4 de febrero de 2010

Regreso al sitio en que tan bien se está

Aunque el silencio avise que estás muerto,
que hay un farol sin luz en la Calzada,
que otra vez la tristeza iluminada
cantará con tu voz su desconcierto,

yo te imagino aún, por los extraños
pueblos que tu palabra concibiera,
nombrando la costumbre, tu manera
de anudar con metáforas los años.

Sé que has plantado en el dolor tu tienda
para escaparte así de una leyenda
que no admitió vejez ni contratiempo.

Y, apedreando al silencio casi triste,
regresas hoy al sitio que dijiste
legándonos el tiempo, todo el tiempo.


23 de enero de 2010

Premio para Pólvoras de Alerta

Recientemente, recibimos la grata noticia de que nuestro sitio fue galardonado con el premio Blog Z@rapico. Pólvoras de alerta y su autor, desde la patria pequeña de Bolívar, se felicitan por este reconocimiento que nos honra honrando la memoria del insoslayable Samuel Feijoó, y agradecen a Mariana Pérez y a su página por el riesgo que asumieron al proponernos y el compromiso al que nos han convocado.

Un abrazo a todos los buenos amigos que en Santa Clara continúan confiando en la vitalidad de la palabra escrita.


4 de enero de 2010

Una gota de realidad sobre la fantasía

No han sido pocos los escritores que, una vez consagrados, tendieron a excluir, íntegra o parcialmente, sus producciones primigenias de la suma de sus obras completas. Aunque no es de dudar que a cada uno de ellos les sobraran argumentos para justificar esa especie de filicidio, en mi opinión tal actitud se asemeja un tanto a la de los padres que, por una razón u otra, se desentienden de sus vástagos. Y comoquiera que nunca he considerado equitativo solidarizarme con quienes la propugnan –aun cuando en la susodicha relación sólo se incluyan, como es de suponer, literatos de altísima y bien cimentada reputación­–, celebro que siempre se les haya respetado a los lectores la inalienable oportunidad de disentir.

Diríase que Julio César Blanco Rossitto (Ciudad Bolívar, 1961) es uno de esos creadores meticulosos que no evidencian aptitudes para comulgar con probables arrepentimientos ulteriores. A pesar de tener publicados tres libros de poemas, ha esperado a que desaparezcan todas las humedades de la clepsidra para entregarnos su primera compilación de las narraciones que ha venido pergeñando –según confesara en una conversación reciente–, a lo largo de más de cuatro lustros de paciente orfebrería. En torno a ellas, y con el objetivo de contribuir a vulnerar ese silencio sospechoso que suele suceder a la publicación de muchos libros, trataré de configurar las impresiones que me ha sugerido su lectura.

Un ilustre argentino, asomándose con lúcida brevedad a las notables invenciones de Juan José Arreola, comentaba que aquel, desdeñando las circunstancias históricas, geográficas y políticas, demoraba sus ojos en el universo y en sus posibilidades fantásticas. Y algo bastante parecido podría suscribirse a propósito de este autor y de Una gota de sangre sobre las sábanas, cuidadosa edición alumbrada y puesta a circular hace unos días por Maltiempo Editores. Tanto es así, que de los catorce relatos que constituyen el corpus del cuaderno, apenas dos asumen el tratamiento de una inmediatez comprometida con situaciones más o menos verosímiles; los restantes, a mi modo de ver, son el resultado artístico de la imaginación del escritor que, como intentaremos demostrar más adelante, revela una de sus fuentes nutricias en la aproximación al magisterio y, consecuentemente, al influjo de nombres cuya ejecutoria los ha hecho merecedores de un sitial privilegiado dentro de la narrativa hispanoamericana.

Para ilustrar de alguna manera lo que digo, me permitiré compendiar en pocas líneas dos textos que, más allá de sus diferencias espacio-temporales, presentan indudables puntos de contacto con respecto a su hechura. El primero es el que presta su título a la colección: alguien asiste al nacimiento de un esbozo fálico en las intimidades de su región pubiana, y el engrosamiento y la posterior y extraordinaria elongación del mismo lo transforman en un ofidio de proporciones increíbles que, instigado por la voracidad de su apetito, concluye agrediendo al personaje que le sirve como sostén de su existencia. En el segundo, un empleado de oficinas vislumbra, desde una de las ventanas del sitio donde realiza sus labores, a un anciano cuyo desaliento lo induce a presumir que intentaría suicidarse; luego de agotar varias jornadas infructuosas tratando de acercársele con la intención de disuadirlo, este hombre –ya llegado a la edad del viejo que quiso arrebatarle a la muerte y víctima de la soledad y de las enfermedades– termina viéndose con el cañón de un revólver apoyado en las sienes y en disposición de apretar el disparador.

Contrariamente a lo que pudiera inferirse de lo antedicho, el desenlace presumible logra distanciarse de su aureola fatídica gracias a que, cercanos al final, el vuelco súbito de la voz hacia un entorno que ha permanecido al margen de ambas historias, nos convence de que sólo se nos han participado elucubraciones signadas por los sueños. Y de semejante recurrencia al universo onírico, de su recreación y de su alternancia con elementos exornados por visos de aparente credibilidad, no es difícil encontrar múltiples referentes literarios. Quizás Las ruinas circulares y La noche bocarriba pudieran señalarse como dos de las conquistas más connotadas en este ámbito, y parecería cuestionable sospechar que el escritor que nos ocupa no haya bebido en la ejemplaridad de tales surtidores.

En La muerte por todos los rincones, el más extenso de los relatos que conforman el libro y, a mi juicio, uno de sus logros fundamentales, se adivina la sombra tutelar de Rulfo sobre el protagonista que nos cuenta, desde la oscuridad del ataúd donde ha sido sepultado, la planificación de su deceso voluntario. Asimismo, Fabricante de sueños denota ciertos vínculos con Me alquilo para soñar, texto que García Márquez incorporó a Doce cuentos peregrinos e, incluso, ese “ojo inquisidor” y la acechanza impuesta a la abuelita que conocemos a través de Rojo de caperuza, evocan algunos pasajes de El corazón delator, probablemente una de las numerosas narraciones que continúan sustentando la celebridad de Poe.

Julio César Blanco Rossitto escribe consciente de que la singularidad, a estas alturas, no pasa de ser una utopía. Y sin menoscabar los aportes personales, creo que su mérito más notorio radica, sobre todo, en una respetable capacidad para nutrir la fantasía con ficciones preexistentes y ofrecernos después, valiéndose de un amplio abanico de recursos ya domesticados, una visión propia sobre temas que, aunque no sean vírgenes, toleran nuevos abordajes creativos si se les asume desde puntos de vista diferentes a los anteriores. Dada la multiplicidad de sujetos narrativos que coexisten a veces dentro de un mismo relato, no sería de extrañar que más de uno requiriera de un retorno a los orígenes para su exacta comprensión. Ello, sin embargo, no habrá de conspirar en contra de quienes se dispongan al disfrute del cuaderno. Escrito sin descuidar las nociones de tensión e intensidad que tanto interés le merecieran a Cortázar, pienso que Una gota de sangre sobre las sábanas, además de privilegiarse con la atención de sus futuros lectores, no le dará motivos a su autor para excluirlo del panorama definitivo de sus obras.

Yaritagua, 2/1/2010


15 de diciembre de 2009

Cría cuervos

Por Julio César Blanco Rossitto

A la memoria de Salvatore Rossitto


En principio no lo había visto. Me encontraba en un momento de honda contemplación interior: la sutileza de Pessoa, la furia de Ginsberg, la sórdida ambigüedad de Pound, se habían mezclado mediante un proceso tan inexplicable como azaroso, con los últimos acordes del Capricho Italiano, esa suerte de dislocación de sonidos y timbales que hacen de Tchaikovsky mi pasión de whiskys en las tardes. He dicho que en principio no lo vi; estaba caminando por las veredas del parque recordando a Margarita y sintiéndome un poco Charlot, pero Charlot en realidad, con su sombrero de hongo, su traje de pingüino y sus zapatos enormes proyectado hacia el final de la ¿Polaroid o de la Kodak? mientras el círculo de la imagen se cierra para dar sensación de soledad y distancia. Estar caminando por las veredas, repito, con los ojos vagos, undívagos (como decía Félix en el bachillerato, para imitar un caballero del Siglo de Oro español) no significaba que realmente estuviera en el parque, sino más bien me sentía en las oficinas tediosas de Pessoa o en los departamentos alocados de Allen Ginsberg. Fue una cuestión de suerte para Él que en ese instante mis ojos se perdieran en la maraña de los setos, posiblemente atraído por las abejas que zumbaban en el empalagoso atardecer elíptico de las flores.

Parece que no me ha visto. El frío revela su constancia y acicatea mis costados, ¿cómo será en los países invernales?, se me ocurre pensar en Bruselas, pero sin duda en algo me favorece estar en el trópico. Aún así, la lluvia de los últimos días de agosto ha derribado mi hogar dejándome indefenso. Pudiera pensarse que es culpa de mi madre, porque en nuestra especie, el padre es una casualidad, un accidente del azar y del espacio. He pensado en Bruselas y sus días grises de sol opaco, allí debe haber muchos cables de alumbrado meciéndose en el viento, arropados de plumajes tristes y picos silenciosos. Por el contrario, aquí el calor es casi eterno, un permanente hervidero deteniendo el viento. No estoy seguro si me ha visto, sus ojos parecen extraviados.

Cuando bajé los párpados noté el nido en medio del destrozo, el agua había azotado el entresijo de pajilla y algodón, echándolo al suelo. Todavía, ensimismado por los poemas de Pessoa, Pound, Ginsberg y aturdido por el canto, el jolgorio, los platillos y los timbales de Tchaikovsky mordiéndome los oídos, lo levanté del suelo y lo traje a la altura de mis ojos en un acto casi reflejo.

Me alza en vilo con toda la fuerza que tienen los de su especie, trato de acurrucarme y acentuar mi debilidad para inspirar compasión, las escasas plumillas que cubren mi cuerpo tiemblan por el frío; el pico se me deshace en el iris de sus ojos lastimosos, sus manos enormes, temerosas de causar algún daño, hurgan con cuidado entre la yesca del nido. Siento el calor de esas manos, el ruido remoto de la sangre enrojeciéndole la piel. Me levanta hasta sus ojos (nariz impertinente, cabello escaso, pómulos desleídos hacia las mejillas, comisura de los labios lastimosa, huellas de un descuidado acné de adolescencia).

Pudo haber sido mi estado de contemplación que amplificó su desmedro, lo tomé entre mis manos y con cuidado acaricié la pelusilla que cubría su cuerpo: ¡era una roncha ardiendo entre mis manos! En su piel relampagueaban aros tumefactos. Acaricié su cabeza de ojos y espanto, lo escondí en mi regazo bajo la camisa, creo que sintió miedo.

Me protege debajo de su camisa, me abrasa el calor de su cuerpo.

De camino a casa sentí leves caricias en mi dermis, un suave escozor recorrió las fibras de mi piel.

Comienzo a hurgar en su vientre, escucho del otro lado el flujo de la sangre abriéndose paso entre las infinitas ramificaciones de su sistema sanguíneo. Insisto. Lo más agradable es el calorcito que emana de su dermis; pienso que le gustan mis picoteos. Presumo que se debate en una sensación de dolor y placer. Decido acometer con más fuerza.

Comenzó a hurgar en mi vientre, en dirección a mi eje sagital (dorsoventral), comprometiendo mi epidermis en lo que tiene de tejido fibroso. Sin explicármelo, pensé en La Lección de Anatomía del Doctor Tulp, de Rembrandt, volvieron a pasar por mi mente los ojos estupefactos de los discípulos, las manos musicales (en actitud de director de orquesta) del Dr. Tulp, su mirada serena, engalanada por un sombrero de alas voladoras; recordé el cadáver lívido, la sombra de los discípulos bañando la cara tétrica, el brazo esquilmado, la postración de la muerte.

Parece no haber sentido nada. Una vez violentadas la dermis y epidermis, dirijo mi objetivo inmediato hacia el peritoneo. Esa noche lluviosa y fría, él quedó dormido con sus manos sobre el vientre haciéndome de regazo; fue así como llegue al peritoneo parietal, embriagado por el sabor mixto de la sangre dulce y la acidez áspera del tejido seroso. Insatisfecho, fui más adentro y abordé el peritoneo visceral. He penetrado la cavidad peritoneal no sin temor. Un concierto de palabras me ofrecen distintas opciones: mesenterio, mesocolon, repliegue peritoneal, duodeno hepático, epiplón gastrohepático y epiplón gastroesplénico.

Al levantarme percibí un olor agrio, como de sangre excretada por la carne de res que cuelga en los grandes refrigeradores de las carnicerías. Sentí un ligero ardor en el vientre, como aleteo de cigarrón. Al buscarlo sobre mi vientre, noté que Él no estaba, es decir, sí estaba, pero no afuera sino adentro. Levanté el pijama y observé un orificio violáceo y tumefacto, pequeñas burbujas de pus bordeaban la herida. Experimenté pánico e intenté hurgar con los dedos para extraerlo. Al tocarme, no pude resistir el dolor y perdí el conocimiento.

Este debe ser el duodeno. Dirijo mis picotazos en sentido ascendente hacia el píloro, observo la curvatura superior del estómago lindante con el bazo. Como un experto gourmet, disfruto el sabor que me deparan las cuatro capas del estómago. Me deleito con la túnica submucosa o celular, formada por fascúnculos conjuntivos. Rompo el estómago, me hundo en su vacío.

Luego del aturdimiento y el desmayo, abrí los ojos. Rápidamente decidí vestirme y buscar auxilio, pensé en Margarita. Al llegar a su apartamento me recibió amorosa, tomamos una copa y me hizo el amor. Al culminar su tercer orgasmo notó el orificio violáceo que substituía mi ombligo. Le expliqué lo ocurrido. Ella me recomendó tomar agua con limón, una cucharadita de azúcar y un tantito de bicarbonato, eso sí, tómatelo inmediatamente después de que haga efervescencia. Chao Margarita, te amo, nos vemos pronto.

En la oficina enseñé la herida a Crespo: A mí me ocurrió algo parecido, no hay que alarmarse, lávala con agua oxigenada y luego te aplicas rifocina. Para el malestar nada como el bicarbonato. A Josefina Ramírez: Eso no es nada para lo que yo tenía. ¿Conoces la hoja de ruda? Te aplicas una cataplasma en la zona, le enciendes una vela azul a Santa Sofía, rezas tres Padrenuestro y publicas un clasificado en la prensa agradeciendo el favor recibido. A Pedro García, Rosa Ruiz, Idelfonzo Samperio…

Me llamó la atención un órgano pulposo, marrón o morado muy oscuro. Esta víscera está cubierta con una capa fibrosa llamada Cápsula de Glisson, que le da consistencia. Acaricié la tersura de esa fibra, rica en vasos sanguíneos y capilares, al morderla me amargó un líquido bilioso. La emprendí entonces con la vesícula biliar, en busca de un órgano reticular llamado páncreas. Me detuve un instante y percibí que cada región recorrida en su interioridad, aumentaba mis fuerzas, me hacía poderoso. Decididamente enfilé hacia el páncreas.

El doctor me dice que tengo una deficiencia pancreática aguda, producto de una severa pancreatitis, lo cual hace que este órgano, amigo mío, no segregue insulina y usted debe saber que la insulina regula la concentración de azúcar en la sangre, sin lo cual el plasma es invadido por los llamados cuerpos cetónicos. Sí doctor, pero mire esta herida en mi ombligo. No se preocupe, haremos una cura y sanará. Por cierto, sus exámenes revelan insuficiencia biliar que dificulta la asimilación de grasas y una inflamación pilórica. Doctor, pero si le cuento que esto me ocurre desde que estando en el parque, caminando por sus veredas y recordando a Margarita…Le daré una referencia para el Dr. Ballesteros, es muy buen psiquiatra.

Por último pensé que mi objetivo era el corazón, órgano musculoso, hiperactivo, que se aloja en la parte superior izquierda de la caja torácica. Para lograr mis propósitos, tomé la ruta de la arteria mesentérica inferior que me condujo a la aorta y finalmente al corazón. El triunfo me vistió de frío.

Encontraron mi cuerpo seco como un cartón, presentaba una abertura longitudinal en el eje transversal y otra en el eje dorsoventral o sagital. Todos mis órganos exhibían signos de mutilación y desgarramiento por picotazos. El corazón estaba partido en dos y seccionadas las venas cava superior e inferior, la aorta y la arteria pulmonar. También se apreciaba una perforación que comprometía la válvula tricúspide en la aurícula derecha. Sin embargo, el informe médico fue muy escueto: Individuo caucásico, piel áspera, ojos inofensivos, muerte natural. El parte policial hacía referencia a la conservación de la naturaleza, de las especies ornitológicas en peligro de extinción y de varios pichones de un ave desconocida que habían sido encontrados junto al cadáver:
Las avecillas presentaban un lastimoso estado de debilidad por anorexia. El zoológico de la ciudad conservó un par de ellas y obsequió algunos ejemplares a varios ciudadanos que voluntariamente se ofrecieron a contribuir con la protección de la fauna.


29 de noviembre de 2009

Llamas de José Antonio Yepes Azparren

Más allá de su consumación física en la convocatoria de los cuerpos, el amor sólo asciende a los territorios de la eternidad a través de su permanencia en los entresijos de la palabra escrita. ¿Qué sabríamos hoy de Laura y de Beatriz, y de una buena porción de la existencia de sus febriles adoradores, si no hubiesen llegado hasta nosotros el Cancionero y La vida nueva? Gracias a la escritura le ha sido dable al hombre perpetuar, no únicamente las pasiones desatadas, sino también la transparencia de sus más remansados sentimientos.

Escribo esto a propósito de un acercamiento reciente a un nuevo título puesto a circular por la Fundación editorial el perro y la rana. Y digo que si se tiene en cuenta la venerable longevidad del tópico en las heredades de la poesía, con Tú mi río de llamas José Antonio Yepes Azparren (Barquisimeto, 1960) se dispuso bizarramente a desandar las sinuosidades de un camino donde la consecución de la originalidad se torna en un empeño harto embarazoso. Por lo mismo, y sólo para desvirtuar la extraordinaria solemnidad de semejante vocablo, no estaría de más que nos repitiéramos, con Borges, aquello de que cada lenguaje es una tradición y
cada palabra un símbolo compartido.

Propietario de un verbo que denota el tránsito consciente por las solicitudes del tamiz que absorbe deslices e impurezas, el autor evade con indudable acierto los valladares antes aludidos. Y el resultado es una loable suma de poemas donde la honestidad, por una parte, y la sapiencia para domeñar los ineludibles desbordamientos y las fintas de la lengua por la otra, se complementaron en aras de que el poeta nos hiciese llegar un testimonio lúcido de sus andanzas, ficticias o realmente vivenciadas, por los dédalos de Erato.

Muchas veces la poesía, para desgracia de quienes disfrutan de ella y a contrapelo propio, no pasa de ser un simple alarde de retoricismo. Ello sucede, sobre todo, cuando sus pretendidos hacedores son incapaces de acceder a las exigencias de la linfa necesitada por el verso y, en lugar del poema, se nos ofrece un bodrio quizás muy bien elaborado, pero ahíto de frialdades y de códigos inextricables, y ajeno a los requerimientos culturales ingénitos a la mayoría de los lectores. Estoy seguro de que Yepes Azparren no ignora el acecho de tales intersticios: la temperatura de sus textos y esa limpidez, tan sumamente difícil de adquirir, que admite la apropiación de los enunciados y el arribo a sus esencias sin que se nos impongan itinerarios laberínticos, nos muestran a un creador que se sabe dueño de su oficio y no vacila en someter a sus criaturas a los rigores del taller antes de permitirles la iniciación del vuelo.

En algún párrafo del Saludo escrito por Juan Liscano se nos señala que el poeta “logra mayor concreción de lenguaje en los poemas en prosa”. Desde mi punto de vista, sin embargo, esta afirmación es válida sólo al considerar que la mayor parte del cuaderno está conformada, precisamente, por poemas en prosa. Yepes Azparren, como él mismo ha confesado, escribe “con el oído vigilante”. Y esto es innegable; tanto, que un número importante de esas prosas poéticas -Vacío, por ejemplo-, dada la eficacia del ritmo y la sonoridad que logra endosarles el autor, no desdeñaría su ordenamiento tipográfico en versos. De haberse optado por esta otra posibilidad, “la concreción de lenguaje” a la que alude el maestro hubiera recaído, sin duda, sobre los textos afiliados entonces a la métrica.

Detengámonos ahora, antes de hacer ciertas apreciaciones, en el poema titulado Noche de mundo:


Ascendí hasta tu luz naciente
y hasta el amanecer he ardido
sobre tu rostro.

Oh fulgor respirado de tu aliento
en mi sed insaciable de tus labios.

Noche inagotable mientras tu hálito
y tu vida por entero aspiraba.

Sobre tu rostro
desvanecerme en llamas que tú has bebido.

Hundirme en tu viviente luz.

En tus secretos ojos.

En tu escuchada sangre.
Hasta ser sólo cenizas.

Astro mío rodado en la noche del mundo.


Aunque no es la intención de este comentario realizar un análisis más o menos exhaustivo de algunos textos en particular, me he permitido citar in extenso el anterior para puntualizar la utilización de uno de los recursos expresivos que, en mi opinión, conforman la columna vertebral de la poética de Yepes Azparren en el libro en cuestión. Y me refiero al uso de símbolos con acepciones opuestas y, más específicamente, a la aparición, en apariencias voluntaria, de términos alusivos a las claridades y a la sombra, con un notable predominio de los primeros. Nótese cómo en el poema citado es fácil corroborar lo que advertimos siguiendo, en orden descendente, la secuencia de sustantivos luz, amanecer, fulgor, noche, llamas, luz, cenizas, astro y noche. Y ese cúmulo de vocablos, de forma directa o por analogía, tiende a identificarse con las voces que hemos asumido como patrones, remitirnos a universos antagónicos y reaparecer en varios de los textos que se aglutinan en la colección.

Probablemente, la reiteración de tales figuras obedece a un propósito intencionado del autor y, hasta cierto punto, responde a las aguas encendidas de la metáfora que funge como título del poemario. Yepes Azparren sabe –y así nos lo recuerda con Tú mi río de llamas- que, aun sin soslayar la trascendencia del erotismo y de la probidad e, incluso, de sus visos platónicos, el amor es también esa unidad y lucha de contrarios, esa lidia perpetua, esa batalla ineluctable que suele convocarnos cada día, y a la que concurrimos iluminados por la esperanza de restarle un poco de fealdades y asperezas al ilustre animal que todavía continúa siendo el hombre.

Yaritagua, 20/11/2009


9 de noviembre de 2009

Caminante en intramuros


Penetro en ti, ciudad hecha
de ovaciones y estropicios,
y me asomo a los resquicios
de tu edad insatisfecha.

¿Quién te levanta?
¿Qué brecha
le abrirás a los que sudan
y, aún padeciendo, se escudan
en la fe?
¿Cómo es posible
que parezcas inasible
por muchos brazos que ayudan
a distanciar de tus ojos
la hojarasca?
¿Por qué brillan
unos pechos y se astillan
otros el alma?
¿Qué abrojos
lastiman los sueños rojos
de tus hijos?
¿Con qué parte
de sus lágrimas tocarte?

Ciudad infiel: amanece,
y hay rostros donde parece
que la luz no se comparte.



31 de octubre de 2009