo permitió el azar
Deambuló los lupanares del Caribe:
Panamá Cartagena y Cumaná
le vieron regar su sombra con sangre del adversario
El tiempo nunca mitigó sus dolores
tampoco opacó la nobleza del impío
Hoy su tumba refugia
plácidas mariposas veraniegas.

Barquisimeto-Yaritagua
Noviembre 11 de 2006



¿Dónde abrevan los animales del polvo
la serpiente de piedra los ojos del gato
la tos de los faroles y
la grava que nos oprime?
¿Dónde el espacio para vivir
sin corrosión
los velámenes flotando en el arco iris
o el agua quemando incienso en los metales?
¿Dónde gira en el tiempo
la puerta del Lupanare de Pompeya
con los nombres trazados
en el pecado y el espanto
sin el ojo que importuna
ni la mano que señala
ni el peso de los muros torciendo las cenizas?
¿Dónde el viento que dobla las cintas
el gallo que canta en la mañana
su terciopelo rojo
el testigo que oculta las rutas del azafrán?
¿Dónde los pent-houses que rotan
sobre los rascacielos de Nueva York
sin la valija del abandonado
ni la sombra del sediento?
¿Dónde el lirio que cada tarde
muere en las manos
de un afanado día?

Cabudare
Enero 08 de 2007



Sus huellas aún tiñen
mapas de adversidad
en la línea meridional de continentes indefensos
De un barco a otro
tejió la maligna brisa de olvidadas playas
en la llaga de meretrices infestas
Hoy habita en asmáticos apartamentos de Bogotá
en rústicas callejuelas cercanas al puerto
de la Ciudad vieja en Montevideo
o en las estribaciones del río Guaire
que discurre apestoso a la margen de una ciudad
que se llamó Santiago de León de Caracas
Su porte es de hombre abstruso
abusado por el vicio de vivir
en tiempo de iniquidades solemnes
De sus pulmones y su corbata
brota el éxtasis de un ciudadano inocente
dispuesto a cometer cualquier crimen del progreso.

Cabudare
Enero 08 de 2007



Una nueva geografía le avivó el dolor
de ciudades que mortificaron su alma
¿Cuánto había cavado
del precipicio enorme
que desteje el espacio entre los amores?
Antiguos insomnios
mermaron su fe de faroles ebrios
Ofició de orfebre desmedido
silencioso forjador de metales secretos
A un puerto abandonado recaló un día:
su indumentaria delataba derrotas
y nadie le saludó
Tuvieron misericordia de él
le dieron a beber agua de lluvia
y panes amasados con mastranto
En las tabernas escucharon las historias
que relataba como un encantador de serpientes
Nadie le comprendía
pero todos jugaban a creerle
y él jugaba a ser inocente
Cuando murió no atinaron qué epitafio
colocar sobre su tumba:
desconocían su nombre
su origen
su edad
El tiempo se encargó de corregirlo todo
borrando cualquier indicio
Hoy nadie le recuerda
Nunca tuvo rostro
Nunca palidecieron sus huesos
Jamás fue polvo.

Yaritagua
Febrero 13 de 2007



“Muchacho
hagamos una guitarra
debajo del mar
con madera
de pájaros que canten árboles”
Eso decías cuando inventaste la tristeza del mundo
y Roma era
un remoto eco de bergantines suicidas
Sólo nos quedaban los adioses en los puertos
la singladura de los bajeles
y la dársena espesa de la noche
“Después de todo
no arde tanto el amor
como para deshacer un corazón de cenizas
sobre un tren de otoño” decías
y de tus ojos grises manaban alas
hacia los muros de una ciudad
de piedra
“Ciudad Bolívar nos caerá encima:
la herrumbre de su soledad
el serrín de sus muertos” decías
y giraban en la elipse del río
presagios de invierno
La ciudad se fue en tus cenizas
en los manteles de otoño del semeruco
en el sueño que hiló de arañas
la aldaba pequeñita de tu muerte
“Muchacho
no llores cuando oigas
que las calles de Upata
doblan a muerto”

Cabudare
Abril 12 de 2007



Te amo niña de Sadec amo tu cuerpo desnudo:
suave alga del Mekong
No puedes amarme no estoy aquí no soy de aquí
mi soledad fue un barco que cruzó el Mar de la China
el Mar Rojo el océano Índico el Canal de Suez
el Mediterráneo
Te amo niña de Vinhlong durazno en los senos
carmín en los labios
pececito de tus piernas
Te amo aún contra el tiempo
las calles de Calcuta
los coolíes de Rangún y el Chino de Cholen
¿Quién dijo que es posible el amor
cuando el tiempo padece olvidos
de espejos infinitos? ¿Tu qué sabes
de náufragos muertos
de juncos marchitos
a orillas de los meandros del Mekong (Rivière de Saigón)?
Te amo niñita blanca y desnuda Lavaré tu cuerpo
con agua de arroz Untaré tu cuerpo
con escarchas de luna
Besaré tu cuerpo con labios de miel y avena
No puedes amarme Ahora no soy Yo
ni sombra del río ni estela en el agua
Niña de Sadec dónde estás que no te veo
Nunca diré que soy la montaña de Siam
el polvo del rocío que baña tu cuerpo
No diré que soy tu deseo.

Cabudare
Mayo 3 de 2007



El desamor le cubrió con la piel de los barcos
En las tardes los veleros acariciaron sus ojos
perfumados por el aroma del mar
Los ríos crecieron en la ruta de sus arterias
Asumió que un hombre es lo que lloran sus ojos
en lo bajeles de la soledad
Soñó con las estrellas derrumbadas
sobre la cintura del Bósforo
con los diamantes de hielo
que flotan sobre el Ártico
En las noches vestía su escafandra
nadaba y volaba bajo las aguas del mundo
buscando lágrimas de náufragos
para hacerse un collar
No encontró peces en el pozo de sus sueños
Ni naufragios
Ni pulpos de oro floreciendo en las profundidades
En un puerto cuyo nombre olvidó para siempre
los marineros acariciaron su oído
con lamento de cítaras y laúdes
Allí amó una mujer de humo
que desapareció apenas despuntó el alba
El primer sol
atestiguó las espinas que ella dejó sobre su piel
Su mayor deseo ahora
es temblar como gota de lluvia
después de la tormenta.

Cabudare
Julio 24 de 2007



VIAJAR HACIA MIMINA

“Noviembre es ante todo la negación del girasol.
Espiral de brasa herida en el tictac de un reloj”

Pálmenes Yarza

Quisiera decir “te prohíbo
que mueras” aunque la muerte
ya trazó sus girasoles
¿De qué sirvió la ventana azul
donde el sol coloreó sus trinos?
Ir hacia ti
es navegar veleros al viento
Juntos alzamos la copa
de los árboles
donde las cigarras construyeron la noche
En la orilla de un río inmenso
viajé a tus pies menudos
como peces dorados
ensayando un alfabeto de arena
No puedes marcharte ahora
cuando mis brazos soportan
el peso de tus palabras
¡Te lo prohíbo!
…y quiero que sepas
no estoy jugando.

Cabudare
Noviembre 10 de 2007



Del fondo de su pecho
sacaron hojas amarillas:
Eran cartas olvidadas de viejos marineros
Lo vaciaron todo
No le quedó mucho en las entrañas
algunos zapatos con un bastidor de huesos
la oreja de un hipopótamo
los goterones del invierno
que se mecían dentro
Cuando lo subastaron
en el mercado de las mil arcadas
junto a meretrices de Burdeos
esclavos de Abisinia
y enanos de Sumatra
alguien comentó
“mírenlo
pura ojera
puro pellejo
puro salitre viejo”

Cabudare
Enero 28 de 2008



La noche atrapa los gavilanes firmes
y un dedo de nácar vuela sobre la aurora
¿Por qué me diste la palabra tristeza?
¿Por qué los alerces centenarios mueren
bajos los fuegos del sur
donde huyó el poeta?
No más la polvareda en el muro
ni el dolor en el hombro
Habré de morder el lápiz
para no morderme los labios
Se abrirán puertas
y cerrarán sus ojos las violetas
en los días viernes bajo ladridos de perro
Las renuncias valen un comino
Y jamás un renacuajo fue de piedra.

Cabudare
Febrero 29 de 2008 (Cada cuatro años)



Pido una ventana de sol
para hablar a la rosa de montaña
y al diminuto arco iris de una sonrisa
Todavía llevo enredada en los ojos
la mitad del sueño
Duele el cuerpo
pero el alma alegre
libera licores de miel
Hoy vengo a cantar
y a desgranar el trigo de las voces
en la inmensa alberca
de los patios de golf béisbol o fútbol
que da igual
a esta metáfora
absoluta de la luz.

Yaritagua
Mayo 14 de 2008



REFUTACIÓN A SALVATORE QUASIMODO

Es cierto que “cada uno está sólo
sobre el corazón de la tierra
atravesado
de un rayo de sol
y de pronto anochece”
Pero también es cierto
que
cada uno está sólo
sobre el corazón de la tierra
atravesando
un rayo de sombra
y de pronto amanece.

Yaritagua
Mayo 16 de 2008



Si un tigre atraviesa en el sueño su rayo arco iris
y una mariposa queda volando colores
aún después del vuelo
Si la primavera enrojece de acacias
el borde del horizonte
y un perro te lleva hasta Penélope
que esperó por ti una eternidad
Entonces
para qué la noche
el dolor o la angustia
Entonces
qué importa la muerte.

Yaritagua
Mayo 26 de 2008



En la espalda
se le enroscaban dedos
de muertes enlutadas en ojos
de templos ciegos.
Había perdido toda esperanza
libando licores ferruginosos
que corroen las entrañas
Los últimos ardores
los disipó
en la hornacina de unos pezones tenaces
y en la aldaba de un sexo voraz
En las madrugadas arrastraba
hacia las habitaciones del infierno
un cuerpo envilecido
de piernas tremebundas
y balano enteco
Ató a la noche
torceduras de sanguijuelas
que muerden el ocaso
Salido de sus despojos
de la osamenta que le tocó por castigo
de las vísceras y humores
que definieron su entrecejo
salido de sus costillas y de los glúteos
del torniquete azul de los glóbulos
y de la risa del santo
y de la seña del mendigo
escapado pura ánima en pena
salido afuera muy afuera distante casi un soplido
miró los despojos que dejó para la tierra
después que ni la muerte
quiso darle cobijo.

Cabudare
Diciembre 18 de 2008



¿Cómo morder este dolor?
¿Cómo repartir las cortaduras
que afilan sus canes de sangre?
Pido a gritos
¡liberen mi alma
que huya de este cuerpo deshuesado!
¿Cómo detener mi nombre archipiélago
que gira su polvo de planeta exhausto?
Sudo clavos de crucifijo
en mis heridas tumefactas
sudo lágrimas de espina
en la órbita de mis dolores humanos
No soporto tanta noche alevosa
comiendo mis entrañas
de cabezas ciegas y bocas
sembrando sus larvas planas
Pido una mano para saldar el cero
en las destrezas de una rana
Pido besos de soga
auroras de brazos extendidos hacia mí
la misericordia de una daga.

Cabudare
Diciembre 22 de 2008


Julio César Blanco Rossitto ( Ciudad Bolívar, 1961). Ingeniero eléctrico, poeta y narrador venezolano. Por su obra ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Municipal de Poesía “Eduardo Mathías Losada”, de la ciudad de Maracaibo (1989), Mención en el concurso de poesía “Marco Aurelio Rojas”, convocado por la Universidad de Carabobo (1989), Mención honorífica en el concurso de cuentos del diario Antorcha, del estado Anzoátegui (1992) y premio en la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, celebrada en Barquisimeto en el 2006. Tiene publicados los libros de poesía El sol como por dentro (1982), Enseres (2000) y Fábula del pez y la colmena (2004). Textos suyos se incluyen en las selecciones antológicas Poesía de Monagas, Bolívar y Delta Amacuro y El Cunaguaro Melancólico II, editadas en los años 1983 y 2003. Mantiene inéditos el poemario Otras maneras del despojo y la recopilación de cuentos Correo del amor y otros relatos. Actualmente reside en el estado Lara, donde es miembro del consejo editor de la revista Maltiempo. Los poemas anteriores forman parte de su libro en preparación Viajeviajeros de la luz y de la sombra.




14 de febrero de 2009

Silvio Rodríguez: La audacia como algo más que historias de canciones

Por Alexis Castañeda

La nueva trova, aparecida en el campo cultural cubano hacia la mitad de la década del sesenta, fue resultado de un cíclico y dialéctico renuevo de la canción popular, compulsado por necesidades epocales y que tenía como antecedentes pautantes la trova tradicional y el filin.

Auque la nueva trova surge y se abre con dimensiones propias y rasgos particulares, no obstante se produce en un momento casi universal de replanteamiento de la música popular y dentro de ella la canción, que va a sufrir una renovación tanto musical como textual, partiendo de la explotación de una matriz sensible, común a las grandes masas. No es casual entonces que entre las constantes principales, en Cuba y otros países (Latinoamérica, España y los Estados Unidos) haya cierta vuelta a las raíces, pero de acuerdo a otra estimulación ambiental de exigencias superiores y a la homogenización del mundo musical.

Este movimiento en Cuba tomó fuerzas rápidamente, auque tuvo que encauzarse al margen de las corrientes predominantes pues las ofertas de consumo a partir de los medios de comunicación se limitaban a brindar lo más comercial, y no precisamente lo de mejor calidad. “La producción musical —apunta la investigadora Clara Díaz— se movía por lo general dentro de cánones envejecidos, cuando no imitativos de modelos facilistas y ajenos a la concepción ideoestética que iba proponiendo la realidad”(1). Estos trovadores, parte de una nueva generación de creadores formados dentro del proceso de la Revolución Cubana, y que constituía una vanguardia de enfrentamiento a conceptos conservadores del período, buscan entonces refugio, y se salvan de alguna manera, bajo ciertos poderes particulares, como los de Haydee Santamaría en su Casa de las Américas y los de Alfredo Guevara desde el ICAIC. Precisamente este vínculo con el cine fue de gran importancia, pues facilitó una vía de difusión, teniendo en cuenta que otros medios apenas se ocuparon durante esta etapa de llevar al público la obra de los jóvenes trovadores. Sobre estos momentos, diría Silvio después: Por entonces había cierta fobia ideológica por el rock, algo así como una enfermedad infantil izquierdista, a decir de Vladimir Ilich. Esto llegaba a los extremos kafkianos de buscar células de rock en la música de los compositores, y había listas con calificativos y censuras para compases sospechosos. Después de algunas adversidades un grupo de jóvenes músicos y yo tuvimos la suerte de encontrar refugio para aquel tipo de excesos en el ICAIC (Instituto de Arte e Industria Cinematográficos). Ahí yo me desquitaba haciendo “rocanroles” con letras revolucionarias que los cuadrados de la cultura se tenían que zampar. Como el noticiero semanal ICAIC y las películas ponían nuestra música, aquella fue nuestra forma de contribuir a barrer con los prejuicios que existían con el rock. Cuando en aquellos tiempos me ponía a escribir, debía estar conciente de varios frentes de confrontación a la vez: aquel del que formaba parte como país martiano y socialista a 90 millas del imperio; estos otros combates domésticos mencionados, que suponían una forma de disidencia revolucionaria; y, para colmo, debía cargar con el implacable frente íntimo, contra el que no había excusa y me exigía ser cada vez mejor persona y artista(2).

A pesar de los apoyos es sintomático que en la Resolución Final del Encuentro de la Canción Protesta, celebrado en la Casa de las Américas entre los días 29 de julio y 10 de agosto de 1967, los firmantes por la parte cubana fueran Rosendo Ruiz, Alberto Vera y Carlos Puebla(3) cuando ya Silvio Rodríguez y Pablo Milanés tenían una buena cosecha de excelentes temas enmarcados en esta corriente: “Que levante la mano la guitarra”, “Terezín” y “Canción de la trova”, de Silvio, y “Por qué (Yo vi la sangre de un niño brotar)” de Pablo, son muestras ejemplares. Además, estaba reciente todavía el impacto y entusiasmo que causó, sobre todo en los jóvenes, el recital de Silvio junto a la también trovadora y muy seguida en aquellos días, Teresita Fernández, en julio de ese mismo año en la sala teatro del Museo Nacional, espectáculo integral donde participaron algunos poetas que acaparaban la palestra literaria en aquellos momentos, cineastas y otros importantes artistas como José Luis Posada.

El movimiento de lo que se llamó nueva canción, canción protesta, política, comprometida o de contenido social, tenía como una de sus características definitorias la crítica subversiva del medio social de donde emergía. Los autores Luis Rogelio Nogueras y Víctor Casaus concluyen que la nueva trova cubana se diferencia por tener una posición de reafirmación y no de ruptura con su entorno social(4); sin embargo, tampoco quedó aquí ajena a esa tendencia de inconformidad y crítica, auque partiendo de la realidad particular de nuestro país y siempre con esa intención reafirmatoria de mejoramiento.

Ya hacia finales de la década del sesenta se va haciendo más lento el proceso creador y de efervescencia espiritual que había señalado los inicios de La Revolución. El entrometimiento dogmático y prejuiciado con su criadero de mediocridad y una burocracia esterilizadora devienen en lo que el dramaturgo Eugenio Hernández llamó alguna vez «debacle cultural», desembocando luego en los ya reconocidos años grises de los setenta.

Es en este contexto que aparece la nueva trova y no es extraño, pues, que uno de sus compositores pilares, Silvio Rodríguez, a pesar de otros asuntos de urgente atención en Cuba y el mundo, desde sus primeras composiciones emprendiera arremetidas contra esos lindes entorpecedores de toda novedad —léase calidad— nacional o extranjera. Ya en 1966, en una de sus primeras canciones, dedicada precisamente a la trova, se refiere a la incomprensión histórica de la misión del trovador, que se mantenía no obstante hubiera pasado el tiempo y las cosas “cambiado de color”, y reafirmaba de manera ética:

Pero tras la guitarra siempre habrá una voz
más vista o más perdida por la incomprensión
de ser uno que siente como en otro tiempo
fue también.

(La canción de la trova)

En ese mismo año plasma con visión fotográfica la aridez abúlica que rodeaba el momento:

No hay nada aquí
solo unos días que se aprestan a pasar
solo una tarde en que se puede respirar
un diminuto instante inmenso en el vivir.
Después mirar la realidad
y nada más.

(Y nada más)

La misma atmósfera de aprehensión e incertidumbre es recogida "En mi calle":

En mi calle el mundo no habla
la gente se mira y se pasa con miedo…
En mi calle de silencio está,
y va pasando por mi lado…
Yo no se por qué estoy cantando
por qué estoy amando
por qué estoy muriendo.

Un año después Silvio, ya con un punto focal preciso y más decidido a luchar por su espacio, se lanza en una actitud retadora:

Al que le disguste mi sincero afán
de decir la vida en mi canción
solo le diré que cuando pueda
colgaré mi voz en algún lugar común,
que cuando pueda dejaré mi forma de pensar…
Pero mientras tanto, tengo que vivir
tengo que decir lo que he de pensar.
Mientras tanto
yo tengo que hablar, cantar, gritar
la vida, el amor, la guerra, el dolor
y más tarde
guardaré la voz

(Mientras tanto)

Para aquel grupo que alguna vez le impidió la parición y proyección de su canto nuevo se dirige en “Hay un grupo que dice”:

Hay un grupo que dice
que lo haga reír
dice que mi canción
no es así, juvenil
que yo no debiera
ponerme a cantar
porque siempre estoy triste
muy triste
Miren que decir eso
con tanto motivo
para no reírse como hay.

Sobre esos mimos dijo, quizás en el vórtice del pesimismo, pero también en uno de los momentos de mayor conmoción lírica:

Yo se que a nadie
le interesa
lo de otra gente
con sus tristezas

Auque más adelante en la misma canción rectifica y se salva de alguna posibilidad:

Yo se que hay gente
que me quiere
yo se que hay gente
que no me quiere
(Esta canción)

A uno de los peores vicios que ya hacia finales de los sesenta regateaba su trono, el oportunismo, Silvio conmina a un rabioso duelo con resolución:

Con el oportunismo tengo un duelo…
y sin embargo estoy amando
y abro un trillo sobre el fango
Quisiera ahora desgajar
mi larga rama de palabras
y echarlas todas a volar
sobre las almas de las almas
y que estallen y que muerdan
y que todo sea mejor.
Y consciente del peligro convoca:
Yo te invito a caminar conmigo
Auque siempre sea perseguido.
(Yo te invito a caminar conmigo)

El derecho a la palabra, a decir, como parte del proceso revolucionario, lo proclama y lo defiende:

Hicimos cosas sin parar,
pues la palabra hay que ganar
para opinar de todo bien o criticar.
unos decían porque sí
otros por miedo de que no.

(Voy a cantarle al porvenir)

En “Debo partirme en dos”, de 1968, el trovador vuelve en su carga contra los que exigen una canción fácil y le critican su canto “indecente”:

Hace rato que vengo lidiando con gente
que dice que canto cosas indecentes…
Unos dicen que aquí
otros dicen que allá
y solo quiero decir,
solo quiero cantar.

“Viven muy felices” desenmascara a los loros de la retórica paralizante:

Viven muy felices, no digo yo
los que repiten la canción como aprendices
los que no buscan más allá de sus narices.
Viven muy felices, no digo yo
los que repiten un camino sinrazones
y ven la audacia como historia de canciones.

Y una vez más contra los que llamaría “servidores del pasado en copa nueva”, los “delimitadores de las primaveras”, los que ríen “con solo media sonrisa”:

Se debe subrayar la importante tarea
de los perseguidores de cualquier nacimiento
si alguien que me escucha se siente retratado
sépase que se hace con ese destino.

(Resumen de noticias)

En pleno 1970, como en una catarsis decisiva de su lucha, declara de manera testamentaria:

A los veintisiete días del mes de mayo del Año 70
un hombre se sube sobre sus derrotas,
pide la palabra momentos antes de volverse loco.
No es un hombre, es un malabarista de una generación.
No es un hombre, es quizás un objeto de la diversión.

(Oda a mi generación)

Los setenta con su grisura, que sombreó algo más que un quinquenio, fueron relegando estas canciones en la ignorancia de una generación que no llegó a conocerlas, pues la nueva trova pasó a ser música de ocasión para cubrir actos luctuosos o fechas históricas, difundiéndose solo aquellas composiciones de contenido directamente político y llanamente laudatorias. Hubo que esperar entonces hasta finales de la década, cuando se abre y alborea más el espectro cultural cubano y llegan los vergonzantes ecos de los aplausos tributados a Silvio y a Pablo por otros públicos, donde hasta los niños cantaban canciones prácticamente inéditas o desconocidas en nuestro país, originándose entonces una situación paradójica , pues estos cantores pasaron de la noche a la mañana como «acabaditos de descubrir» a propuesta oficial para los que, desde hacía ya años, los seguíamos y exigíamos su derecho a un espacio. Se inicia así un nuevo despegue de la canción trovadoresca joven que convierte a estos, y luego a otros trovadores en verdaderos ídolos con acceso a las grandes plazas, comenzando a difundirse, además, hermosas canciones de amor no menos preteridas o en desventajas de difusión, vertientes composicionales en las que Silvio Rodríguez fue sin dudas un adelantado.


Referencias:
1. Clara Díaz: Silvio Rodríguez. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005.
2. En: «Susurros en el camino», una respuesta de Silvio Rodríguez, de Belén Gopegui. La Jiribilla No. 217, julio de 2005.
3.Revista Casa, no.45. 1967.
4. Víctor Casaus y Luis Rogelio Nogueras: Silvio. Que levante la mano la guitarra. Segunda edición, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987.

Tomado de Hacerse el cuerdo (Año.2/Nro.5)

26 de enero de 2009

José Martí y la política guatemalteca

Por Yamil Díaz Gómez

Un apretado bosquejo de la estancia de José Martí en Guatemala, indica que en diciembre de 1876 recibe cartas de recomendación del ministro guatemalteco en México, Juan Ramón Uriarte; y ya en marzo emprende un aventurero recorrido en canoa, goleta y acémila. Al mes siguiente obtiene empleo en la Escuela Normal, dirigida por el patriota cubano José María Izaguirre, y redacta en apenas cinco días una obra teatral en homenaje al país. Es el mismo fervor, el mismo espíritu de alabanza con que saluda a la nación en su discurso del 21 de abril y valora las transformaciones jurídicas del momento en el artículo que publica un día después bajo el título de “Los códigos nuevos”. Luego vendrán otros discursos y artículos, y la feliz revelación de una nueva faceta en su agitada vida cuando la patria transitoria lo hace maestro, que es —según sus palabras— hacerlo creador.

Así lo vemos asumir varias cátedras universitarias en mayo de 1877 e impartir clases gratuitas de Composición en la Academia de Niñas de Centroamérica, dirigida por Margarita Izaguirre, o integrarse a la sociedad El Porvenir, sin que le falte tiempo para asistir a la tertulia de su admirado Miguel García Granados, jugar al ajedrez con el ex presidente y protagonizar un episodio trágico y lírico que culmina con la muerte de María García Granados, hija del prócer amigo. Lo vemos, además, firmar un documento ante un conato de atentado que se fraguó contra Barrios; polemizar sobre cuestiones históricas y políticas con ilustres contemporáneos; ser objeto de burlas en cobardes hojas sueltas, y salir rumbo a México para casarse.

Y también lo veremos regresar en enero de 1878 para verse rodeado por un clima hostil. La hostilidad no se disipará siquiera por la publicación en México de su libro Guatemala, apología fervorosa. Le esperan tragos amargos, como el deber de renunciar al empleo en la Normal —en solidaridad con el depuesto director Izaguirre— o el fracaso de su proyecto de la Revista Guatemalteca. Se marchará defraudado de esa experiencia revolucionaria liberal; pero se llevará en compensación un caudal de vivencias trascendentales para su evolución ideológica, además de una leontina de oro —regalo de estudiantes agradecidos— que lo acompañará hasta el penúltimo capítulo de su existencia.

Dejó una huella profunda en Guatemala, de la que dan sobrado ejemplo eventos teóricos aun a la altura del siglo XXI; o el testimonio de guatemaltecos ilustres que lo conocieron, como Domingo Estrada y Antonio Batres Jáuregui; o los valiosos libros que le dedicaron Máximo Soto-Hall y David Vela; o la elogiosa carta que le dirigieron sus privilegiados discípulos de la Universidad.

Desde el punto de vista político, la andanza centroamericana de Martí implicaba una especie de viaje al futuro: conocer un territorio que, a diferencia de Cuba, se había independizado de España, y donde ya los liberales habían arribado al poder.

No es de extrañar entonces que se sumara al diseño de una «utopía guatemalteca» ni que después resultara dramático para él, como evidencian sus cartas a Manuel Mercado, el desajuste histórico que descubría entre esa utopía y la realidad. Tampoco ha de asombrarnos que —como apunta el historiador Jorge Ibarra: «La estancia en Guatemala fue definitoria en más de un sentido para Martí. En el terreno de las ideas políticas puede decirse que fue una verdadera escuela»(1). Añade Ibarra que allí se define la conocida posición del Maestro frente al caudillismo revolucionario; que allí revaloriza todas sus ideas sobre el papel del Estado en la revolución.

Por su parte, Roberto Fernández Retamar subraya tres aspectos capitales dentro de la huella política que este país deja en Martí. Primero: Guatemala abre hacia el horizonte continental mucho de lo aprendido en México, de lo cual hay un síntoma visible en la frecuencia con que comienza a utilizar expresiones como «Nuestra América» o «Madre América». Segundo: Aquí resume —en el libro Guatemala— una visión arquetípica de la república liberal latinoamericana, síntesis de un pensamiento que nunca se estanca sino proseguirá un camino de constante radicalización. Tercero: tropieza con los «modos bruscos» del presidente Justo Rufino Barrios, que más tarde lo impulsan a abandonar la nación. Dicho en otras palabras: el choque del joven político cubano con un caudillismo militarista que lo persigue ferozmente por Hispanoamérica: en México, con Porfirio Díaz; en Guatemala, con el general Barrios; en Venezuela, luego, con Antonio Guzmán Blanco.

Tan acertada síntesis retamariana nos permite seguir las principales coordenadas de la huella guatemalteca en el pensamiento político de Martí.

Esa apertura al continente, ya abonada por el intenso período mexicano, resulta clave para el desarrollo de sus concepciones americanistas. Esa sospecha de una patria mayor; esa conciencia de una identidad específica de Latinoamérica en lo cultural; lo económico y lo político; ese reclamo de futura unidad, no hubieran sido posibles sin la experiencia directa del Martí mexicano, guatemalteco y luego venezolano. Por ejemplo, su conocimiento del problema de la población originaria —no constatable en Cuba, cuyos aborígenes fueron exterminados— lo lleva a reclamar para el Indio educación en lugar de exclusión, integración social en lugar de genocidio y un espacio económico como trabajador libre o propietario, nunca en papel de siervo. Al verlo como víctima y no como obstáculo, se anticipa a la genial respuesta que dará en «Nuestra América» (1891) a los Sarmientos grandes y pequeños: la afirmación tajante de que la batalla no es entre civilización y barbarie sino entre la falsa erudición y la naturaleza.

El Maestro ya está escribiendo, de algún modo, las caladoras opiniones políticas de su futuro exilio neoyorkino, en que las aguas del liberalismo le resultarán cada vez más estrechas. Ya está escribiendo, sin saberlo aún, el primer párrafo de la rotunda carta que en 1884 enviará a Máximo Gómez, para apartarse del Plan «Gómez-Maceo», seguro de que un país no se funda como se manda un campamento.

Autores como el ya citado Ibarra opinan que Martí fue dogmático en su civilismo, en su desencantamiento respecto a Barrios y a la revolución que este encabezaba, por no aceptar la necesidad histórica de aquella dictadura. Pero pedirle a Martí que se mostrara menos «dogmático» equivale a proponerle concesiones éticas.

El hombre que renunció a su empleo porque prefería morir de hambre a devenir cómplice de la destitución de su amigo Izaguirre, ¿toleraría atropellos más graves a nivel de toda la sociedad? ¿Aceptaría el cambio de un despotismo por otro? ¿Perdonaría a ciertos líderes ser inconsecuentes con los ideales que los llevaron a la revolución? ¿Aplaudiría medidas regresivas, que permitían el reclutamiento forzoso de indígenas? ¿Cerraría los ojos ante la eliminación física por Barrios de amigos y enemigos, incluido Uriarte? ¿Olvidaría que frente a su ventana pasaron hombres con grilletes?

Martí se entusiasmó con la experiencia revolucionaria de una nación donde se había instaurado la enseñanza laica, se modificaba la propiedad agraria, se modernizaban las leyes, y se advertían, en diferentes órdenes sociales, síntomas de progreso. El cubano concibe su utopía guatemalteca en obras como Guatemala y sus «Reflexiones destinadas a preceder a los informes traídos por los jefes políticos a las conferencias de mayo». Pero llegado el momento —ante la quiebra de su utopía— hizo sus maletas convencido de que «con un poco de luz en la frente no se puede vivir donde mandan tiranos»(2).

La cuestión hoy no radica en asumir cómodamente la ventaja de los siglos para dar la razón a Barrios o a Martí. Lo importante es develar lo que la estancia guatemalteca aporta al ideario político e, incluso, económico martiano. Pues no se debe olvidar que aquí formula su «modelo agropecuario pequeñoburgués», tan lúcidamente estudiado por Rafael Almanza. El Maestro se opone a las «manos muertas» y defiende que: «Es rica una nación que cuenta muchos pequeños propietarios. No es rico el pueblo donde hay algunos hombres ricos, sino aquel donde cada uno tiene un poco de riqueza»(3). La distribución como base de justicia: verdadera pedrada en pleno rostro del latifundismo feudal.

El Martí que se va de Guatemala en el verano de 1878 es un hombre ideológicamente mucho más maduro que el joven entusiasta llegado en marzo de 1877.

______Notas
1-Jorge Ibarra: José Martí, dirigente político e ideólogo revolucionario, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1980, p. 38
2-José Martí: Carta a Manuel Mercado del 20 de abril de 1878, en Obras completas. Edición Crítica, t.5, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2001, p. 306
3-José Martí: Guatemala, en op. cit., p. 260

Tomado de Hacerse el cuerdo Año 2 Nro 8



24 de enero de 2009

La frente contra el muro


Piensas que no has de ser, como quisiste,
hacedor de algún verso perdurable
y, sin embargo, a la mudez palpable
que implicita el silencio, se resiste

la intolerancia de tu voz. Persiste,
como arraigada en ti, la inexorable
costumbre de buscar lo inatrapable
con que a la sed de un sueño te ofreciste.

Si un día te levantas y reniegas
de la opresión que sufres, cuando entregas,
después, algunas líneas al futuro

de la página en blanco, perpetúas
el afán primigenio y continúas
golpeándote la frente contra el muro.





3 de enero de 2009

El Yo profundo de José Luis Serrano

Por Jorge Luis Mederos Betancor (Veleta)

Cuando pude leer y hasta participar en la premiación del Libro Aneurisma, de José Luis Serrano, me prometí no escribir más décimas en lo que me quedaba de vida, porque de nada vale esforzarse tanto para que más tarde viniese un holguinero a lucir mejor. Pueden creerme que hice honor a mi promesa y desde entonces a la fecha no he vuelto a frecuentar la espinela como no sea en las muy raras ocasiones en que el sacrosanto compromiso con el Club del Poste requiere de mi servicio. Tampoco quedaron muchos resentimientos porque Serrano y yo nos hicimos amigos, buenos amigos, que compartieron no solo cervezas, sino puntos de vista, ensueños personales y —cosa rara entre intelectuales— muy poco o casi nada se me ocurrió para empañar su imagen como no fuera que sería una lástima que tan buen poeta se quedara encasillado de por vida con la etiqueta de “decimista”. Igual que yo.

Y parece que lo mismo opinaba él; por lo menos aquí tenemos ahora este cuaderno donde demuestra a carta cabal que sabe moverse también como pez en el agua en otros espacios con el mismo rigor, inspiración y desenfado que en la décima. No miento si afirmo que fue un banquete para mí –como no dudo que también lo haya sido para los dichosos mortales que adquirieron el volumen—cuando traspasé el umbral de El Yo profundo. No es fácil, lo digo por amarga experiencia de lector, sostener desde la primera hasta la última página un libro de sonetos, rima de las rimas, a la que a su vez está muy poco dispuesto el paladar criollo. Y aunque esta disposición existiese, soy de la opinión de que un libro de sonetos no se fabrica como quien fabrica chorizos: hay que poseer el don, la gracia y la pericia que nos legaron los Quevedos y los Góngoras, para que la música penetre y se deslice como quien no quiere las cosas y atrape al incauto en sus catorce redes.

Serrano lo hace y de qué manera.

Y si voy a ser sincero hasta el fin, confieso, a riesgo de desacreditarme como hombre de letras, que este se cuenta entre los tres o cuatro libros del género que he podido consumir hasta el final sin un bostezo.

Alguien, cuya opinión pesa mucho para mí, hacía referencia hace poco a que José Luís, al cabo, estaba hecho de más ingenio que talento. Con todo respeto discrepo: ninguna obra más o menos extensa como esta, se sostiene a puro artificio si este artificio no viene artillado por una dosis de genialidad que la valide. Por demás, el artificio se diluye bien pronto y deja un sabor a estafa en el paladar. Y este no es el caso. Quien lee a Serrano siempre quiere leer más, y eso, valga la redundancia, es más de lo que se puede decir de casi todo el mundo.

Me precio entonces de lanzar, como si le hiciera falta, un poco de promoción sobre este libro. Aunque bien pensado, a nosotros los de provincia, ese ingrediente nunca nos viene sobrando. Ya bastante desgracia tenemos con vivir en Villa Clara, en Holguín o en cualquier lugar lo suficientemente alejado del Olimpo. Me precio, repito, de haber encontrado, gustado y promocionado una obra que me ha puesto a sonreír un poco y bastante a cuestionarme, como los antiguos filósofos —que son los buenos de verdad— acerca de quiénes somos y de donde venimos. Pero nada en literatura es gratuito, no basta con enunciarlo y ya; el asunto es cómo enunciarlo. Y ahí es donde el autor se luce espectacularmente: porque ahora me gustaría preguntarles —y que desde luego, se me respondiera con honestidad— si no proceden del cerebro de un loco o de un genio los siguientes versos:

Hoy me gusta la vida mucho menos
pero quiero vivir. Que nadie diga
que vivir no es hermoso. De barriga
incluso. Menos libres o más plenos.

Cierto que para todos los venenos
no hay un antídoto. Que hasta una hormiga
nos pudiera linchar. Dios nos maldiga.
En ser felices nunca fuimos buenos.

Cierto que a veces Satanás se sale
irremediablemente con la suya.
¿Morir qué recompensas equivale?

Melodiosa la muerte nos arrulla.
Pero en verdad vivir bien que lo vale.
Aún cuando estar vivos nos destruya.

En este, como en casi todos los poemas del libro, se hace evidente que la preocupación favorita del autor es buscar la quinta pata del gato. En un mundo donde los experimentos formales ya aburren, los de él espantan; tal vez por ello se le acusa de artificioso al que evidentemente le quedan estrechas las formas tradicionales que por demás ha demostrado que domina. Su vocación de iconoclasta irreverente se vuelve manifiesta y hasta puede afirmarse que arrecia; pero allá lejos, en el yo profundo, los que sabemos leer entre líneas advertimos al hombre que busca desesperadamente a Dios. Su destino bien pudiera ser el de Saulo de Tarso.

Personalmente, esperaba cierta mesura y algún distanciamiento sentencioso de aquel Serrano que conocí en ANEURISMA porque los años no pasan por gusto. Y qué equivocado estaba. La vida me enseñó que los poetas que tienen la suerte de escribir un buen libro son bastante raros. Los que llegan a dos son escogidos. De tres en lo adelante pertenecen al campo de las mutaciones. El autor que hoy nos ocupa tiene 36 años y ya va por dos. Y digo dos, en cuanto a géneros ya que su obra es mas extensa. Pero es evidente que la Editorial Letras Cubanas va adquiriendo olfato y puntería para las primicias.

A mi no me hagan caso; yo escribo lo que creo que es justo y nada más; puede incluso mi opinión estar lastrada por el gusto personal, lo cual es obvio, y por una dosis de pasión y deslumbramiento que nunca han sido las herramientas ideales para valoraciones más o menos serias. A nadie impongo, por tanto, mi criterio. Existe mi verdad, tu verdad y la VERDAD. El libro al que hago referencia fue escrito por una persona a quien ya no pertenece desde el momento mismo en que otra persona ponga los ojos en sus páginas. Al lector corresponde valorarlo en su justa medida y esa justa medida no es más que el gusto personal de cada uno. Para ser sincero, hoy por hoy me preocupa mucho más el destino del hombre José Luís Serrano que del artista, no importa cuán indisolublemente unidos estén ambos; pero lo cierto es que a estas horas deben estar sonando muchos cantos de sirena en sus oídos, y el presente artículo es un buen ejemplo. José Luís se encuentra tal vez en el momento justo para validar o re-validar sus presupuestos estéticos y humanos. Hasta donde le conozco, dudo mucho que tuerza el camino, pero nadie, desde Santa Clara, es profeta en Holguín. Aunque mejor que yo lo dijo Augusto Monterroso:

Hay un mundo de escritores, de traductores, de editores, de agentes literarios, de periódicos, de revistas, de suplementos, de reseñistas, de congresos, de críticos, de invitaciones, de promociones ,de libreros, de derechos de autor, de anticipos, de asociaciones, de colegios, de academias, de premios, de condecoraciones. Si un día entras en él verás que es un mundo triste; a veces un pequeño infierno, un pequeño circulo infernal de segunda clase en el que las almas no pueden verse unas a otras entre la bruma de su propia inconsciencia.

Pero el que esto redacta se precia de confiar mucho en el hombre.

NOTA:____ Jorge Luis Mederos Betancor es un alias de Veleta, villaclareño nacido en 1961 y autor de los libros de poesía Otro nombre del mar y El tonto de la chaqueta negra, publicados por la editorial Capiro, si mal no recuerdo, en 1993. Después de un silencio de varios años, Veleta ha decidido su regreso a los caminos de la creación que abandonara. Durante mi última permanencia en Santa Clara, hace ya casi un año, tuve la oportunidad de participar en un pequeño evento cultural, moderado por Ricardo Riverón Rojas, donde Veleta dijo algunos de sus poemas y anunció la próxima aparición de un nuevo libro suyo. Ojalá que así haya sucedido.