23 de junio de 2009

Poemas de Gustavo Córdova

Con la poesía, con el intento de convertirnos en hacedores de versos más o menos afortunados, solemos avecinarnos ya durante la infancia o, a más tardar, en el transcurso de la adolescencia. La lectura de un libro sorprendente o el surgimiento de los primeros amores imposibles, constituyen estímulos que, de alguna manera, nos precipitan a la asunción del riesgo.

Al hombre, sin embargo, no siempre se le concede el privilegio de sumergirse sólo en las aguas que le resultan agradables. Así, a muchos adoradores de las letras la vida tiende a encaminarlos a través de senderos escasamente afines con esas inclinaciones primigenias. Pero los seres que comulgan desde pequeños con la literatura, aún cuando se especialicen en el desempeño de otras profesiones, casi nunca consiguen separarse definitivamente de sus pasiones iniciales. Y, escamoteándole horas al descanso, se dan a la inefable convocatoria de la palabra y escriben, tratando de labrarse un tono personal y de saberse realizados, en primer lugar, consigo mismos.

Gustavo Córdova (Maracay, 1959) es uno de los hombres que menciono. Ingeniero especializado en gerencia de proyectos, vive y sostiene a su familia con el ejercicio de su profesión. Pero, deslumbrado tempranamente ante la lectura de una de las obras capitales de Vicente Gerbasi, se aprestó a la celebración de sus eternas nupcias con el encantamiento de la poesía.

Y aquí están sus poemas. A pesar de que todavía no ha publicado ningún libro - seguramente por la falta de conexiones con esos laberintos, muchas veces inextricables, del mundo editorial -, en ellos puede evidenciarse la mesura de quien se sabe dueño de un cúmulo importante de recursos expresivos. Sus textos, no solamente por los vínculos temáticos, sino también formales, traslucen un enjundioso estudio del autor de Mi padre, el inmigrante. Pero, más allá de una adecuada tamización de otra poética, emerge la voz identitaria de Gustavo. Y eso, para mí, ya presupone la consecución de un estilo.



VISIÓN

Amanecida de pájaros,
descubierta de sábanas,
inclinada,
yo te sueño.
Tú, en cambio,
abrevias tu aparición
en un sorbo de luz
y te disipas.

Otras palabras habitaré después
- cuando amanezca -
y no tu nombre,
que es estremecimiento,
y humedad,
apagándose en mi boca.

Extiendo mi mano hacia la noche
y te ofrezco, ausente,
mi inútil almohada.



HAY OTRA VASTEDAD

Hay otra vastedad
detrás de nuestros párpados,
no sé si aún más fría
o dulce que la tierra.

Antiguos naufragios la circundan,
olvidadas expediciones de sueños,
desde cuyas velas, desgastándose al sol,
viejas palabras dicen adiós eternamente.

Hay otra vastedad
detrás de nuestros párpados.
Cruzan su espacio puentes interminables
colgando hacia la nada,
como miradas suspendidas que duermen
soñándose a sí mismas,
saliendo de otro rostro,
cayendo hacia otro abismo.

Hay otra vastedad
detrás de nuestros párpados.
De ignotas latitudes,
sin ángulos ni rostros.
A veces, tras los arcos de sus vetustas puertas,
tendemos nuestra piel al sol
para secar sus sueños de húmedas madrugadas.

Hay otra vastedad
detrás de nuestros párpados.
Y es siempre el hombre solo quien la habita.
Encendemos antorchas cada noche
y abrazamos en el sueño nuestra sombra.



SI AÚN VIENES

Si acaso están tus pasos
viniendo aún hacia mis días,
siembro de hojarascas amarillas cada tarde
con labios que los besen para apurar tu angustia.

Por si una noche entre tus senos sopla un ángel
su aliento sideral y te convence,
te sueño interminables tempestades
batiendo su furor sobre las puertas.
Relámpagos y signos que iluminen
ojos telúricos detrás de las ventanas.

Te pienso aguamaniles de esmeralda
en los pozos profundos de mi boca,
y una canción de sal, y sol, y olivos
con los que bautizar tu piel en cada pliegue.

Si acaso están tus pasos
viniendo aún hacia mis días,
búscame al pie de los dolientes pinos
que crecieron en los valles de la espera.

Recojo tus gotas en mi piel:
lejano llueve tu silencio
sobre mi piel de siglos.



A MI HIJO

Tú llegabas,
y había ciervos escondiendo en tus ojos
enigmas antiguos de la tierra.

Sí,
a pesar de ti y de mí,
a pesar de los dientes sin rostro
y de las saetas en la piel, tú llegabas.

Desde todas las ausencias,
desde todas las paredes y las puertas
de ciudades en cuyas casas el hombre,
solo,
se esconde con su hambre y sus sueños,
mientras afuera la noche
deja caer su aire espeso y húmedo
sobre los cuerpos de los abandonados.

Llegas
a las heridas de este mediodía,
a estos brazos ya marcados,
a estas rodillas sangrantes.

Al silencio
que cruza todas mis soledades,
donde sólo habita este latido,
escapando siempre hacia otras manos.



OTOÑO

Llueve aún
sobre mis ramas ya desnudas
en este otoño interminable que me diste.
Y yo sueño que son hojas los temblores
de las gotas suspendidas que me besan.

Cuando salga el sol
me secará los sueños,
y en el vetusto tronco un corazón,
de hundido puñal,
me contará la vida.



BITÁCORA

Cuánto pesan los pasos
con que nos vamos alejando
hacia la última verdad que nos habita.
Cuánto estas sombras diluyéndose,
arrastrando su adiós sobre las piedras.

Yo llevo calles, manos, besos
y antiguos dolores.
Y voy poblado por gritos y silencios
que fueron llenándome los años.

Y alguna sonrisa que dejé olvidada
me hizo dudar quizás alguna noche, pero aún
yo sigo huyendo hacia esa tarde
que levanta sobre cuerpos trashumantes
un vuelo interminable de aves migratorias.

20 de junio de 2009

Un ensayo de Martí

NUESTRA AMÉRICA

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.

A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpinteros, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos “increíbles” del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!


Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.


Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, vinimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye en la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos: como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que había izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota de potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra, desatada a la voz del salvador, con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.

Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros –de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen–, por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.


Pero “estos países se salvarán”, como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni en el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide “a que le hagan emperador al rubio”. Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.

Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. “¿Cómo somos?” se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se entra por la hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.


De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí (1), por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.

_________NOTA
1. Semí: ídolo de origen taíno que representa –de acuerdo con una concepción animista– las fuerzas de la Naturaleza. El término aparece recogido por fray Ramón Pané. El Prof. José Juan Arrom al anotar el texto del fraile, aconseja se escriba Cemí. Martí, lo utiliza en sentido simbólico y pensando posiblemente en la figura mayor de la mitología taína, o sea en Yucahuguamá.


15 de junio de 2009

Un discurso de Martí

A más de 114años de la muerte de su autor, la vastísima obra escrita por José Martí continúa impresionándonos, no sólo por su clarividencia extraordinaria, sino también por esa envidiable capacidad suya de transformar en concreción artística, en joya literaria, cualquiera de sus innumerables inquietudes, independientemente de la forma escogida por el Maestro para acercarse a ellas. En la pieza oratoria que a continuación me permito transcribir - un homenaje lúcido a la patria pequeña del Libertador -, a pesar del vínculo indudable con el bregar martiano en aras de la independencia necesaria, la deidad de la Literatura emerge airosa de esa dificilísima fusión.



DISCURSO PRONUNCIADO EN LA VELADA DE LA SOCIEDAD LITERARIA HISPANOAMERICANA EN HONOR DE VENEZUELA, EN 1892


Señoras y señores:

No con la voz penosa de quien vive aún en la fatiga de los primeros días de América, puesto que sólo se han de contar en un pueblo los días que nacen de aquel en que se sacudió de la frente la corona extraña; no con la voz caída de quien, hasta por el cuerpo ruin, padece de envidia de aquellos cíclopes que escalaron el cielo y se trajeron de él la banda azul que abrió en dos, para siempre, el antiguo pabellón; no con la voz desmayada de la enfermedad tenaz, sino con acentos que fueran a la vez como fragor de rayo y como música de seda, quisiera yo sacar del relicario de mi pecho aquella tierna reliquia de la pasión que guardo en él para el pueblo que a la hora de la libertad puso en sus hombres la fuerza de los ríos con que echa atrás el mar, y el ímpetu y el fuego y el estrépito con que arrancaron de los senos de la tierra sus montañas; para el pueblo que pone en sus mujeres el alma nacarada y aromosa de su flor de café.

Porque yo no sé que haya derecho más grato que el de admirar como hijo al pueblo por donde América mostró al mundo cómo la libertad vence desnuda, sin más cureña que el lomo de caballo ni más rancho que recortes de cuero, al poder injusto que se socorre de las riquezas de la tiranía y del mismo ciego favor de la Naturaleza; de venerar como hijo a la tierra que nos ha dado en nuestro primer guerrero a nuestro primer político, y el más profundo de nuestros legisladores en el más terso y artístico de nuestros poetas; de amar como hijo a la república donde las almas, a modo de espada de fábrica finísima, son todas de acero, que pica frente a frente, para quien les pellizca la dignidad o les rebana la tierra del país, y para el que de afuera va a pedirles techo y pan son todas puño de oro.

Duermen tal vez otros pueblos, –que es cosa que no se ha de hacer, porque hay siempre pueblos que acechan y vigilan, –duermen otros pueblos tal vez, entretenidos en comadrear por las ventanas o en descascarar el maíz, sobre una gloria que sólo tiene derecho a recordar quien la cultiva y continúa; y suele uno que otro americano, –por el anhelo codicioso de las pompas y bienes del mundo, o por aturdimiento fácil ante las maravillas ajenas, acaso más viciadas que seguras, o por el horror natural de los trastornos y la sangre, o por impaciencia mal aconsejada de progresos superficiales e inmaduros, –proclamar más pesada de la cuenta, o abandonar a la lluvia y el polvo del camino, la patria que sus padres sublimes le confiaron, para obtenerle del Universo indiferente la paz del respeto, y librarla del desdén peligroso con que miran a las almas entecas los creadores y fuertes de este mundo; ¡pero a Venezuela, como a toda nuestra América, a nuestra América desinteresada, la hemos de querer y de admirar sin límites, porque la sangre que dio por conquistar la libertad ha continuado dándola por conservarla! ¡Proclamemos, contra lacayos y pedantes, la gloria de los que en la gran labor de América se van poniendo de quicio y abono para la paz libre y decorosa del continente y la felicidad e independencia de las generaciones futuras!

Fue un día en que de la tierra, como la Naturaleza de los llanos después de las lluvias, surgieron, a medio vestir, los héroes que descansaron de la cabalgata en el alumbramiento de Ayacucho; ¡y allí las margariteñas fueron de más valor que las perlas de la Margarita, que a cestos vaciaban, sin fatigárseles las manos, en el tesoro de la libertad, siempre mendiga en sus primeras horas; y allí, con sus manos blancas y afiladas, como la fragante reina de la noche de su jardín, a su hermano imberbe armaban caballero, de la caballería que no vuelve la espalda sino como en Las Queseras, aquellas magníficas barcelonesas, torres de alabastro; y con las valencianas de hospital y reserva, daban el frente a los demonios montados de Boves los espectros de lanza y cinturón que defendían a Valencia invencible; y “con los escarpines de raso” y el incendio de la patria asolada en las mejillas, salieron de sus flores y naranjos a la tiniebla de la emigración, como el jacinto teñido de sangre, las finas caraqueñas! ¡Y allí se abrazaban los hombres a la pólvora, y el sol ante su luz palidecía de celos; y volvió a ser que los hombres a pie firme anduviesen y triunfasen sobre las aguas de la mar y le cortaron a Ribas (1) la cabeza del gorro frigio y la mano inmortal con que señala su camino a América!

Luego fue el día –porque el drama de la sangre tiene siempre más de un acto– en que, con el calor de la libertad novel en las regiones apartadas de propósito por la malicia colonial, o enemistadas por los celos de predominio o las diferencias de cultura, las armas criadas en la pelea contra el opresor se emplearon en acomodar, con la prisa pródiga de la juventud, las entidades que la distancia y la emulación no han podido dividir tanto como las ha juntado al cabo el patriotismo. Y con los métodos violentos que eran de naturaleza en un país sanguíneo y brillante, venido al gobierno propio sin el conocimiento ni costumbre de las prácticas despaciosas y rutinarias de la libertad, precipitó Venezuela generosa, a saltos armados, la amalgama indispensable para la fundación de un pueblo, –por la ley de los árboles nuevos, que tienen el corazón muy cerca aún de la corteza, y no por la impotencia inherente que los débiles o los ignorantes creen reconocer en esto que no es más que el cumplimiento útil e inevitable de un simple trance histórico. ¡Héroes tuvo Venezuela, bellos como banderas desgarradas, y como el potro fiero de su escudo, y como el rayo primero del Sol, en la pelea sobrenatural de la Independencia!, ¡y héroes ha tenido, no menos útiles por ser menos gloriosos, en esta brega de amasar, con cadáveres, y con desterrados, y con presos, los cimientos firmes e inconmovibles de una verdadera república!

¡Y entonces fue la miríada de los méritos: de los llaneros que se amoldaban a la presidencia; de los maestros canosos que hacían del pecho trinchera del civismo; de los magistrados que volvían del sitial de la nación a la silla de la cátedra; de los coroneles a quienes no les salía el discurso a la multitud sino cuando estaban a caballo, con la lanza en su bota; de los patricios que, en el continuo choque de la mezcla urbana y postiza de la civilización de Roma y las de Francia y los Estados del Norte, con la civilización burda y real que caía de las regiones naturales del país, hallaron tiempo para exponer los cánones del mundo nuevo y de la literatura constante en aquella lengua que crece con los años, como el aroma del vino generoso; para cantar la Naturaleza y los afectos en una poesía que mantuvo siempre, –aun en la época en que el fuego patriótico parecía tener su forma propia en las importaciones románticas, aun en los días en que el afán de la emancipación definitiva llevaba a tomar los modelos franceses de sus mismos imitadores españoles–, aquel orden ameno y encendida moderación por donde en las letras de América tiene aire como de rosa entre flores la literatura venezolana. Entonces fue cuando, con los vaivenes de la fortuna en aquellos años de subir y de caer, se enseñó en sus quilates mayores el alma de la mujer de Venezuela, palma en el salón, y sol suave en la casa, y amiga en la adversidad; de aquella mujer que sabe unir, sin egoísmo ni rudeza, el albedrío al decoro, y en las quintas del valle hace olvidar, con su gracia elocuente e ingenua, los tornasoles y hermosuras que de todas partes reclaman los ojos en aquella soberbia naturaleza, y en los paseos de la plaza florida viene y va como la misma flor, con su elegancia y su finura, a quien el jardinero ha dado asueto para travesear por los jardines.

Y hoy es el día de la grandeza más difícil, en que los que reciben de sus padres, en el carácter ya hecho a la realidad y a la disciplina, el país más compacto y adulto, han de ordenar, como están ordenando, las fuerzas nacionales, descascaradas en la larga trilla, y han de evitar, como están evitando, la suerte que en el mundo que avanza ha de caber a los pueblos que no se deciden a avanzar con el mundo; hoy es el día de trabajar y de juntar, en que una juventud que pide al empleo directo y al estudio de los problemas propios la paz dichosa que jamás vendría de ideas de afuera ni de amistades artificiales, ni de la creencia impropia y enervante en la irremediable superioridad ajena, entiende acaso que entró ya la América en aquella hora de alma eficaz y común en que se cumplirá por fin el angustioso anhelo, el deseo profético y mortal, de aquel cuyo nombre no se ha de decir, porque con evocarlo sólo ya las almas se subliman y elevan; del que por las astas tomó a la Naturaleza, cuando la Naturaleza se le oponía, y la volcó en tierra; del que cuando pensó en “poner una piedra fundamental para la libertad” en América no la pidió para la libertad de Venezuela, sino para la libertad sudamericana; del que murió del afán devorador de alzar a tiempo, con un siglo de tiempo, las energías que al cabo de él habría de necesitar para su salvación, en la batalla esencial y evitable, el continente que se sacó de las entrañas.

Ni de soberbia, ni de ambición, ni de despecho murió el hombre increíble que acaso pecó por todas ellas; sino del desacuerdo entre su espíritu previsor, turbado por aquella misma viveza de la fuerza personal que lo movía a las maravillas, y la época de distancias enemigas y de civilizaciones hostiles, o incompletas y ajenas, o aborígenes y degradadas, que juntó él mismo a vivir; del desacuerdo murió entre su concepto impaciente y original de los métodos de creación de un país a ningún otro semejante, y los conceptos, más influyentes a veces que sinceros, de los que en la misma libertad prefieren el seguro de la canonjía a las emociones costosas y saludables de las labores de raíz; murió de la lucha, por entonces inútil, entre su idea continental con las ideas locales, y de la fatiga de conciencia de haber traído al mundo histórico una familia de pueblos que se le negaba a acumular, desde la cuna, las fuerzas unidas con que podía, un siglo más tarde, refrenar sin conflicto y contener para el bien del mundo las excrecencias del vigor foráneo, o las codicias que por artes brutales o sutiles pudiesen caer, arrollando o serpeando, sobre los pueblos de América, cuando levantasen por su riqueza un apetito mayor que el respeto que hubiera levantado por su odio y auxilio. ¡Y se cubrió el grande hombre el rostro, y murió frente al mar!

Me lleno de júbilo y de orgullo al ver cómo, en la casa de la nieve, hemos tallado el altar donde se comulga en la amistad discreta y entrañable de los pueblos de nuestro continente. Y al mirar al pie de esta bandera, más limpia de sangre inocente que ninguna otra de las grandes banderas del mundo, y más empapada de sangre gloriosa, los hijos agradecidos de nuestra familia de pueblos, que vienen a poner las almas, atónitas aún de admiración, ante la madre de nuestras repúblicas, siento que en las botas de pelear, que no se ha quitado todavía, se pone en pie el genio de América, y mira satisfecho, con el fuego vivífico de sus ojos, a los que, de buena voluntad para todos los pueblos buenos de la Tierra, cumplen, sin comprometerlo con coqueterías de salto atrás ni con deslumbramientos pueriles, su legado de juntar en un haz las hijas todas de nuestra alma de América.

___________________NOTAS
1- José Félix Ribas

3 de junio de 2009

Cavilaciones por el paria


A Xenia Zamara
que, cuidadosamente,
hace que suba la amistad a un podio.
Y a Péglez,
por supuesto.


Es la hora del recuento, y de la marcha unida,
y hemos de andar en cuadro apretado,
como la plata en las raíces de los Andes.

José Martí




I

No admitas que agonice la quimera.
Nutre tus esperanzas. La utopía
quizás proponga embellecerle al día
la noche insoslayable que lo espera.

Al navío estrellado en la escollera
lo hace flotar de nuevo su energía.
Extinto el presupuesto en la alcancía,
habrá que descubrir otra manera

de sufragar los gastos. Para el hombre
ya no alcanzan la gloria de su nombre,
ni las genuflexiones ni el arrobo.

Se acercan los crepúsculos. El llanto
sólo puede ofrecernos al espanto
del hambre detenida en cada lobo.


II

Las sirenas no existen. Odiseo
desconoce los mástiles. Unirnos
impedirá que pueda seducirnos
la insinuación falaz del corifeo.

Nos muestran un cadalso, pero el reo
se ha negado a las súplicas. Decirnos
que Polifemo anhela dividirnos
incrementa su cáustico deseo

de perpetuarnos débiles. No basta
con la bandera invicta, si en el asta
una mano se quiebra y sube rota

y nadie atiende a su dolor. ¿Valdría
regresar a Noé sin otra vía
para que siga el Arca su derrota?


III

Niégate a la collera. Si el gigante,
siervo de su avaricia, te reclama,
convierte la endeblez de cada rama
en un tizón hundido en su semblante.

El río siempre fluye hacia delante.
Sin una chispa intrépida, la llama
jamás exhibiría su oriflama
frente a la oscuridad itinerante.

La indiferencia duele y es preciso
desarbolar de su fachada el friso.
Condénate a vivir. No aceptes nunca

que un cíclope, a tu flámula reacio,
se apropie de tu nave y de tu espacio
sin que le dejes la mirada trunca.


IV

Ya tu casta esperó lo suficiente;
ya es hora de partir: no te detengas.
Detrás de cada grito que prevengas
fecundará sus páramos la gente

que aplauda tu osadía. Reverente
ha de ser la estación donde sostengas
la injuria cotidiana que devengas
para que, sublevándose, la ingente

saga de tu martirio sume adeptos
más allá de su sangre. Otros conceptos
inundarán el tiempo y la estocada

de quien censure ahora tu hombradía.
Triunfan, después del llanto, la alegría
y, después de la noche, la alborada.


V

Una voz te convoca. Se pretende
doblegar su magnánima elocuencia
vulnerando, con sórdida eficiencia,
el aire que sus prédicas enciende.

Tú eres el cazador. Si te sorprende
la bestia cuando salta, ¿qué dolencia
mitigará tu esfuerzo? La paciencia
no fue jamás un cirio pero entiende

que concluye agotándose. Precisa
tu aliento flagelado una camisa
que trueque los carámbanos en llama.

Bajo el cielo que habitas los rencores
el alma te obliteran: no demores
tu respuesta a la voz que por ti clama.


VI

Languidecen tus hijos poco a poco.
La patética historia del pesebre
no impide los temblores de la fiebre
ni alegra los estómagos tampoco.

Se embriagan de agonía. Con adultas
pociones de maldad, con improperios,
con chancros y fervor y ministerios
les mutilan sus ansias insepultas.

Rasga el vicio la blanda superficie
de su mirada ingenua. La molicie
planta frente a tus vástagos su tienda.

No abdiques de la brújula. Salvarlos
sólo podrá quien sepa iluminarlos
con la esperanza que su brazo encienda.


VII

Si tú, como Teseo, al laberinto
le descubres de pronto una salida,
restañarás, andando, la mordida,
con que te adormecieron el instinto.

Marchas con el dolor atado al cinto
delante de la espada. Su embestida,
su tétrico dictamen no invalida
el salmo que uno aguarda por distinto.

Importa desatarse del acecho,
proscribir la quietud, sacar del pecho
lo que al hombre le resta de centauro.

El llanto a sus caprichos nos amarra,
y es necesario hundir la cimitarra
sobre la sordidez del Minotauro.


VIII

Entre tú y lo que sueñas un abismo:
túrbida el agua y proceloso el cielo.
La utopía delante: aquí tu anhelo
de añadirle tu verbo a su mutismo.

¿Cómo impedir podrán el cataclismo
que te devuelva, grávido el desvelo,
al sitio que usurparon con su celo
quienes te hacen dudar? Si el paroxismo

de la consumación no se decide
y algo, desde la sombra, nos divide,
la inmensidad de tu dolor humano

tendrá que construir, fundida, un puente,
trasponer el abismo y, limpiamente,
acariciar el sueño con la mano.


IX

Vertida ya una lágrima postrera,
es el momento de fundir mitades
y atar a un solo cuerpo voluntades
para ponerle fin a tanta espera.

¿Con qué objetivo dividir la esfera
si, hartos de los versículos y el Hades,
se impone clausurar las oquedades
que han demorado en ti tanta ceguera?

No pases de la sed a la costumbre
sin que adviertas, armándote, la cumbre
que la frente de Sísifo interroga.

¿Quién osará ignorarte cuando avises
que te apresuras a tronchar los grises
tentáculos del pulpo que te ahoga?


X

Disponte a caminar. Cuando el armiño
sobre la oscuridad su asombro vierta,
vendrá el futuro a derribar la puerta
que ha distanciado al hombre del cariño.

Tú eres el ademán con que ahora ciño
el arma imprescindible. Si desierta
queda un día la mano, será cierta
la luz en la emoción de cada niño.

Haz que una edad sin lobos precipite
su esperada existencia, que al convite
asista el equilibrio que demandes.

Habrá un tiempo sin úlceras ni plomo
y hay que apurar su advenimiento como
la plata en las raíces de los Andes.





13 de mayo de 2009

Poemas de José Antonio Ramos Sucre

Injustamente preterida por sus contemporáneos, la obra de José Antonio Ramos Sucre (Cumaná,1890 - Ginebra, 1930) comenzó a ocupar el sitio que le correspondía sólo varios lustros después del suicidio del poeta. Hombre dotado de una vastísima cultura, políglota, indudable orfebre del lenguaje y creador de una poética sin parangón en Venezuela, publicó en vida tres libros: La torre de Timón (1925), y El Cielo de Esmalte y Las Formas del Fuego, ambos en 1929. A finales de los años cincuenta de la pasada centuria, época en que se inicia la revitalización de su legado, la poesía del sufrido vate cumanense, pletórica de exquisiteces y referencias culturales, gana rigurosos estudios y arduos defensores. Probablemente, los poemas en prosa y - a veces - los relatos poéticos de Ramos Sucre se incluyan, en estos momentos, entre los textos de mayor preponderancia internacional debidos a un creador venezolano. Próximo ya un nuevo aniversario del natalicio de esta insigne figura de las letras hispanoamericanas, quede la reproducción de los textos que siguen como un mínimo homenaje a la permanencia de su nombre y a la incuestionable vitalidad de su escritura.





LAS RUINAS

Sentía bajo mis pies la molicie del musgo de color de herrumbre, aficionado a la humedad. Proliferaba sobre el tejado y en la rotura de las paredes y de las ménsulas.

Sobre la maciza escalinata había corrido un tropel de caballos alados y de zueco de hierro, a la voz de un héroe imberbe, lisonjeado por la victoria. Hería con una maza ligera y usual como un cetro, de cabeza redonda y armada de puntas metálicas.

Yo visitaba, después de un decenio, el palacio de techo hundido. La lluvia, descolgada perpetuamente a raudales, había desnudado, de su delgado tapiz de tierra, la roca de granito situada a los pies y delante del edificio. Su acceso había llegado a ser una cuesta difícil.

Yo me incliné delante de la imagen de un santo, aposentada en su vetusta hornacina, orlada de parietarias, y bajé a perderme en una senda de robles. Desde sus ramas bajaban hasta el suelo de arena los sarmientos péndulos de una flora adventicia.

Yo seguí por ese camino, solo y sin deponer la espada, y vine a sentarme, ansioso de meditar y de leer, en un poyo de piedra, ceñido al pie de un árbol imprevisto.

Sus hojas amarillas y de un revés grisáceo vibraban al unísono del mar indolente y una de ellas, volando al azar, rozó mi cabeza y vino a llenar de fragancia las páginas de mi libro de Amadís.



EL RETÓRICO

Una lámpara de arcilla, usada por los romanos, perfila una figura de sombra en la pared. El discípulo de los alejandrinos combate la victoria del cristianismo, afeando la sandez y la ignorancia de sus fundadores y eclipsando la austeridad de los feligreses por medio de una sobriedad elegante y recatada. Escribe disertaciones para contrastar la fábula necia de los hijos del desierto con el mito juvenil de los helenos. Observa en torno de sí una humanidad inferior, empecinada en el seguimiento de una doctrina vasta y absurda y se da cuenta de haberse extinguido la clase privilegiada del senador y del oficiante. Mira en la conspiración universal, dirigida al exterminio del júbilo y a la ruina de la belleza, el retorno y el establecimiento definitivo de los antiguos fantasmas del caos y de la nada y se arroja en brazos de la desesperación. Acaba de saber el sacrificio de Hipatia en un desorden popular, animado contra la fama y la existencia de la mujer selecta por la envidia de unos monjes cerriles, y decide refugiarse y perecer de hambre en el santuario de las Musas.



EL NÓMADE

Yo pertenecía a una casta de hombres impíos. La yerba de nuestros caballos vegetaba en el sitio de extintas aldeas, igualadas con el suelo. Habíamos esterilizado un territorio fluvial y gozábamos llevando el terror al palacio de los reyes vestidos de faldas, entretenidos en juegos sedentarios de previsión y de cálculo.

Yo me había apartado a descansar, lejos de los míos, en el escombro de una vivienda de recreo, disimulada en un vergel.

Un aldeano me trajo pérfidamente el vino más espirituoso, originado de una palma.

Sentí una embriaguez hilarante y ejecuté, riendo y vociferando, los actos más audaces del funámbulo.

Un peregrino, de rostro consumido, acertó a pasar delante de mí. Dijo su nombre entre balbuceos de miedo. Significaba Ornamento de Doctrina en su idioma litúrgico.

La poquedad del anciano acabó de sacarme de mí mismo. Lo tomé en brazos y lo sumergí repetidas veces en un río cubierto de limo. La sucedumbre se colgaba a los sencillos lienzos de su veste. Lo traté de ese modo hasta su último aliento.

Devolvía por la boca una corriente de lodo.

Recuperé el discernimiento al escuchar su amenaza proferida en el extremo de la agonía.

Me anunciaba, para muy temprano, la venganza de su ídolo de bronce.



FRAGMENTO APÓCRIFO DE PAUSANIAS

Teseo persiguió el ejército de las amazonas, cautivó su reina y la sedujo. La tropa de las mujeres huyó sobre el Bósforo congelado, montada en caballos de alzada soberbia. Una de ellas murió en el sitio de su nombre, donde los atenienses la recuerdan y la honran. Las fugitivas volvieron a perderse en la estepa de su nacimiento, socorridas dela brumazón.

Un autor anónimo refiere las valentías del hijo de Teseo y de la amazona cautiva. Se atrevió a solicitar el amor de la sacerdotisa de un culto severo, dedicado a una divinidad telúrica, reverenciada y temida por los esclavos asiáticos.

El joven licencioso contrajo una rara enfermedad de la mente y vagaba delirando por la ciudad y su campiña, amenazando con volverse lobo.

Teseo escuche el parecer de viajeros memoriosos, habituados a la nave y a la caravana, y manda por un médico hasta el valle del Nilo.

El sabio se presentó al cabo de un mes y consiguió sanar al mozo delirante por medio de la palabra y envolviéndolo en el humo de una resina balsámica.

Teseo fiaba en la medicina de los egipcios y lo tenía por el pueblo más sano y longevo de la tierra.

El médico dejó, en memoria de su paso, una efigie de su persona. Yo la he visto entre los simulacros y ensayos de un arte rudimentario.

La figura del egipcio, de cráneo desnudo, mostraba la actitud paciente y ensimismada de un escriba de su nación.



ANCESTRAL

El sol, después de mediar su viaje, introduce por la vidriera un rayo oblicuo. No se da otra señal del curso del día.

La vidriera espesa y triple defiende del ruido exterior de la sala de los caballeros. Los postigos permanecen cuidadosamente cerrados y uno solo de ellos permite la infiltración del rayo oblicuo del sol. Los muebles arrimados a la pared, asoman entre la penumbra. Intentan acaso arrojar de sí mismos el velo de polvo de los siglos.

La araña de los cuentos, sensible al ritmo de la flauta de un prisionero, se arroja gasta el suelo, fiada en sus hilos y segura del equilibrio. La araña ha contribuido su tela para los guantes de las personas reales y ha urdido el velo de la Virgen en la siesta del verano.

Huecos y hornacinas interrumpen a cada paso el muro. Allí se esconde, tal vez, algún guerrero pérfido y desmandado.

Uno de mis abuelos usaba un yelmo de airón de llamas. Lo había recibido de un mago, según declaró en el delirio de una pasión infernal. Ese yelmo imperecedero quedó sobre la tierra al ser raptada Proserpina.

Ese mismo abuelo ocupa mi pensamiento. Preside con gesto impío una tragedia memorable y la impulsa a su desenlace.

Cerca de la mesa de nogal subsiste el sillón de Córdoba acostumbrado por su consorte. La forzó a tomar un tósigo.

El portero de esta mansión dejó entrar una vez, a esta misma hora de quietud y bochorno, una mujer de ánimo resuelto. Vestía un traje de moda histórica y su faz, de belleza ilustre, descubría las señales del llanto y de la cólera. Ocupó el sillón de Córdoba y se desvaneció en el aire sin dejar memoria de su visita.

Había penetrado sin esperar mi licencia. Es inútil oponerle cerrojos y trabas.

He dejado la sala de los caballeros en el mismo orden de aquel momento.

Nadie puede entrar allí antes de su vuelta.



LA HEROÍNA

El cazador ha conseguido hurtarse a la suspicacia de los combatientes.

Sale de una ciudad asentada en la llanura, sobre las dos márgenes opulentas de un mismo río, fiada en sus torres y en las ventajas de su comercio de joyas y tapices. Las mujeres lucen estofas versicolores y ostentan la imagen del arco de la luna en sus tiaras cilíndricas.

El cazador solicita, para su amada, las noticias del curso de la guerra. Electra ha visto al más generoso entre los adalides troyanos. Héctor viajaba en compañía de su esposa y seguía asiduamente su litera, impuesta sobre los hombros de contentos palanquines. El héroe montaba un caballo negro, de la casta de los infernales, presente de un numen pálido, opresor de las sombras nostálgicas.

El cazador trajo una vez el informe del asalto de la ciudad y refirió la matanza de sus jóvenes, cuando yacían inermes en el abandono del sueño.

El incendio suelta, semanas enteras y a larga distancia, sus pavesas tiznosas.

Electra no se consoló jamás de la caída de Troya.



LA VERDAD

La golondrina conoce el calendario, divide el año por el consejo de una sabiduría innata. Puede prescindir del aviso de la luna variable.

Según la ciencia natural, la belleza de la golondrina es el ordenamiento del organismo para el vuelo, una proporción entre el medio y el fin, entre el método y el resultado, una idea socrática.

La golondrina salva continentes en un día de viaje y ha conocido desde antaño la medida del orbe terrestre, anticipándose a los dragones infalibles del mito.

Un astrónomo desvariado cavilaba en su isla de pinos y roquedos, presente de un rey, sobre los anillos de Saturno y otras maravillas del espacio y sobre el espíritu elemental del fuego, el fósforo inquieto. Un prejuicio teológico le había inspirado el pensamiento de situar en el ruedo del sol el destierro de las almas condenadas.

Recuperó el sentimiento humano de la realidad en medio de una primavera tibia. Las golondrinas habituadas a rodear los monumentos de un reino difunto, erigidos conforme a una aritmética primordial, subieron hasta el clima riguroso y dijeron al oído del sabio la solución del enigma del universo, el secreto de la esfinge impúdica.



EL SACRIFICADOR

La mañana alumbra la ruina de las naves.

Los caudillos permanecieron vigilantes a través de la noche, sobre un mirador del litoral, abismados en el pensamiento de la derrota.

Las víctimas de la última porfía muestran, sobre el regazo de la tierra, el visaje paralizado y el abandono y lasitud de la muerte.

Una muchedumbre se junta a gemir en torno de su jefe. Censura el malcaso de la suerte y reverencia la dignidad del héroe y su faz de dios imberbe. El rostro de los dolientes se anega en la luz de una hoguera eclipsada por el día. La voz del mar secunda la escena del llanto, observando un compás ritual.

Los caudillos se despiden adelantándose al discurso fatuo de más provecto y se dirigen, sin concierto previo, a demandar el socorro de Aquiles. Los suplicantes alivian la ira ponzoñosa del joven y lo persuaden a la aceptación del deber.

El reconciliado se propone el desagravio de los suyos y la satisfacción de los manes del héroe, en medio de la turba inconsolable. Ordena la restitución de Briseida, acusándola, secretamente, de misionaria de la discordia.

La cautiva llega poco después, avergonzada de su ignominia, asegurando con el auxilio de un heraldo el paso tímido.

Aquiles la sujeta por la diestra y la sitúa bajo la amenaza de su lanza, menospreciando el intento de una súplica. Anula a golpes la resistencia, antes de infligir la herida mortal.



LA VUELTA DE ULISES

Penélope cita las criadas para interrogarlas sobre el último atropello de los pretendientes y sobre la asechanza dirigida contra la vida de Telémaco.

Penélope está sentada en una silla autoritaria, asiento de reyes patriarcales, y posa los pies ligeramente calzados sobre un escabel de encina.

Penélope se conforma al susto de las mujeres bisbisantes. Se interrumpen a cada paso para volver el rostro suspicaz y terminan su referencia con súplicas y votos a los númenes tornadizos.

Telémaco salió en demanda de su progenitor, bajo el consejo de un huésped casual, de porte eminente y discurso veraz, y con el auspicio de un águila aplicada a romper la hueste de unas aves infelices.

Navega hacia el palacio de un rey pesaroso, ocupado en la memoria de los suyos y salvo de su fin deplorable. Recoge noticias fragmentarias durante el festín de la bienvenida y admira los tesoros de origen distante y la modestia de su dueño. Permanece extasiado bajo la mirada inmóvil de una máscara de granito, descubierta a la orilla de un río divinizado, entre lotos y palmeras.

El rey pesaroso cuenta sus viajes y correrías, su arribo de náufrago y de mendigo ante el solio de los soberanos de raza desemejante y el riesgo frecuente de sucumbir de sed en medio de un mar paralizado.

Los pretendientes se juntan una vez más para la orgía e inquieren vanamente el paradero del viejo rapsoda, ansiosos de despedir su amargura unánime. Se retiran solitarios y mohínos al escuchar, de los menestrales de la cocina, la noticia de la ineptitud de la lumbre y de su desperdicio en llamas veloces y efímeras de fuego fatuo.



RAPSODIA

Juno suelta, desde las alturas celestes, al hijo deforme, oprobio de la hermosura divina.

Las nieblas se apresuran al socorro del infante y lo deponen sobre la superficie elástica del océano, moderando el ímpetu de la caída.

El niño desciende en una carroza de nácar, aviada por las sirenas, a una vivienda aparente, fantasía de los artistas del abismo, situada al cabo de una vegetación de corales y madréporas. La vergonzante luz de las profundidades circula a través de los aposentos.

El infante concibe el amor de la belleza, probado más tare en la forja y en la cinceladura de joyas resplandecientes, durante el trato con lo seres hundidos, de forma caprichosa. Admira la medusa presumida y sus crines acumuladas debajo del disco de su quitasol aplicado.

Debe, asimismo, la índole y las costumbres pacíficas, por donde se distingue de sus compañeros de inmortalidad, a la enseñanza de criaturas inermes. Oye el consejo de la anguila versátil, de la esponja sedentaria, del pez orbicular de fisonomía bufa.

El donaire de Vulcano tersa la faz contristada y mitiga la voz resonante de la tragedia.

24 de abril de 2009

Un poema de Jorge Luis Mederos

El INTRUSO


(a)

Existen días magníficos para que nos hagan una invitación a cierto pueblito de una provincia vecina donde se va a efectuar cierto evento literario. Esos días existen y uno coloca lo indispensable en una mochila y parte, casi deja olvidado un poema que escribía en el momento que llegó la invitación – un proyecto de poema magnífico, según la humilde opinión de uno –, pero finalmente no lo olvida y parte.

A veces sucede que allá las cosas no ocurren más o menos como uno las esperaba; suerte que una joven de pelo casi rubio irá por la habitación a visitarnos – ella también había leído a Henry Miller – y como no especifica la hora puede inferirse que llegará alrededor de las 9 p.m. Uno de ningún modo va a permitir que la ansiedad le haga presa, para salvarlo está el proyecto – en la opinión de uno, magnífico – de poema sin terminar; solo que apenas hay oportunidad para corregir un par de líneas cuando se escucha el susurro bienoliente de la muchacha que llega – la que ha leído a Henry Miller – y el poema – que vislumbra magnífico – ha de aguardar todavía un poco más.

Esos días existen.

Esas mujeres llegan.

Esos poemas a cada rato están por escribirse.

Lo muy difícil de aceptar es que uno regrese apenas una hora más tarde – otra vez las cosas no ocurrieron más o menos como se esperaba – y sobre la cama encuentre aquel poema, aquel proyecto de poema – en la humilde opinión de uno, magnífico – donde un intruso agregó diecinueve versos en tiempo récord, para terminarlo con toda limpieza. Impecable. Y mecanografiado.


(b)

para Ronald, que bien pudo haberlo escrito.

Nunca muerdas la mano de una mujer que ha rezado por ti.
Déjala irse, loca de sí misma.
como quien va al infierno o a Miami.
Pero no muerdas su mano.

Ella curó tus fiebres de hombre solo y cada noche lloraba,
Luego te dijo adiós como podía
y no sabes que fue con todo amor este pozuelo de hambre.

Tú mordiste su mano como Dios y ella crujía de miedo.
Por eso nunca maldigas la mujer, te pudrirías de odio,
tus miserias serán
como decir he vuelto de cien años y ningún hijo me espera.
Aunque estás ciego y solo y desdentado,
tú no maldecirás a una mujer que no encontró la paz
cuando tu corazón era un fermento loco de las iras.
Tantos perros aullaron en sus noches
que no supiste cuándo se marchó
ni en qué momento te negara tres veces
por el absurdo precio de vivir. Tú debes recordarla
cariñosa de Ogún, la buena hembra
que te puso a volar más de una noche:
es la moneda justa;
fuiste el gran perdedor y el gran culpable
por exigirle a un sueño que soñara,
por creerte feliz donde no hay sitio,
por estrellar un labio en la pared y un cabezazo en el cielo.

He aquí que se marcha
y el jodido que eres no comprende la mitad del dolor;
tu máscara es un puño, un estandarte anónimo en la sangre.
Pero muerde su mano y quién te salva.
Cómo endulzar las plantas del guerrero que danzó para ti,
dentro de ti; tal vez cuando ella,
en un lejano idioma, vio llegar el relámpago.

Déjala irse, loca de sí misma,
donde no quede piedra sobre piedra para contar la historia.
Seas el perdedor, no el desdichado que apostó a recordar,
Seas, el de la mansa medialuz,
ahora que otra mujer abre tu puerta y huele a todos los santos.

Ella no tuvo paz, la pobrecita. Todo en ella era irreal,
como esta espalda rota que hoy te deja, nuevamente sangrando,
con qué negra moneda en los bolsillos.

Y no puedes volver; tú solo escucha
el murmullo del tiempo contra el tiempo.
Esa mano que al fin no morderás era una huella en la niebla,
cierto pájaro azul. Nada importante.