3 de junio de 2009

Cavilaciones por el paria


A Xenia Zamara
que, cuidadosamente,
hace que suba la amistad a un podio.
Y a Péglez,
por supuesto.


Es la hora del recuento, y de la marcha unida,
y hemos de andar en cuadro apretado,
como la plata en las raíces de los Andes.

José Martí




I

No admitas que agonice la quimera.
Nutre tus esperanzas. La utopía
quizás proponga embellecerle al día
la noche insoslayable que lo espera.

Al navío estrellado en la escollera
lo hace flotar de nuevo su energía.
Extinto el presupuesto en la alcancía,
habrá que descubrir otra manera

de sufragar los gastos. Para el hombre
ya no alcanzan la gloria de su nombre,
ni las genuflexiones ni el arrobo.

Se acercan los crepúsculos. El llanto
sólo puede ofrecernos al espanto
del hambre detenida en cada lobo.


II

Las sirenas no existen. Odiseo
desconoce los mástiles. Unirnos
impedirá que pueda seducirnos
la insinuación falaz del corifeo.

Nos muestran un cadalso, pero el reo
se ha negado a las súplicas. Decirnos
que Polifemo anhela dividirnos
incrementa su cáustico deseo

de perpetuarnos débiles. No basta
con la bandera invicta, si en el asta
una mano se quiebra y sube rota

y nadie atiende a su dolor. ¿Valdría
regresar a Noé sin otra vía
para que siga el Arca su derrota?


III

Niégate a la collera. Si el gigante,
siervo de su avaricia, te reclama,
convierte la endeblez de cada rama
en un tizón hundido en su semblante.

El río siempre fluye hacia delante.
Sin una chispa intrépida, la llama
jamás exhibiría su oriflama
frente a la oscuridad itinerante.

La indiferencia duele y es preciso
desarbolar de su fachada el friso.
Condénate a vivir. No aceptes nunca

que un cíclope, a tu flámula reacio,
se apropie de tu nave y de tu espacio
sin que le dejes la mirada trunca.


IV

Ya tu casta esperó lo suficiente;
ya es hora de partir: no te detengas.
Detrás de cada grito que prevengas
fecundará sus páramos la gente

que aplauda tu osadía. Reverente
ha de ser la estación donde sostengas
la injuria cotidiana que devengas
para que, sublevándose, la ingente

saga de tu martirio sume adeptos
más allá de su sangre. Otros conceptos
inundarán el tiempo y la estocada

de quien censure ahora tu hombradía.
Triunfan, después del llanto, la alegría
y, después de la noche, la alborada.


V

Una voz te convoca. Se pretende
doblegar su magnánima elocuencia
vulnerando, con sórdida eficiencia,
el aire que sus prédicas enciende.

Tú eres el cazador. Si te sorprende
la bestia cuando salta, ¿qué dolencia
mitigará tu esfuerzo? La paciencia
no fue jamás un cirio pero entiende

que concluye agotándose. Precisa
tu aliento flagelado una camisa
que trueque los carámbanos en llama.

Bajo el cielo que habitas los rencores
el alma te obliteran: no demores
tu respuesta a la voz que por ti clama.


VI

Languidecen tus hijos poco a poco.
La patética historia del pesebre
no impide los temblores de la fiebre
ni alegra los estómagos tampoco.

Se embriagan de agonía. Con adultas
pociones de maldad, con improperios,
con chancros y fervor y ministerios
les mutilan sus ansias insepultas.

Rasga el vicio la blanda superficie
de su mirada ingenua. La molicie
planta frente a tus vástagos su tienda.

No abdiques de la brújula. Salvarlos
sólo podrá quien sepa iluminarlos
con la esperanza que su brazo encienda.


VII

Si tú, como Teseo, al laberinto
le descubres de pronto una salida,
restañarás, andando, la mordida,
con que te adormecieron el instinto.

Marchas con el dolor atado al cinto
delante de la espada. Su embestida,
su tétrico dictamen no invalida
el salmo que uno aguarda por distinto.

Importa desatarse del acecho,
proscribir la quietud, sacar del pecho
lo que al hombre le resta de centauro.

El llanto a sus caprichos nos amarra,
y es necesario hundir la cimitarra
sobre la sordidez del Minotauro.


VIII

Entre tú y lo que sueñas un abismo:
túrbida el agua y proceloso el cielo.
La utopía delante: aquí tu anhelo
de añadirle tu verbo a su mutismo.

¿Cómo impedir podrán el cataclismo
que te devuelva, grávido el desvelo,
al sitio que usurparon con su celo
quienes te hacen dudar? Si el paroxismo

de la consumación no se decide
y algo, desde la sombra, nos divide,
la inmensidad de tu dolor humano

tendrá que construir, fundida, un puente,
trasponer el abismo y, limpiamente,
acariciar el sueño con la mano.


IX

Vertida ya una lágrima postrera,
es el momento de fundir mitades
y atar a un solo cuerpo voluntades
para ponerle fin a tanta espera.

¿Con qué objetivo dividir la esfera
si, hartos de los versículos y el Hades,
se impone clausurar las oquedades
que han demorado en ti tanta ceguera?

No pases de la sed a la costumbre
sin que adviertas, armándote, la cumbre
que la frente de Sísifo interroga.

¿Quién osará ignorarte cuando avises
que te apresuras a tronchar los grises
tentáculos del pulpo que te ahoga?


X

Disponte a caminar. Cuando el armiño
sobre la oscuridad su asombro vierta,
vendrá el futuro a derribar la puerta
que ha distanciado al hombre del cariño.

Tú eres el ademán con que ahora ciño
el arma imprescindible. Si desierta
queda un día la mano, será cierta
la luz en la emoción de cada niño.

Haz que una edad sin lobos precipite
su esperada existencia, que al convite
asista el equilibrio que demandes.

Habrá un tiempo sin úlceras ni plomo
y hay que apurar su advenimiento como
la plata en las raíces de los Andes.





13 de mayo de 2009

Poemas de José Antonio Ramos Sucre

Injustamente preterida por sus contemporáneos, la obra de José Antonio Ramos Sucre (Cumaná,1890 - Ginebra, 1930) comenzó a ocupar el sitio que le correspondía sólo varios lustros después del suicidio del poeta. Hombre dotado de una vastísima cultura, políglota, indudable orfebre del lenguaje y creador de una poética sin parangón en Venezuela, publicó en vida tres libros: La torre de Timón (1925), y El Cielo de Esmalte y Las Formas del Fuego, ambos en 1929. A finales de los años cincuenta de la pasada centuria, época en que se inicia la revitalización de su legado, la poesía del sufrido vate cumanense, pletórica de exquisiteces y referencias culturales, gana rigurosos estudios y arduos defensores. Probablemente, los poemas en prosa y - a veces - los relatos poéticos de Ramos Sucre se incluyan, en estos momentos, entre los textos de mayor preponderancia internacional debidos a un creador venezolano. Próximo ya un nuevo aniversario del natalicio de esta insigne figura de las letras hispanoamericanas, quede la reproducción de los textos que siguen como un mínimo homenaje a la permanencia de su nombre y a la incuestionable vitalidad de su escritura.





LAS RUINAS

Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre, aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de las paredes y de las ménsulas.

Sobre la maciza escalinata había corrido un tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas metálicas.

Yo visitaba, después de un decenio, el palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso había llegado a ser una cuesta difícil.

Yo me incliné delante de la imagen de un santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora adventicia.

Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.

Sus hojas amarillas y de un revés grisáceo vibraban al unísono del mar indolente y una de ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de fragancia las páginas de mi libro de Amadís.



EL RETÓRICO

Una lámpara de arcilla, usada por los romanos, perfila una figura de sombra en la pared. El discípulo de los alejandrinos combate la victoria del cristianismo, afeando la sandez y la ignorancia de sus fundadores y eclipsando la austeridad de los feligreses por medio de una sobriedad elegante y recatada. Escribe disertaciones para contrastar la fábula necia de los hijos del desierto con el mito juvenil de los helenos. Observa en torno de sí una humanidad inferior, empecinada en el seguimiento de una doctrina vasta y absurda y se da cuenta de haberse extinguido la clase privilegiada del senador y del oficiante. Mira en la conspiración universal, dirigida al exterminio del júbilo y a la ruina de la belleza, el retorno y el establecimiento definitivo de los antiguos fantasmas del caos y de la nada y se arroja en brazos de la desesperación. Acaba de saber el sacrificio de Hipatia en un desorden popular, animado contra la fama y la existencia de la mujer selecta por la envidia de unos monjes cerriles, y decide refugiarse y perecer de hambre en el santuario de las Musas.



EL NÓMADE

Yo pertenecía a una casta de hombres impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de previsión y de cálculo.

Yo me había apartado a descansar, lejos de los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada en un vergel.

Un aldeano me trajo pérfidamente el vino más espirituoso, originado de una palma.

Sentí una embriaguez hilarante y ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del funámbulo.

Un peregrino, de rostro consumido, acertó a pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo. Significaba Ornamento de Doctrina en su idioma litúrgico.

La poquedad del anciano acabó de sacarme de mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su último aliento.

Devolvía por la boca una corriente de lodo.

Recuperé el discernimiento al escuchar su amenaza proferida en el extremo de la agonía.

Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su ídolo de bronce.



FRAGMENTO APÓCRIFO DE PAUSANIAS

Teseo persiguió el ejército de las amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre, donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas dela brumazón.

Un autor anónimo refiere las valentías del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos asiáticos.

El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña, amenazando con volverse lobo.

Teseo escuche el parecer de viajeros memoriosos, habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico hasta el valle del Nilo.

El sabio se presentó al cabo de un mes y consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y envolviéndolo en el humo de una resina balsámica.

Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y lo tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.

El médico dejó, en memoria de su paso, una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos de un arte rudimentario.

La figura del egipcio, de cráneo desnudo, mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de su nación.



ANCESTRAL

El sol, después de mediar su viaje, introduce por la vidriera un rayo oblicuo. No se da otra señal del curso del día.

La vidriera espesa y triple defiende del ruido exterior de la sala de los caballeros. Los postigos permanecen cuidadosamente cerrados y uno solo de ellos permite la infiltración del rayo oblicuo del sol. Los muebles arrimados a la pared, asoman entre la penumbra. Intentan acaso arrojar de sí mismos el velo de polvo de los siglos.

La araña de los cuentos, sensible al ritmo de la flauta de un prisionero, se arroja gasta el suelo, fiada en sus hilos y segura del equilibrio. La araña ha contribuido su tela para los guantes de las personas reales y ha urdido el velo de la Virgen en la siesta del verano.

Huecos y hornacinas interrumpen a cada paso el muro. Allí se esconde, tal vez, algún guerrero pérfido y desmandado.

Uno de mis abuelos usaba un yelmo de airón de llamas. Lo había recibido de un mago, según declaró en el delirio de una pasión infernal. Ese yelmo imperecedero quedó sobre la tierra al ser raptada Proserpina.

Ese mismo abuelo ocupa mi pensamiento. Preside con gesto impío una tragedia memorable y la impulsa a su desenlace.

Cerca de la mesa de nogal subsiste el sillón de Córdoba acostumbrado por su consorte. La forzó a tomar un tósigo.

El portero de esta mansión dejó entrar una vez, a esta misma hora de quietud y bochorno, una mujer de ánimo resuelto. Vestía un traje de moda histórica y su faz, de belleza ilustre, descubría las señales del llanto y de la cólera. Ocupó el sillón de Córdoba y se desvaneció en el aire sin dejar memoria de su visita.

Había penetrado sin esperar mi licencia. Es inútil oponerle cerrojos y trabas.

He dejado la sala de los caballeros en el mismo orden de aquel momento.

Nadie puede entrar allí antes de su vuelta.



LA HEROÍNA

El cazador ha conseguido hurtarse a la suspicacia de los combatientes.

Sale de una ciudad asentada en la llanura, sobre las dos márgenes opulentas de un mismo río, fiada en sus torres y en las ventajas de su comercio de joyas y tapices. Las mujeres lucen estofas versicolores y ostentan la imagen del arco de la luna en sus tiaras cilíndricas.

El cazador solicita, para su amada, las noticias del curso de la guerra. Electra ha visto al más generoso entre los adalides troyanos. Héctor viajaba en compañía de su esposa y seguía asiduamente su litera, impuesta sobre los hombros de contentos palanquines. El héroe montaba un caballo negro, de la casta de los infernales, presente de un numen pálido, opresor de las sombras nostálgicas.

El cazador trajo una vez el informe del asalto de la ciudad y refirió la matanza de sus jóvenes, cuando yacían inermes en el abandono del sueño.

El incendio suelta, semanas enteras y a larga distancia, sus pavesas tiznosas.

Electra no se consoló jamás de la caída de Troya.



LA VERDAD

La golondrina conoce el calendario, divide el año por el consejo de una sabiduría innata. Puede prescindir del aviso de la luna variable.

Según la ciencia natural, la belleza de la golondrina es el ordenamiento del organismo para el vuelo, una proporción entre el medio y el fin, entre el método y el resultado, una idea socrática.

La golondrina salva continentes en un día de viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre, anticipándose a los dragones infalibles del mito.

Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el destierro de las almas condenadas.

Recuperó el sentimiento humano de la realidad en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme a una aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y dijeron al oído del sabio la solución del enigma del universo, el secreto de la esfinge impúdica.



EL SACRIFICADOR

La mañana alumbra la ruina de las naves.

Los caudillos permanecieron vigilantes a través de la noche, sobre un mirador del litoral, abismados en el pensamiento de la derrota.

Las víctimas de la última porfía muestran, sobre el regazo de la tierra, el visaje paralizado y el abandono y lasitud de la muerte.

Una muchedumbre se junta a gemir en torno de su jefe. Censura el malcaso de la suerte y reverencia la dignidad del héroe y su faz de dios imberbe. El rostro de los dolientes se anega en la luz de una hoguera eclipsada por el día. La voz del mar secunda la escena del llanto, observando un compás ritual.

Los caudillos se despiden adelantándose al discurso fatuo de más provecto y se dirigen, sin concierto previo, a demandar el socorro de Aquiles. Los suplicantes alivian la ira ponzoñosa del joven y lo persuaden a la aceptación del deber.

El reconciliado se propone el desagravio de los suyos y la satisfacción de los manes del héroe, en medio de la turba inconsolable. Ordena la restitución de Briseida, acusándola, secretamente, de misionaria de la discordia.

La cautiva llega poco después, avergonzada de su ignominia, asegurando con el auxilio de un heraldo el paso tímido.

Aquiles la sujeta por la diestra y la sitúa bajo la amenaza de su lanza, menospreciando el intento de una súplica. Anula a golpes la resistencia, antes de infligir la herida mortal.



LA VUELTA DE ULISES

Penélope cita las criadas para interrogarlas sobre el último atropello de los pretendientes y sobre la asechanza dirigida contra la vida de Telémaco.

Penélope está sentada en una silla autoritaria, asiento de reyes patriarcales, y posa los pies ligeramente calzados sobre un escabel de encina.

Penélope se conforma al susto de las mujeres bisbisantes. Se interrumpen a cada paso para volver el rostro suspicaz y terminan su referencia con súplicas y votos a los númenes tornadizos.

Telémaco salió en demanda de su progenitor, bajo el consejo de un huésped casual, de porte eminente y discurso veraz, y con el auspicio de un águila aplicada a romper la hueste de unas aves infelices.

Navega hacia el palacio de un rey pesaroso, ocupado en la memoria de los suyos y salvo de su fin deplorable. Recoge noticias fragmentarias durante el festín de la bienvenida y admira los tesoros de origen distante y la modestia de su dueño. Permanece extasiado bajo la mirada inmóvil de una máscara de granito, descubierta a la orilla de un río divinizado, entre lotos y palmeras.

El rey pesaroso cuenta sus viajes y correrías, su arribo de náufrago y de mendigo ante el solio de los soberanos de raza desemejante y el riesgo frecuente de sucumbir de sed en medio de un mar paralizado.

Los pretendientes se juntan una vez más para la orgía e inquieren vanamente el paradero del viejo rapsoda, ansiosos de despedir su amargura unánime. Se retiran solitarios y mohínos al escuchar, de los menestrales de la cocina, la noticia de la ineptitud de la lumbre y de su desperdicio en llamas veloces y efímeras de fuego fatuo.



RAPSODIA

Juno suelta, desde las alturas celestes, al hijo deforme, oprobio de la hermosura divina.

Las nieblas se apresuran al socorro del infante y lo deponen sobre la superficie elástica del océano, moderando el ímpetu de la caída.

El niño desciende en una carroza de nácar, aviada por las sirenas, a una vivienda aparente, fantasía de los artistas del abismo, situada al cabo de una vegetación de corales y madréporas. La vergonzante luz de las profundidades circula a través de los aposentos.

El infante concibe el amor de la belleza, probado más tare en la forja y en la cinceladura de joyas resplandecientes, durante el trato con lo seres hundidos, de forma caprichosa. Admira la medusa presumida y sus crines acumuladas debajo del disco de su quitasol aplicado.

Debe, asimismo, la índole y las costumbres pacíficas, por donde se distingue de sus compañeros de inmortalidad, a la enseñanza de criaturas inermes. Oye el consejo de la anguila versátil, de la esponja sedentaria, del pez orbicular de fisonomía bufa.

El donaire de Vulcano tersa la faz contristada y mitiga la voz resonante de la tragedia.

24 de abril de 2009

Un poema de Jorge Luis Mederos

El INTRUSO


(a)

Existen días magníficos para que nos hagan una invitación a cierto pueblito de una provincia vecina donde se va a efectuar cierto evento literario. Esos días existen y uno coloca lo indispensable en una mochila y parte, casi deja olvidado un poema que escribía en el momento que llegó la invitación – un proyecto de poema magnífico, según la humilde opinión de uno –, pero finalmente no lo olvida y parte.

A veces sucede que allá las cosas no ocurren más o menos como uno las esperaba; suerte que una joven de pelo casi rubio irá por la habitación a visitarnos – ella también había leído a Henry Miller – y como no especifica la hora puede inferirse que llegará alrededor de las 9 p.m. Uno de ningún modo va a permitir que la ansiedad le haga presa, para salvarlo está el proyecto – en la opinión de uno, magnífico – de poema sin terminar; solo que apenas hay oportunidad para corregir un par de líneas cuando se escucha el susurro bienoliente de la muchacha que llega – la que ha leído a Henry Miller – y el poema – que vislumbra magnífico – ha de aguardar todavía un poco más.

Esos días existen.

Esas mujeres llegan.

Esos poemas a cada rato están por escribirse.

Lo muy difícil de aceptar es que uno regrese apenas una hora más tarde – otra vez las cosas no ocurrieron más o menos como se esperaba – y sobre la cama encuentre aquel poema, aquel proyecto de poema – en la humilde opinión de uno, magnífico – donde un intruso agregó diecinueve versos en tiempo récord, para terminarlo con toda limpieza. Impecable. Y mecanografiado.


(b)

para Ronald, que bien pudo haberlo escrito.

Nunca muerdas la mano de una mujer que ha rezado por ti.
Déjala irse, loca de sí misma.
como quien va al infierno o a Miami.
Pero no muerdas su mano.

Ella curó tus fiebres de hombre solo y cada noche lloraba,
Luego te dijo adiós como podía
y no sabes que fue con todo amor este pozuelo de hambre.

Tú mordiste su mano como Dios y ella crujía de miedo.
Por eso nunca maldigas la mujer, te pudrirías de odio,
tus miserias serán
como decir he vuelto de cien años y ningún hijo me espera.
Aunque estás ciego y solo y desdentado,
tú no maldecirás a una mujer que no encontró la paz
cuando tu corazón era un fermento loco de las iras.
Tantos perros aullaron en sus noches
que no supiste cuándo se marchó
ni en qué momento te negara tres veces
por el absurdo precio de vivir. Tú debes recordarla
cariñosa de Ogún, la buena hembra
que te puso a volar más de una noche:
es la moneda justa;
fuiste el gran perdedor y el gran culpable
por exigirle a un sueño que soñara,
por creerte feliz donde no hay sitio,
por estrellar un labio en la pared y un cabezazo en el cielo.

He aquí que se marcha
y el jodido que eres no comprende la mitad del dolor;
tu máscara es un puño, un estandarte anónimo en la sangre.
Pero muerde su mano y quién te salva.
Cómo endulzar las plantas del guerrero que danzó para ti,
dentro de ti; tal vez cuando ella,
en un lejano idioma, vio llegar el relámpago.

Déjala irse, loca de sí misma,
donde no quede piedra sobre piedra para contar la historia.
Seas el perdedor, no el desdichado que apostó a recordar,
Seas, el de la mansa medialuz,
ahora que otra mujer abre tu puerta y huele a todos los santos.

Ella no tuvo paz, la pobrecita. Todo en ella era irreal,
como esta espalda rota que hoy te deja, nuevamente sangrando,
con qué negra moneda en los bolsillos.

Y no puedes volver; tú solo escucha
el murmullo del tiempo contra el tiempo.
Esa mano que al fin no morderás era una huella en la niebla,
cierto pájaro azul. Nada importante.



13 de abril de 2009

Naufragio



Nosotros junto al mar.

El viento pasa
y enfurece a las olas,
y estrena rebeliones y hace danzar columpios
en tu cabello emancipado.

Nadie
más que nosotros junto al mar.

No vemos
nada que contamine al horizonte.
Sólo su línea inmensa nutriéndose de azules.

El viento. El mar. Nosotros.

Y el cuerpo de la arena convocándonos.

Una mano que roza las lindes de otra mano.
Una pupila hundiendo su tamaño en la otra,
y un arco disponiéndose
para el silbido con que anuncia el dardo.

La sed. La piel. Nosotros.

El mundo entero vuelto de espaldas a la orilla
y el agua encabritándose.

Y más allá de las miradas nuestras,
ni un deseo flotante ni un cabo donde asirse,
ni una mínima balsa que nos salve
de este naufragio próximo.

Hacia los márgenes del círculo

(Prólogo al libro Las grietas del sol, próximo a publicarse
bajo el sello de la Fundación Editotial El perro y la rana)

La luz. La oscuridad. El sol. La sombra… Y en el centro del círculo – donde asistimos a la perpetua lidia sostenida entre ambas entidades – el hombre y su dudosa pequeñez asiéndose al empeño insoslayable y caprichosamente humano de conquistar, no ya la preponderancia demoledora, sino apenas una mínima inclinación de la balanza favorable a las iluminaciones que precisa para su realización como individuo.

Negado a sucumbir, el hombre asómase a la esquivez de las palabras, contiende con su ríspida envoltura, sube hasta el verbo encabritado, se ordena domeñarlo y emerge de esas aguas turbulentas convertido en un incipiente componedor de versos. Y ya sabiéndose propietario, a fuerza de vívidos afanes y de un empecinamiento proverbial, del arma y la panoplia requeridas, el poeta – una tercera entidad zarandeada por los embates de la liza –, luego de ofrecerse a la interiorización de las penumbras que le impedían aproximarse hasta los límites barreados del redondel que habita, vislumbra los resquicios a través de los cuales habrá de encaminarse su existencia hacia los territorios de las irradiaciones perseguidas.

El poeta llámase Marco Gentile y, afortunadamente, hace alrededor de dos años abandonó los predios de la ineditez con una colección de cuentos breves publicada por esta misma editorial y merecedora de uno de los premios del Certamen Mayor de las Artes y las Letras 2006. El fruto de su tránsito en torno a los avatares que suelen acibarar la vuelta inevitable al polvo del cual nos levantamos; el corolario apuesto de la introspección de sus angustias, de su sometimiento y atinada conversión en material nutricio para el intento alado con que se obstina en convocarnos el poema, es este manojo apretadísimo de líneas que ahora se dispone a presentarse a la mirada del lector.

Heredero de una tradición cuya espiral se inicia en Venezuela con el neoclasicismo de Andrés Bello, roza la vibración romántica de Juan Antonio Pérez Bonalde y, estrenada la centuria de los ismos, asciende a la singularidad de Ramos Sucre y al indudable magisterio de Gerbasi para continuar fortificándose gracias al quehacer de ineludibles creadores afiliados al diapasón de la contemporaneidad, con Las grietas del sol Marco se arriesga a incorporar su voz a ese concierto polifónico que es hoy la poesía. Y lo hace, a mi juicio, en el momento justo: ya pertrechado con un arsenal considerable de vivencias.

Dispuesto de manera tal que su lectura nos permite acercarnos a cada una de las venticuatro campanadas que fragmentan al día, este cuaderno se fundamenta en los apuntes de un sujeto lírico atento a los matices, a las oscilaciones anímicas afines a ese consabido itinerario que conduce a los hombres y, consecuentemente, al fardo de aspiraciones que los nutre, desde el amanecer hacia su antípoda, desde el alumbramiento hacia la muerte. De ahí que su pórtico no pueda ser otro que una enumeración de referencias luminosas:

Luces repentinas agotadoras cargadas
lumbres viajando inalcanzables volátiles
destellos diamantinos desperdigados inaccesibles
rayos estremeciendo días impredecibles
fulgores desesperanzados depresivos incontables
(…………………..)
radiaciones rebeldes peligrosas insidiosas
centellas sorbiendo todo incontrolables
relámpagos descuartizando vapores potentes
chispas infernales quemando dolorosas

(06:AM)

Pero el poeta escribe consciente de que cualquier exceso es sospechoso y, por lo mismo, esa degradación un tanto dolorosa y contrastante que apreciamos en el fragmento anterior no es otra cosa que un anticipo de las piedras – entiéndase máscaras, oportunismos, decepciones, tozudas decadencias – que habrán de obstaculizar su paso y, paradójicamente, justificar su participación en ciertas lides. Quizás por ello en ocasiones su lenguaje se clarifica en extremo y, aproximándose al empeño de cuestionar probables vecindades, el verbo se nos entrega rememorando el golpe súbito de la flecha sobre el blanco escogido:

Hoy
muchos se enorgullecen de llevar una aureola
e imaginan un día en que la suya
sea la más brillante de todas

Surcan las calles exhibiéndola
Y aunque hieda
no pueden dejar de usarla

(05:PM)

La oportuna alternancia del verso libre y de las prosas poéticas y el premeditado acercamiento de las últimas a los terrenos de la narrativa, les confieren al libro la variedad suficiente para la sustracción de la monotonía formal o enunciativa. Su cierre, por supuesto, le exigía al autor otra enumeración caótica que, elaborada sobre la base de alusiones simbólicas a los laberintos de la sombra, fungiera como antítesis de las luminiscencias apuntadas al comienzo:

injusticias caliginosas subterráneas calamitosas
intrigas corruptas malagueñas incurables
derrotadas escarbando hediondos basureros
opacos embutidos quebrantados pordioseros
llorando sobre el cadáver de los sueños

(05:AM)

Si bien el recorrido a lo largo de Las grietas del sol en apariencias tiende a emponzoñarnos con el desagradable olor del pesimismo, para un ojo avisado, sin embargo, el saldo es positivo. Dada la circularidad o el carácter esferoidal que se consigue con la identificación horaria de los textos, el libro finaliza incitándonos a un regreso a sus orígenes, a una necesaria relectura, y para ese nuevo tránsito encaminado hacia la vulneración de los márgenes del círculo, el lector, como las aguas del río heraclitano, ya no ha de ser el mismo.






17 de febrero de 2009

Poemas inéditos de Julio César Blanco Rossitto

Decían una muchacha es una luz
y muerta digo que una muchacha es un recuerdo
Escuchaban el ruido
de las máquinas hilanderas
a orillas del Roanoke River en Virginia
Acostumbraban ver las manos arrugadas
de las mujeres que lían tabaco
en las antiguas fábricas de La Habana
De esos tiempos no doy testimonio
No sé si a orillas del Zambeze
hay mariposas amarillas o cigarrones elípticos
trazando ruido
Me tocó vivir
en plena estación de zábila y linterna
mi boca sólo bebió
el zumo amargo de las frutas
que goteaban de los árboles
En algún instante impreciso
del espacio inusitado
una hermana alzará en su taza de té
la soledad que nos conmueve
No puedo garantizar que hoy llueva en Buenos Aires
De tanto apuro se me quemó el dolor
Mañana sabrán por qué los peces mueren fuera del agua
Una muchacha muerta es un parpadeo.

Cabudare
Agosto 13 de 2006



Sin permiso te sientas a mirarme
mientras pinto a mi mujer
Sobre tu cabeza vuela un tílburi del XIX
conducido por pumas de piedra que sonríen
brisas del desierto de Sonora
¿Hay pumas en el desierto? Mi mujer se enfada
Ahora tocas a la puerta
es azul como nuestra casa en Coyoacán
Los lirios serán pisados por este poeta que nos escribe
mientras contempla tus cejas
y sujeta entre sus brazos
la criatura sanguinolenta que nunca nacerá
Él te sueña con vestidos
donde hilaron
mujeres de Janitzio Pátzcuaro y Morelia
Yo te recuerdo desnuda
herida del norte a la cintura
del sur hasta los senos
¿Cómo podremos olvidarte los dos alguna vez?
Él aquí Yo allá
en la región de la absoluta transparencia
donde lazarillos de tus collares
nos aventuramos a llegar a ti.

Cabudare
Noviembre 10 de 2006



Un antepasado suyo había participado
con Hernán Cortés en la conquista de México
le llamaban el florentino
sin embargo tal vez era de Sicilia
lo que explicaría su proceder maligno:
se cuenta entre los que martirizaron a Cuauhtemoc
Digno de una raza vehemente
golpeaba su cabeza contra las piedras
ante los caprichos de la adversidad
Pudo morir en un oscuro callejón de Venecia
mas no lo permitió el azar
Deambuló los lupanares del Caribe:
Panamá Cartagena y Cumaná
le vieron regar su sombra con sangre del adversario
El tiempo nunca mitigó sus dolores
tampoco opacó la nobleza del impío
Hoy su tumba refugia
plácidas mariposas veraniegas.

Barquisimeto-Yaritagua
Noviembre 11 de 2006



¿Dónde abrevan los animales del polvo
la serpiente de piedra los ojos del gato
la tos de los faroles y
la grava que nos oprime?
¿Dónde el espacio para vivir
sin corrosión
los velámenes flotando en el arco iris
o el agua quemando incienso en los metales?
¿Dónde gira en el tiempo
la puerta del Lupanare de Pompeya
con los nombres trazados
en el pecado y el espanto
sin el ojo que importuna
ni la mano que señala
ni el peso de los muros torciendo las cenizas?
¿Dónde el viento que dobla las cintas
el gallo que canta en la mañana
su terciopelo rojo
el testigo que oculta las rutas del azafrán?
¿Dónde los pent-houses que rotan
sobre los rascacielos de Nueva York
sin la valija del abandonado
ni la sombra del sediento?
¿Dónde el lirio que cada tarde
muere en las manos
de un afanado día?

Cabudare
Enero 08 de 2007



Sus huellas aún tiñen
mapas de adversidad
en la línea meridional de continentes indefensos
De un barco a otro
tejió la maligna brisa de olvidadas playas
en la llaga de meretrices infestas
Hoy habita en asmáticos apartamentos de Bogotá
en rústicas callejuelas cercanas al puerto
de la Ciudad vieja en Montevideo
o en las estribaciones del río Guaire
que discurre apestoso a la margen de una ciudad
que se llamó Santiago de León de Caracas
Su porte es de hombre abstruso
abusado por el vicio de vivir
en tiempo de iniquidades solemnes
De sus pulmones y su corbata
brota el éxtasis de un ciudadano inocente
dispuesto a cometer cualquier crimen del progreso.

Cabudare
Enero 08 de 2007



Una nueva geografía le avivó el dolor
de ciudades que mortificaron su alma
¿Cuánto había cavado
del precipicio enorme
que desteje el espacio entre los amores?
Antiguos insomnios
mermaron su fe de faroles ebrios
Ofició de orfebre desmedido
silencioso forjador de metales secretos
A un puerto abandonado recaló un día:
su indumentaria delataba derrotas
y nadie le saludó
Tuvieron misericordia de él
le dieron a beber agua de lluvia
y panes amasados con mastranto
En las tabernas escucharon las historias
que relataba como un encantador de serpientes
Nadie le comprendía
pero todos jugaban a creerle
y él jugaba a ser inocente
Cuando murió no atinaron qué epitafio
colocar sobre su tumba:
desconocían su nombre
su origen
su edad
El tiempo se encargó de corregirlo todo
borrando cualquier indicio
Hoy nadie le recuerda
Nunca tuvo rostro
Nunca palidecieron sus huesos
Jamás fue polvo.

Yaritagua
Febrero 13 de 2007



“Muchacho
hagamos una guitarra
debajo del mar
con madera
de pájaros que canten árboles”
Eso decías cuando inventaste la tristeza del mundo
y Roma era
un remoto eco de bergantines suicidas
Sólo nos quedaban los adioses en los puertos
la singladura de los bajeles
y la dársena espesa de la noche
“Después de todo
no arde tanto el amor
como para deshacer un corazón de cenizas
sobre un tren de otoño” decías
y de tus ojos grises manaban alas
hacia los muros de una ciudad
de piedra
“Ciudad Bolívar nos caerá encima:
la herrumbre de su soledad
el serrín de sus muertos” decías
y giraban en la elipse del río
presagios de invierno
La ciudad se fue en tus cenizas
en los manteles de otoño del semeruco
en el sueño que hiló de arañas
la aldaba pequeñita de tu muerte
“Muchacho
no llores cuando oigas
que las calles de Upata
doblan a muerto”

Cabudare
Abril 12 de 2007



Te amo niña de Sadec amo tu cuerpo desnudo:
suave alga del Mekong
No puedes amarme no estoy aquí no soy de aquí
mi soledad fue un barco que cruzó el Mar de la China
el Mar Rojo el océano Índico el Canal de Suez
el Mediterráneo
Te amo niña de Vinhlong durazno en los senos
carmín en los labios
pececito de tus piernas
Te amo aún contra el tiempo
las calles de Calcuta
los coolíes de Rangún y el Chino de Cholen
¿Quién dijo que es posible el amor
cuando el tiempo padece olvidos
de espejos infinitos? ¿Tu qué sabes
de náufragos muertos
de juncos marchitos
a orillas de los meandros del Mekong (Rivière de Saigón)?
Te amo niñita blanca y desnuda Lavaré tu cuerpo
con agua de arroz Untaré tu cuerpo
con escarchas de luna
Besaré tu cuerpo con labios de miel y avena
No puedes amarme Ahora no soy Yo
ni sombra del río ni estela en el agua
Niña de Sadec dónde estás que no te veo
Nunca diré que soy la montaña de Siam
el polvo del rocío que baña tu cuerpo
No diré que soy tu deseo.

Cabudare
Mayo 3 de 2007



El desamor le cubrió con la piel de los barcos
En las tardes los veleros acariciaron sus ojos
perfumados por el aroma del mar
Los ríos crecieron en la ruta de sus arterias
Asumió que un hombre es lo que lloran sus ojos
en lo bajeles de la soledad
Soñó con las estrellas derrumbadas
sobre la cintura del Bósforo
con los diamantes de hielo
que flotan sobre el Ártico
En las noches vestía su escafandra
nadaba y volaba bajo las aguas del mundo
buscando lágrimas de náufragos
para hacerse un collar
No encontró peces en el pozo de sus sueños
Ni naufragios
Ni pulpos de oro floreciendo en las profundidades
En un puerto cuyo nombre olvidó para siempre
los marineros acariciaron su oído
con lamento de cítaras y laúdes
Allí amó una mujer de humo
que desapareció apenas despuntó el alba
El primer sol
atestiguó las espinas que ella dejó sobre su piel
Su mayor deseo ahora
es temblar como gota de lluvia
después de la tormenta.

Cabudare
Julio 24 de 2007



VIAJAR HACIA MIMINA

“Noviembre es ante todo la negación del girasol.
Espiral de brasa herida en el tictac de un reloj”

Pálmenes Yarza

Quisiera decir “te prohíbo
que mueras” aunque la muerte
ya trazó sus girasoles
¿De qué sirvió la ventana azul
donde el sol coloreó sus trinos?
Ir hacia ti
es navegar veleros al viento
Juntos alzamos la copa
de los árboles
donde las cigarras construyeron la noche
En la orilla de un río inmenso
viajé a tus pies menudos
como peces dorados
ensayando un alfabeto de arena
No puedes marcharte ahora
cuando mis brazos soportan
el peso de tus palabras
¡Te lo prohíbo!
…y quiero que sepas
no estoy jugando.

Cabudare
Noviembre 10 de 2007



Del fondo de su pecho
sacaron hojas amarillas:
Eran cartas olvidadas de viejos marineros
Lo vaciaron todo
No le quedó mucho en las entrañas
algunos zapatos con un bastidor de huesos
la oreja de un hipopótamo
los goterones del invierno
que se mecían dentro
Cuando lo subastaron
en el mercado de las mil arcadas
junto a meretrices de Burdeos
esclavos de Abisinia
y enanos de Sumatra
alguien comentó
“mírenlo
pura ojera
puro pellejo
puro salitre viejo”

Cabudare
Enero 28 de 2008



La noche atrapa los gavilanes firmes
y un dedo de nácar vuela sobre la aurora
¿Por qué me diste la palabra tristeza?
¿Por qué los alerces centenarios mueren
bajos los fuegos del sur
donde huyó el poeta?
No más la polvareda en el muro
ni el dolor en el hombro
Habré de morder el lápiz
para no morderme los labios
Se abrirán puertas
y cerrarán sus ojos las violetas
en los días viernes bajo ladridos de perro
Las renuncias valen un comino
Y jamás un renacuajo fue de piedra.

Cabudare
Febrero 29 de 2008 (Cada cuatro años)



Pido una ventana de sol
para hablar a la rosa de montaña
y al diminuto arco iris de una sonrisa
Todavía llevo enredada en los ojos
la mitad del sueño
Duele el cuerpo
pero el alma alegre
libera licores de miel
Hoy vengo a cantar
y a desgranar el trigo de las voces
en la inmensa alberca
de los patios de golf béisbol o fútbol
que da igual
a esta metáfora
absoluta de la luz.

Yaritagua
Mayo 14 de 2008



REFUTACIÓN A SALVATORE QUASIMODO

Es cierto que “cada uno está sólo
sobre el corazón de la tierra
atravesado
de un rayo de sol
y de pronto anochece”
Pero también es cierto
que
cada uno está sólo
sobre el corazón de la tierra
atravesando
un rayo de sombra
y de pronto amanece.

Yaritagua
Mayo 16 de 2008



Si un tigre atraviesa en el sueño su rayo arco iris
y una mariposa queda volando colores
aún después del vuelo
Si la primavera enrojece de acacias
el borde del horizonte
y un perro te lleva hasta Penélope
que esperó por ti una eternidad
Entonces
para qué la noche
el dolor o la angustia
Entonces
qué importa la muerte.

Yaritagua
Mayo 26 de 2008



En la espalda
se le enroscaban dedos
de muertes enlutadas en ojos
de templos ciegos.
Había perdido toda esperanza
libando licores ferruginosos
que corroen las entrañas
Los últimos ardores
los disipó
en la hornacina de unos pezones tenaces
y en la aldaba de un sexo voraz
En las madrugadas arrastraba
hacia las habitaciones del infierno
un cuerpo envilecido
de piernas tremebundas
y balano enteco
Ató a la noche
torceduras de sanguijuelas
que muerden el ocaso
Salido de sus despojos
de la osamenta que le tocó por castigo
de las vísceras y humores
que definieron su entrecejo
salido de sus costillas y de los glúteos
del torniquete azul de los glóbulos
y de la risa del santo
y de la seña del mendigo
escapado pura ánima en pena
salido afuera muy afuera distante casi un soplido
miró los despojos que dejó para la tierra
después que ni la muerte
quiso darle cobijo.

Cabudare
Diciembre 18 de 2008



¿Cómo morder este dolor?
¿Cómo repartir las cortaduras
que afilan sus canes de sangre?
Pido a gritos
¡liberen mi alma
que huya de este cuerpo deshuesado!
¿Cómo detener mi nombre archipiélago
que gira su polvo de planeta exhausto?
Sudo clavos de crucifijo
en mis heridas tumefactas
sudo lágrimas de espina
en la órbita de mis dolores humanos
No soporto tanta noche alevosa
comiendo mis entrañas
de cabezas ciegas y bocas
sembrando sus larvas planas
Pido una mano para saldar el cero
en las destrezas de una rana
Pido besos de soga
auroras de brazos extendidos hacia mí
la misericordia de una daga.

Cabudare
Diciembre 22 de 2008


Julio César Blanco Rossitto ( Ciudad Bolívar, 1961). Ingeniero eléctrico, poeta y narrador venezolano. Por su obra ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Municipal de Poesía “Eduardo Mathías Losada”, de la ciudad de Maracaibo (1989), Mención en el concurso de poesía “Marco Aurelio Rojas”, convocado por la Universidad de Carabobo (1989), Mención honorífica en el concurso de cuentos del diario Antorcha, del estado Anzoátegui (1992) y premio en la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, celebrada en Barquisimeto en el 2006. Tiene publicados los libros de poesía El sol como por dentro (1982), Enseres (2000) y Fábula del pez y la colmena (2004). Textos suyos se incluyen en las selecciones antológicas Poesía de Monagas, Bolívar y Delta Amacuro y El Cunaguaro Melancólico II, editadas en los años 1983 y 2003. Mantiene inéditos el poemario Otras maneras del despojo y la recopilación de cuentos Correo del amor y otros relatos. Actualmente reside en el estado Lara, donde es miembro del consejo editor de la revista Maltiempo. Los poemas anteriores forman parte de su libro en preparación Viajeviajeros de la luz y de la sombra.




14 de febrero de 2009

Silvio Rodríguez: La audacia como algo más que historias de canciones

Por Alexis Castañeda

La nueva trova, aparecida en el campo cultural cubano hacia la mitad de la década del sesenta, fue resultado de un cíclico y dialéctico renuevo de la canción popular, compulsado por necesidades epocales y que tenía como antecedentes pautantes la trova tradicional y el filin.

Auque la nueva trova surge y se abre con dimensiones propias y rasgos particulares, no obstante se produce en un momento casi universal de replanteamiento de la música popular y dentro de ella la canción, que va a sufrir una renovación tanto musical como textual, partiendo de la explotación de una matriz sensible, común a las grandes masas. No es casual entonces que entre las constantes principales, en Cuba y otros países (Latinoamérica, España y los Estados Unidos) haya cierta vuelta a las raíces, pero de acuerdo a otra estimulación ambiental de exigencias superiores y a la homogenización del mundo musical.

Este movimiento en Cuba tomó fuerzas rápidamente, auque tuvo que encauzarse al margen de las corrientes predominantes pues las ofertas de consumo a partir de los medios de comunicación se limitaban a brindar lo más comercial, y no precisamente lo de mejor calidad. “La producción musical —apunta la investigadora Clara Díaz— se movía por lo general dentro de cánones envejecidos, cuando no imitativos de modelos facilistas y ajenos a la concepción ideoestética que iba proponiendo la realidad”(1). Estos trovadores, parte de una nueva generación de creadores formados dentro del proceso de la Revolución Cubana, y que constituía una vanguardia de enfrentamiento a conceptos conservadores del período, buscan entonces refugio, y se salvan de alguna manera, bajo ciertos poderes particulares, como los de Haydee Santamaría en su Casa de las Américas y los de Alfredo Guevara desde el ICAIC. Precisamente este vínculo con el cine fue de gran importancia, pues facilitó una vía de difusión, teniendo en cuenta que otros medios apenas se ocuparon durante esta etapa de llevar al público la obra de los jóvenes trovadores. Sobre estos momentos, diría Silvio después: Por entonces había cierta fobia ideológica por el rock, algo así como una enfermedad infantil izquierdista, a decir de Vladimir Ilich. Esto llegaba a los extremos kafkianos de buscar células de rock en la música de los compositores, y había listas con calificativos y censuras para compases sospechosos. Después de algunas adversidades un grupo de jóvenes músicos y yo tuvimos la suerte de encontrar refugio para aquel tipo de excesos en el ICAIC (Instituto de Arte e Industria Cinematográficos). Ahí yo me desquitaba haciendo “rocanroles” con letras revolucionarias que los cuadrados de la cultura se tenían que zampar. Como el noticiero semanal ICAIC y las películas ponían nuestra música, aquella fue nuestra forma de contribuir a barrer con los prejuicios que existían con el rock. Cuando en aquellos tiempos me ponía a escribir, debía estar conciente de varios frentes de confrontación a la vez: aquel del que formaba parte como país martiano y socialista a 90 millas del imperio; estos otros combates domésticos mencionados, que suponían una forma de disidencia revolucionaria; y, para colmo, debía cargar con el implacable frente íntimo, contra el que no había excusa y me exigía ser cada vez mejor persona y artista(2).

A pesar de los apoyos es sintomático que en la Resolución Final del Encuentro de la Canción Protesta, celebrado en la Casa de las Américas entre los días 29 de julio y 10 de agosto de 1967, los firmantes por la parte cubana fueran Rosendo Ruiz, Alberto Vera y Carlos Puebla(3) cuando ya Silvio Rodríguez y Pablo Milanés tenían una buena cosecha de excelentes temas enmarcados en esta corriente: “Que levante la mano la guitarra”, “Terezín” y “Canción de la trova”, de Silvio, y “Por qué (Yo vi la sangre de un niño brotar)” de Pablo, son muestras ejemplares. Además, estaba reciente todavía el impacto y entusiasmo que causó, sobre todo en los jóvenes, el recital de Silvio junto a la también trovadora y muy seguida en aquellos días, Teresita Fernández, en julio de ese mismo año en la sala teatro del Museo Nacional, espectáculo integral donde participaron algunos poetas que acaparaban la palestra literaria en aquellos momentos, cineastas y otros importantes artistas como José Luis Posada.

El movimiento de lo que se llamó nueva canción, canción protesta, política, comprometida o de contenido social, tenía como una de sus características definitorias la crítica subversiva del medio social de donde emergía. Los autores Luis Rogelio Nogueras y Víctor Casaus concluyen que la nueva trova cubana se diferencia por tener una posición de reafirmación y no de ruptura con su entorno social(4); sin embargo, tampoco quedó aquí ajena a esa tendencia de inconformidad y crítica, auque partiendo de la realidad particular de nuestro país y siempre con esa intención reafirmatoria de mejoramiento.

Ya hacia finales de la década del sesenta se va haciendo más lento el proceso creador y de efervescencia espiritual que había señalado los inicios de La Revolución. El entrometimiento dogmático y prejuiciado con su criadero de mediocridad y una burocracia esterilizadora devienen en lo que el dramaturgo Eugenio Hernández llamó alguna vez «debacle cultural», desembocando luego en los ya reconocidos años grises de los setenta.

Es en este contexto que aparece la nueva trova y no es extraño, pues, que uno de sus compositores pilares, Silvio Rodríguez, a pesar de otros asuntos de urgente atención en Cuba y el mundo, desde sus primeras composiciones emprendiera arremetidas contra esos lindes entorpecedores de toda novedad —léase calidad— nacional o extranjera. Ya en 1966, en una de sus primeras canciones, dedicada precisamente a la trova, se refiere a la incomprensión histórica de la misión del trovador, que se mantenía no obstante hubiera pasado el tiempo y las cosas “cambiado de color”, y reafirmaba de manera ética:

Pero tras la guitarra siempre habrá una voz
más vista o más perdida por la incomprensión
de ser uno que siente como en otro tiempo
fue también.

(La canción de la trova)

En ese mismo año plasma con visión fotográfica la aridez abúlica que rodeaba el momento:

No hay nada aquí
solo unos días que se aprestan a pasar
solo una tarde en que se puede respirar
un diminuto instante inmenso en el vivir.
Después mirar la realidad
y nada más.

(Y nada más)

La misma atmósfera de aprehensión e incertidumbre es recogida "En mi calle":

En mi calle el mundo no habla
la gente se mira y se pasa con miedo…
En mi calle de silencio está,
y va pasando por mi lado…
Yo no se por qué estoy cantando
por qué estoy amando
por qué estoy muriendo.

Un año después Silvio, ya con un punto focal preciso y más decidido a luchar por su espacio, se lanza en una actitud retadora:

Al que le disguste mi sincero afán
de decir la vida en mi canción
solo le diré que cuando pueda
colgaré mi voz en algún lugar común,
que cuando pueda dejaré mi forma de pensar…
Pero mientras tanto, tengo que vivir
tengo que decir lo que he de pensar.
Mientras tanto
yo tengo que hablar, cantar, gritar
la vida, el amor, la guerra, el dolor
y más tarde
guardaré la voz

(Mientras tanto)

Para aquel grupo que alguna vez le impidió la parición y proyección de su canto nuevo se dirige en “Hay un grupo que dice”:

Hay un grupo que dice
que lo haga reír
dice que mi canción
no es así, juvenil
que yo no debiera
ponerme a cantar
porque siempre estoy triste
muy triste
Miren que decir eso
con tanto motivo
para no reírse como hay.

Sobre esos mimos dijo, quizás en el vórtice del pesimismo, pero también en uno de los momentos de mayor conmoción lírica:

Yo se que a nadie
le interesa
lo de otra gente
con sus tristezas

Auque más adelante en la misma canción rectifica y se salva de alguna posibilidad:

Yo se que hay gente
que me quiere
yo se que hay gente
que no me quiere
(Esta canción)

A uno de los peores vicios que ya hacia finales de los sesenta regateaba su trono, el oportunismo, Silvio conmina a un rabioso duelo con resolución:

Con el oportunismo tengo un duelo…
y sin embargo estoy amando
y abro un trillo sobre el fango
Quisiera ahora desgajar
mi larga rama de palabras
y echarlas todas a volar
sobre las almas de las almas
y que estallen y que muerdan
y que todo sea mejor.
Y consciente del peligro convoca:
Yo te invito a caminar conmigo
Auque siempre sea perseguido.
(Yo te invito a caminar conmigo)

El derecho a la palabra, a decir, como parte del proceso revolucionario, lo proclama y lo defiende:

Hicimos cosas sin parar,
pues la palabra hay que ganar
para opinar de todo bien o criticar.
unos decían porque sí
otros por miedo de que no.

(Voy a cantarle al porvenir)

En “Debo partirme en dos”, de 1968, el trovador vuelve en su carga contra los que exigen una canción fácil y le critican su canto “indecente”:

Hace rato que vengo lidiando con gente
que dice que canto cosas indecentes…
Unos dicen que aquí
otros dicen que allá
y solo quiero decir,
solo quiero cantar.

“Viven muy felices” desenmascara a los loros de la retórica paralizante:

Viven muy felices, no digo yo
los que repiten la canción como aprendices
los que no buscan más allá de sus narices.
Viven muy felices, no digo yo
los que repiten un camino sinrazones
y ven la audacia como historia de canciones.

Y una vez más contra los que llamaría “servidores del pasado en copa nueva”, los “delimitadores de las primaveras”, los que ríen “con solo media sonrisa”:

Se debe subrayar la importante tarea
de los perseguidores de cualquier nacimiento
si alguien que me escucha se siente retratado
sépase que se hace con ese destino.

(Resumen de noticias)

En pleno 1970, como en una catarsis decisiva de su lucha, declara de manera testamentaria:

A los veintisiete días del mes de mayo del Año 70
un hombre se sube sobre sus derrotas,
pide la palabra momentos antes de volverse loco.
No es un hombre, es un malabarista de una generación.
No es un hombre, es quizás un objeto de la diversión.

(Oda a mi generación)

Los setenta con su grisura, que sombreó algo más que un quinquenio, fueron relegando estas canciones en la ignorancia de una generación que no llegó a conocerlas, pues la nueva trova pasó a ser música de ocasión para cubrir actos luctuosos o fechas históricas, difundiéndose solo aquellas composiciones de contenido directamente político y llanamente laudatorias. Hubo que esperar entonces hasta finales de la década, cuando se abre y alborea más el espectro cultural cubano y llegan los vergonzantes ecos de los aplausos tributados a Silvio y a Pablo por otros públicos, donde hasta los niños cantaban canciones prácticamente inéditas o desconocidas en nuestro país, originándose entonces una situación paradójica , pues estos cantores pasaron de la noche a la mañana como «acabaditos de descubrir» a propuesta oficial para los que, desde hacía ya años, los seguíamos y exigíamos su derecho a un espacio. Se inicia así un nuevo despegue de la canción trovadoresca joven que convierte a estos, y luego a otros trovadores en verdaderos ídolos con acceso a las grandes plazas, comenzando a difundirse, además, hermosas canciones de amor no menos preteridas o en desventajas de difusión, vertientes composicionales en las que Silvio Rodríguez fue sin dudas un adelantado.


Referencias:
1. Clara Díaz: Silvio Rodríguez. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2005.
2. En: «Susurros en el camino», una respuesta de Silvio Rodríguez, de Belén Gopegui. La Jiribilla No. 217, julio de 2005.
3.Revista Casa, no.45. 1967.
4. Víctor Casaus y Luis Rogelio Nogueras: Silvio. Que levante la mano la guitarra. Segunda edición, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987.

Tomado de Hacerse el cuerdo (Año.2/Nro.5)