24 de julio de 2010

El náufrago a su hijo


A Freddyarián,
mi único retoño,
ahora marinero en las aguas de la adolescencia.


El hijo está en la sombra que acumula luceros,
amor tuétano, lunas, claras oscuridades.

Miguel Hernández.
IEspantado de todo, me refugio
en ti
, porque no sabes todavía
que a veces lo que sueñas extravía
la brújula en la piel de un subterfugio.

No tornes la confianza en amuleto;
asómate a la duda: sé prudente.
Detrás de la virtud de lo aparente
disimula su trampa el obsoleto

salto hacia la penumbra. No descuides
ninguno de los pasos con que mides
la extensión caprichosa de la senda

socavada en sus márgenes. El pacto
siempre tendrá que ser con lo inexacto
para que nunca el cambio te sorprenda.

II

El justo no transige con la euforia
que sin trabajo ímprobo se aliña:
la diadema luciente que se ciña
será, después de todo, transitoria.

Sumarse a los capítulos de un drama
cuyo incierto final se desconoce,
no permite inferir que nos desbroce
la intrepidez el resto de la trama.

Aguza la visión. Como un reflejo
no deposita el alma en el espejo,
ante una inteligencia que repudia

la sordidez agazapada, vibro.
Descubre la verdad en cada libro
que te invoque a sus páginas. Estudia.

III

Cubrirse largamente con la capa
de morbidez implícita en el juego,
redunda en beneficio de quien luego
en su cálida urdimbre nos atrapa

demorando la fuga. En esa zona
donde la oscuridad nos desconcierta,
hasta el sueño más lúcido despierta
convertido en esbozo. La persona

que de su ambivalencia no se libre,
disminuye a murmullos el calibre
de la voz que tuviera. Yo desdigo

la sumisión al juego. Cuando eleves
tu edad a competir, quiero que lleves
el cerebro y el músculo contigo.

IV

Restar el cuerpo al cuerpo del trabajo
conspira contra el júbilo del hombre.
La honestidad perdura en cada nombre
si el ascenso se inicia desde abajo.

Existe, solapado, un precipicio
que, alerta la mirada, nos vigila
y, en lucha con los gérmenes que asila,
el triunfo sólo es dable al sacrificio

que uno debe asumir detrás de todo.
Libérate del ocio de tal modo
que no te sea esquiva la sustancia

protegida en el cáliz. Nunca muere
sin subir al asombro quien zahiere
sus brazos con la cruz de la constancia.

V

Desconfía del hombre que trasiega,
incapaz de luchar, con los principios,
y después, como auténticos, los ripios
que desdeña el orgullo nos entrega.

La tentación subyuga. Quien confunde
con ella la ebriedad que se persigue
su pretensión alada no consigue,
y en legamoso dédalo se hunde

mientras la luz aguarda. Si el almuerzo
nos convoca a la mesa, del esfuerzo
que se le aporte al ánimo proviene.

La meta es avanzar. ¿Qué caminante
podrá saber la cima deslumbrante
si al pie de la montaña se detiene?

VI

Vecinas de una luz que no comulga
jamás con las traiciones, el amigo
suele mostrar sus manos. Quien ombligo
de la hermandad se afirma y lo divulga

sin que las obras hablen, no distiende
la franqueza en la voz. Trueca tus ojos
en un tamiz atento a los abrojos
con que la fe del hombre se sorprende.

Si acaso alguna vez, harto de insidia,
el lodoso animal de la perfidia
derrama en tu inocencia su veneno,

aunque de furia el alma te oscurezcas,
la razón que acumules no la ofrezcas
a la venganza del dolor: sé bueno.

VII

El amor no es la dicha de brindarse
a un ensueño reciente. No es lo mismo
pasión que sentimiento: el mimetismo
a veces obnubila. Enamorarse

puede uno de múltiples mujeres,
porque dentro del hombre, agazapado,
respira el animal. ¿Quién no ha entregado
el pecho a los dolosos alfileres

con que punza el engaño? No confundas
el gozo con su antípoda. No hundas
tu voz en presumibles agonías.

Si, como el vino, la pasión se añeja
y convierte al amor en su pareja,
sólo entonces engendra melodías.

VIII

La única belleza perdurable
no es visible a los ojos: se le lleva
oculta en algún sitio. Quien eleva
el corazón al juicio memorable

de vislumbrar su encanto en el encanto
de una mujer que pasa, y la provoca
y escucha la aquiescencia de su boca,
escapa jubiloso del espanto

que hay en la soledad y permanece
con la belleza unido, y no envejece
porque con el amor llega la calma.

Cuando en tu asedio el ostracismo ruja
y en el pajar pretendas una aguja,
más que los ojos, utiliza el alma.

IX

Decidido a encontrar las olas buenas
atravieso los mares en tu busca.
Yo sé que aunque mi tránsito reduzca
el fardo ineluctable de las penas

que pondrán en tu espalda su consigna
de acercarte a la angustia, tu confianza
en dotar de equilibrio a la balanza
y emerger victorioso, será digna.

El sufrimiento, airado, nos subvierte
los deseos de hacer y se divierte
mientras a su maldad así le cuadre.

Ojalá que no invada tu estatura
y, enfrentado a su hambrienta dictadura,
dispongas de una lámpara en tu padre.

X

Hay golpes en la vida – cito el verso
con que Vallejo se asomó a la historia –
y perpetuar su impacto en tu memoria
supone la experiencia. El universo

siempre será una interrogante cuya
respuesta se nos veda; el optimismo,
una mano que lance hacia el abismo
la piedra que con límites arguya.

Yo quiero imaginarte caminando
hacia la luz escurridiza cuando,
con el coraje anclado en las pupilas

y con el brazo acérrimo, te avengas
a existir en la lucha que sostengas
con los potros de bárbaros atilas.



7 de julio de 2010

5 de junio de 2010

Propuesta para leer a una generación poética que ¿no lo es?

Por Ricardo Riverón Rojas

El amigo Virgilio López Lemus me hizo, hace poco, una pregunta que yo mismo me había hecho. No obstante me sorprendió, pues de manera inconsciente y ligera, siempre «escurrí el bulto» para no extraviarme en la maraña de coyunturas que implicaría enfrentar, con responsabilidad crítica, la interrogante. Acaso la pereza congelara mi disposición analítica; tal vez resultara demasiado engorroso derivar lo vivido (y sufrido al modo vallejiano) hacia un sistema de ideas que sustente, como mínimo, un grupo de hipótesis con puntos de vista inquietantes. La complejidad del asunto demandaría, más que un artículo o ensayo breve (es el caso), el estudio sistémico de una época y de diversas poéticas, ninguna de estas últimas en sintonía con las que en el mundo literario de entonces pasaron a configurar el estrecho canon. Tal vez por eso nunca me sentí especialmente tentado a reflexionar sobre los trasfondos que encierra el que, engañosamente, podría parecer simple cuestionamiento: «¿Por qué la mayoría de los poetas cubanos nacidos entre 1946 y 1959 no se reconocen integrados a una generación o promoción poética?»

Abocado nuevamente a la disección, me insto a romper aquella inercia e incursionar en el escurridizo intríngulis, aun con el susto de saberme más parte que juez, pero aspirando al máximo de rigor posible. A lo primero le sumo mi condición no académica, solo paliada por mis constantes observaciones del devenir literario cubano en las últimas décadas.

El contexto cultural que nos tocó enfrentar a los poetas cubanos de estas edades estuvo marcado por relaciones de poder (literario, político) de escasas perspectivas profesionales en lo tocante a la consolidación de una imagen generacional coherente. Durante todo el decenio de los setentas se mantuvieron vigentes, en su extensa y opaca plenitud, la mayoría de las pautas de interdicción que el Quinquenio Gris estableciera como poética exclusiva. Sobre el carácter reductor de aquella coyunda no quiero abundar mucho; pero apunto brevemente que la aún endeble plataforma promocional dejaba fuera de su ángulo de enfoque un considerable corpus textual, solo porque no encajaba en un molde que se ceñía de manera autoritaria, tanto con lo temático como con las cotas estilísticas, a una especie de subproducto de la antipoesía empecinado en ponderar hasta lo ramplón la sencillez enunciativa y los juegos de ingenio.

¿Cómo llegamos a eso? Una de las malformaciones culturales derivada de las equívocas tesis del I Congreso de Educación y Cultura, que sesionó en 1971, consistió en atornillar con fórmulas políticas la creación. Nuestra filiación a un bloque socialista de desgastado y dogmático rumiar ideológico en pos de legitimar el Realismo Socialista jugó su papel. Recordemos dos de aquellas fórmulas, y evitemos así perdernos en argumentaciones demasiado prolijas:

“En el campo de la lucha ideológica no caben los paliativos ni las medias tintas. La única alternativa son los deslindes claros, precisos y tajantes. Sólo nos es dable la coexistencia con la creación espiritual de los pueblos revolucionarios, con la cultura socialista, con las formas de expresión de la ideología marxista leninista”(1).

(…………..)

“La cultura, como la educación, no es ni puede ser apolítica ni imparcial, en tanto que es un fenómeno social e histórico condicionado por las necesidades de las clases sociales y sus luchas e intereses a lo largo de la historia. El apoliticismo no es más que un punto de vista vergonzante y reaccionario en la concepción y expresión culturales”(2).

Es cierto que estos gruesos brochazos de interdicción afectaron a todos los que entonces se expresaban, pero a los que debieron emerger como posible promoción de los años setenta, que traían interesantes propuestas enfiladas al lirismo, al paisajismo, a la vuelta a formas estróficas, a lo reflexivo, les dislocaron las posibles brújulas y quedaron a la deriva, incapaces de conducir a puerto legítimo y visible su discurso de grupo.

No logro, por mucho esfuerzo que despliegue, ceñir con aquellas camisas de fuerza a libros como Canto a la sabana, de Roberto Manzano (1949), Manera de estar solo, de Roberto Méndez (1958), Hacia la luz y hacia la vida, de Virgilio López Lemus (1946), Las puertas y los pasos, de Luis Lorente (1948), Aquí campeo a lo idílico, de Alex Pausides (1951), Sobre la tela del viento, de Renael González Batista (1944), Matar al último venado, de Osvaldo Sánchez (1955), El rojo y el oro sobre el pecho, de Luis Álvarez Álvarez (1950), Tergiversaciones, de Juan Nicolás Padrón (1950) o De pronto abril, de Soleida Ríos (1950).

La promoción que en los setentas contó con una imagen pública más definida fue la que en la década precedente emergiera, con notable vigor irreverente, desde las páginas de El Caimán Barbudo, y en alguna medida desde el premio David. Pudiera resultar ocioso, pero dejo constancia de que me refiero, sobre todo, a los agrupados en el que se conoció como «Segundo Caimán», no a los del «Primero», pues con la excepción de Raúl Rivero (1945) y Sigifredo Álvarez Conesa (1938-2001), la mayoría de aquella primera hornada «caimanera»: Luis Rogelio Nogueras (1945-1985), Víctor Casaus (1944), Guillermo Rodríguez Rivera (1943) y Félix Contreras (1939) solo volvieron a publicar después de 1976, fecha en que según Ambrosio Fornet, concluye el Quinquenio Gris(3). La antología Punto de partida(4), aunque limitadamente, había oficiado como carta de presentación del «Primer Caimán». No dispusieron de poco. La revista y el concurso contribuyeron medularmente a que se proyectaran con el drástico activismo que marcó el quehacer de ambos grupos. Por otra parte, la falta de dos herramientas como esas en manos de los que debieron sucederle, hizo posible que el «reinado coloquial» se prolongara, y también impidió que los «nuevos» que pudimos ser, consagráramos públicamente nuestras mejores propuestas(5). La única antología del período, Nuevos poetas 1974(6), preparada con pretensiones programáticas por Roberto Díaz Muñoz, dados su falta de representatividad real y falaz rasero estético que reducía la función poética a lo ideológico, no consiguió marcar, con rigor, el «punto de partida» imprescindible.

Mucho se ha debatido sobre lo que significó aquel Caimán, y tanto en las culpas como en los valores, se le atribuyen y se le restan logros y desafueros. La escisión en un primero y un segundo grupo resulta capital a la hora de asumir unas y otros. Si nos atenemos a lo que, como rumbo, proponían los del primer grupo en su manifiesto «Nos pronunciamos», podemos concluir que se le achacan culpas que no deben. Allí dejaban claro que:

“El amor, el conflicto del hombre con la muerte, son circunstancias que afectan a todos, como es íntimo, personal, el auténtico fervor revolucionario. (…) Rechazamos la mala poesía que trata de justificarse con denotaciones revolucionarias, repetidora de fórmulas pobres y gastadas: el poeta es un creador o no es nada”(7).

Hasta ahí muy bien todo. Pero como entre sus propósitos más expeditos estaba también irrigar a la poesía con el discurrir de lo popular, a tono con la atmósfera reinante en los primeros años de poder revolucionario, algunos de sus pronunciamientos les abrieron el camino, en lo operativo, a fórmulas estilísticas reductoras; y a la luz de una absurda explosión poético-democratizadora desatada tras el citado congreso, los administradores de los espacios de promoción lograron ponderar hiperbólicamente la accesibilidad de lo «naif», a la par que cerraban puertas a determinada tradición del «buen decir», tal vez la proveniente del neo-romanticismo, o de la cosmovisión poética gestada décadas atrás con la revista de Orígenes como vocero:

“Nos pronunciamos por la integración del habla cubana a la poesía. Consideramos que en los textos de nuestra música popular y folklórica hay posibilidades poéticas. Consideramos que toda palabra cabe en la poesía, sea carajo o corazón (…) Rechazamos la mala poesía que trata de ampararse en palabras «poéticas», que se impregna de una metafísica de segunda mano para situar al hombre fuera de sus circunstancias”(8).

Se caracterizó esta generación por ser bastante cerrada en sí misma: no le expedía boleto de entrada a casi nadie, ni siquiera tras ganar el Premio David. Por eso Lina de Feria (1945), Norberto Codina (1951), Luis Lorente, Minerva Salado (1944), Roberto Rodríguez Menéndez (1944) y Delfín Prats (1945), todos triunfadores en el supuestamente consagratorio certamen, se fueron quedando «fuera del potaje». El grupo del «Segundo Caimán» ejerció en la década objeto de análisis su mayor influencia, pero también se hicieron evidentes (hacia finales del período) los síntomas iniciales de su decadencia estética, unida a su desplazamiento del protagonismo público.

Sobre los poetas de El Caimán…, cuya primera horneada intervino de manera cuando menos inquietante en el establecimiento polémico de las esencias culturales de los años sesentas, se superpuso tiempo después, a golpes de oralidad y talento, la impetuosa oleada de los ochenta (sus antologías fueron Usted es la culpable y Retrato de grupo(9)), quedando la de los setenta como agujero negro de donde por momentos emergían, hacia uno u otro destino generacional, figuras solitarias que debían validarse acogiéndose a los presupuestos de las actuantes, o como «raros», sin compañeros de viaje ni conciencia grupal que los fusionara.

A la luz de un devenir peyorativo para toda poética que no se expresara con los códigos actuantes se cancelaron búsquedas y experimentaciones: al paisajismo se le denominó, con marcado énfasis burlón, tojosismo (10), y las incursiones estructuralistas de Francisco Garzón Céspedes (1947) recibieron dardos de todo tipo. La reivindicación de la décima, de escasísima presencia en la promoción anterior, también fue vista con ojeriza, de manera que Renael González Batista, Alberto Serret (1947-2000), Virgilio López Lemus, Rodolfo de la Fuente (1954), Waldo González López (1946), Luis Toledo Sande (1950) y Pedro Péglez (1945), entre otros, debieron mantenerse también, como los otros, ninguneados por el limbo mediático que se especializó, como acostumbra, en mirar en una sola dirección. Y algo similar sucedió con los que tempranamente asumieron la tradición del soneto, razón por la cual a poetas como Raúl Hernández Novás (1948-1993) y Emilio de Armas (1946) se les asoció más, en sus vínculos temáticos y estilísticos, con Orígenes que con sus compañeros de posible promoción: fueron «raros» dentro de los raros y, a mi entender, hoy deberíamos leerlos como precursores de las propuestas que luego consolidarían los creadores de los ochenta.

Precisamente, la promoción de los ochentas, aunque impugnadora, con una buena parte de estos poetas fue más generosa que la antecedente, pues aceptó en su seno —y los proclamó como parte de su tejido literario— a algunos. Tales son los casos, entre otros: de Delfín Prats, Alejandro Querejeta (1947), Alberto Serret, Chely Lima (1957), Víctor Rodríguez Núñez (1955), Alex Fleites (1954), Abel Germán Díaz Castro (1951), Ángel Escobar (1957-1997), Yoel Mesa Falcón (1945), Ramón Fernández Larrea (1958), León de la Hoz (1957), Aramís Quintero (1948), Efraín Rodríguez Santana (1953), Luis Lorente, Osvaldo Sánchez, Lucía Muñoz (1953) y Albis Torres (1945-2004), por citar solo ejemplos notables. Los últimos asientos expedidos por los representantes del coloquialismo a favor de quienes debieron conformar, en los setentas, una promoción, los habían obtenido: Félix Luis Viera (1945), Osvaldo Navarro (1946-2008), Nelson Herrera Isla (1947), Omar González (1950), Carlos Martí Brenes (1950), Reina María Rodríguez (1952) y Marilyn Bobes (1955). En el caso de estas dos últimas resulta curioso que fueran aceptadas y asumidas como «miembros plenos», tanto por el grupo dominante como por el emergente. Tal vez dos de sus libros respectivos La aguja en el pajar (1978) y Cuando una mujer no duerme (1981), se sitúen en una especie de interregno estilístico que hizo posible la inusual convivencia. De la misma forma otros dos creadores: Bladimir Zamora (1952) y Arturo Arango (1955), consiguieron integrar, trabajosamente, la nómina del «Segundo Caimán», más como críticos que como poeta y narrador.

Los setentas debieron ser los años de consagración pública de una promoción sin anatomía visible, pero faltaron vías para que el hecho se concretara. Además de una revista o un concurso, carecimos, creo, de un líder que capitaneara espacios y marcara hoja de ruta. Acaso una figura influyente de la promoción anterior, tras una ruptura materializada con portazo, hubiera podido encarnar al líder que nunca llegó. El ambiente político no estimulaba las rupturas sino las continuidades. Un dato importante a tener en cuenta es que una parte no despreciable de estos poetas sin promoción procedían de provincias o residían fuera de la capital, detalle que les restaba eficacia operativa. Hoy, ya bien adelantado el siglo XXI en el cierre de su primera década, la mayor parte de los que debieron integrar la promoción de los setentas son escritores con atendible bibliografía. No obstante, la falta de un discurso que en su momento los cohesionara, obliga a la crítica y la academia cubanas a leerlos al amparo de una fragmentación histórico-estética que dificulta notablemente su integración coherente en razonamientos socioculturales de rigor. Quedaron estos creadores, como sin época, como fuera de la lógica poética de la nación en su conjunto. Su discurrir por los espacios editoriales y de promoción ha debido concretarse en solitario, de donde pudieran derivarse algunas marcas permanentes en sus respectivas obras; digamos: la insistencia en códigos existenciales y de cuestionamiento ontológico, el esquinazo a los temas sociales en debate, la suntuosidad metafórica —en ocasiones, incluso, de arranque barroco— asumida como norma y el reciclaje no vergonzante de las formas estróficas acuñadas por la tradición.

En fin, que leer a esta generación que ¿no lo es? y traducir sus aportes y carencias al azaroso algoritmo de nuestro devenir cultural va constituyendo, cada día más, tarea multidisciplinaria de la Antropología, la Politología, y hasta de la Arqueología literarias. Ojalá aparezcan estudiosos que, algún día, reivindiquen con buenos análisis esa condición generacional.
Santa Clara, 29 de abril de 2010­­­­­­­­­­­­­­
NOTAS:________________________________________________

1-. Citado por: Revista Casa de las Américas. No. 65-66/ 1971. pp. 15-16.

2-. Ibídem.

3-. En sus respectivos ensayos «El Quinquenio Gris: revisitando el término» y «Con tantos palos que te dio la vida: poesía, censura y persistencia» publicados en La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión (Centro Teórico-Cultural Criterios, La Habana, 2008, p.p. 26-46 y 95-137) Ambrosio Fornet y Arturo Arango hacen precisiones interesantes sobre características del período en cuestión y, en el caso del segundo, sobre quiénes dirigieron el «Primero» y el «Segundo Caimán», pues aunque el primero contó con la dirección del escritor Jesús Díaz y el segundo con la de funcionarios, ambas etapas se caracterizaron por operar más con criterios políticos que estéticos.

4-. Punto de partida. Compilación de Germán Piniella y Raúl Rivero; Instituto del Libro, colección Pluma en Ristre, La Habana, 1970, 205 p.p.

5-. En la página 117 del volumen citado, Arturo Arango expresa, para referirse a las consecuencias del I Congreso de Educación y Cultura: «Los modos de pensamiento implantados (…) cayeron como manto pesado y oscuro sobre el quehacer literario y artístico, y de ello fuimos víctimas sobre todo quienes, por razones de edad, estábamos ingresando en el ámbito de la cultura».

6-. Nuevos poetas 1974. Compilación de Roberto Díaz, Editorial Arte y Literatura, colección Pluma en Ristre, La Habana, 1975, 147 p.p.

7-. «Nos pronunciamos», manifiesto poético de 1966. Citado por
www.lajiribilla.co.cu. No 18. Septiembre 2001.

8-.Ibídem.

9-. Usted es la culpable. Compilación de Víctor Rodríguez Núñez. Casa Editora Abril, La Habana, 1985, y Retrato de grupo. Compilación de Carlos Augusto Alfonso, Víctor Fowler Calzada, Emilio García Montiel y Antonio José Ponte, Editorial Letras Cubanas, colección Espiral, La Habana, 1989, 174 p.p.

10-. En buena medida discrepo de la manera en que Arturo Arango trata el uso de este término, pues lo presenta como una derivación de las líneas temáticas trazadas, tras el Congreso, a la creación poética, cuando según creo fue lo contrario, dada su separación de los temas de reafirmación política. Aunque Arango salva a poetas como Roberto Manzano y Alex Pausides, no debemos perder de vista que ellos debieron soportar los mismos desafueros que los «no paisajistas», y que Canto a la sabana (texto emblemático del mal llamado tojosismo) solo vio la luz a finales de los años 90’s.





22 de mayo de 2010

Ulises resurrecto

Es cierto: siempre afirmas callando lo que sientes;
no embridas la tristeza para esquivar su grito,
y al llanto que descubren tus lágrimas recientes
las alas que le brotan lo embriagan de infinito.

Se alargan como sierpes las sombras que censuras;
en cárceles de vida tus páginas se ahogan;
la soledad te acecha con trampas que apresuras
y, a punto de exiliarse, los sueños te interrogan.

Si, como Ulises, nadie serás mientras la noche
junto a tu piel desate las brumas de su coche,
¿qué buscas en las aguas que el cíclope maldijo?

Sobre la mar, infecta de Poseidones graves,
divísanse las velas henchidas de tus naves
y en Ítaca te aguardan Penélope y tu hijo.



15 de mayo de 2010

Elegía precoz a un padre vivo

Humanamente limpio,
descorriendo
la nube alucinante
que sin aviso previo derramara
sus cuentas de abalorios,
suele inclinarse leve,
como una sombra más,
hacia su nombre.

Ahora que se confiesa vulnerado,
que ya gastó su piel bajo el hechizo
de airosos ademanes,
ordenando sus sílabas inermes
concluye que las frías navajas del invierno
le humedecen los años,
la estatura.

Tocado arteramente
por ese olor a bruma que afirman los desastres,
yo regreso al origen de sus grietas,
a su memoria hecha de tímpano y sudores,
y hallo la casa triste,
sus ojeras,
el sitio
donde la mesa exhibe
la súbita orfandad de una vajilla.

Agua que apenas roza los límites, las voces
dictadas por un símbolo,
sólo anhela escanciar
toda la sed de su postura humana
sobre la lengua de los hartos;
sólo anhela decir: hay otra fuente
bajo el arroz que lloran los humildes;
sólo anhela saber, de alguna forma,
– hurtando el corazón
a tanta fe varada en los designios –
cuándo podrán leerse
las iluminaciones prometidas
en el silencio enorme que ilustran los diarios.



1 de mayo de 2010

Apuntes sobre un libro de Daniela Saidman


Como era de inferirse, una nueva hornada de poetas ha comenzado a dar noticias de su aparición en Venezuela. El compromiso de la mayor parte de sus miembros con el proceso de transformaciones que se ha venido gestando en el país no debe sorprendernos: aun cuando levante ronchas y escozores en la sospechosa delicadeza de algunos pabellones auriculares, es perfectamente lógico y manifiesto para quienes, ya libres de la obnubilación generada por siglos de inexcusable inopia y de no escasas manipulaciones, vuelven los ojos hacia la verdadera historia de nuestros pueblos. Se trata de un grupo empecinado en avanzar. Y en virtud de la apertura y de la amplificación editorial, sus obras invaden los anaqueles de numerosas librerías y la curiosidad y el interés de los lectores.

A este grupo pertenece Daniela Saidman (Ciudad Guayana, 1977), frecuente suscriptora de lúcidos comentarios y poetisa cuyo nombre suele circular con cierta regularidad por los laberintos del ciberespacio. Hasta el momento, ha compilado sus versos en dos libros. El segundo, América y otros cafés, vio la luz hace alrededor de un par de años y llegó recientemente a mis manos gracias a la existencia del azar.

La utilización inteligente y mesurada de las figuras literarias coadyuva, como todos sabemos, a establecer diferencias sustanciales entre la elocución poética y la prosa. Si aceptamos que las tendencias conversacionales, imbuidas por un notorio afán de comunicación con el universo de sus receptores, se aproximaron un tanto al prosaísmo y redujeron casi a la mínima expresión el uso de los giros metafóricos, no me parece demasiado riesgoso sugerir que, desde mi punto de vista, en estos poemas de Daniela subyace la intención de establecer un equilibrio, un puente, una velada reconciliación entre esas probables opciones creativas:

Siempre tan lejos y tan cerca
siempre dispuesta al roce y a la bala
siempre de cabellos y pañuelos blancos
siempre las entrañas bañadas de la sangre nunca vista
siempre con la muerte en los labios
y el después conmovido por todas las ausencias.

Adviértase cómo en el texto que acabamos de citar, precedido por una dedicatoria que contribuye a explicitar el objeto lírico –las madres de la Plaza de Mayo– el ornamento del lenguaje se apoya en la persistencia de la anáfora, en la reiteración intencionada de un adverbio hasta el penúltimo enunciado. Asimismo, la personificación sustentada por el alejandrino que finaliza el poema, pletórica de belleza y denotativa de vibraciones cadenciosas y estimables, de cierto modo tiende a contrastar con la sensación de permanencia indicada por los versos anteriores. Adviértanse también la antítesis inicial y las expresiones “cabellos blancos” y “sangre nunca vista”, referente a la ancianidad o a la condición de madres la primera, y la siguiente a las personas condenadas a desaparecer por los regímenes de turno entonces en aquellas latitudes. Más allá de todo ese andamiaje tropológico la idea, el fondo, el propósito enclaustrado en el poema consigue revelársenos con meridiana claridad.

Dicho de otra manera: si bien se nos torna ostensible la prevalencia en el cuaderno de locuciones rítmicas y elegantes y exornadas, ese predominio no redunda, sin embargo, en contra de la legibilidad e interpretación del pensamiento. Así, muchas de las botellas lanzadas al vaivén de las olas arriban exitosamente a los remansos de la orilla, y diríase que, favorecido por semejante itinerario, el mensaje que se nos quiere hacer llegar se apropia de la misma transparencia de las aguas sobre las cuales ha viajado:

Un jazz de Chet Baker
suena en esta portátil
que sabe de algunas asignaciones
de trámites y denuncias
notas de prensa
política regional
izquierdas y derechas
pero poco de tu nombre
de la consecuencia de desearte
en esta noche entrada en ausencias

Con la lectura de América y otros cafés asistimos a la concreción de un plectro que, a pesar de su elocuente brevedad, admite aproximaciones enjundiosas a contextos inherentes a las preocupaciones sociales, y exterioriza sobre todo múltiples variantes de la sentimentalidad amatoria, invicta o convocada por los vientos de la nostalgia y de las pérdidas. Su autora, sin desdeñar la toma de partido, se aparta muy atinadamente de apologías y estridencias, y nos permite asomarnos al disfrute de una poesía que, brotando con la naturalidad de un surtidor, logra convencernos por la multiplicidad de sus hallazgos y su palpable dosis de honradez.

En resumen, no creo distanciarme mucho de la verdad si asevero que este libro habrá de significar para Daniela una considerable y oportuna reducción de la distancia interpuesta entre las conquistas primigenias y el advenimiento de la madurez definitoria. De ahí que me apresure a celebrar su acertada publicación y a recomendarlo a quienes viven y avanzan convencidos de que la luz, en ocasiones, adquiere la costumbre de acomodarse junto a las páginas de un volumen de poemas, sólo para darse el gusto de sorprendernos cuando salta.

Yaritagua, 29/4/2010


9 de febrero de 2010

En la luz de tu boca el viejo amor

Muchacha, cuando te pones
a la distancia de un beso,
regocija el embeleso
la savia de sus botones.
Un manojo de canciones
por la sonrisa te asoma
y, repartiendo el aroma
que de tus labios arranca,
vas imitando la blanca
presencia de una paloma.

Sueñan tus brazos. Transita
sus candores ese intento
conciliador que en el viento
sus detalles precipita.
El silencio en ti medita
casi azul. Quiebra sonrojos
la tarde si acentos rojos
te nombran, iluminada
por esta lluvia soñada
que se escapa de mis ojos.

Vierto en la luz de tu boca
el viejo amor que padezco.
La ecuación donde anochezco
-simplificada- nos toca.
¿Con qué sabor me provoca
tu figura, si es un grito
descubriéndome infinito
para la imagen que ofrece
y, ya ennoblecida, crece
junto a la estela que habito?

Por eso, el canto que empieza
demorándose en tu cielo
sube, agitando el pañuelo
que deslumbra en tu cabeza.
Por ti, el aire despereza
la música en los jardines
donde humillados jazmines
van a dolerse. Y se inclinan
sumisos, cuando imaginan
tu desnudez, los delfines.

(de Las puertas de cristal)