20 de diciembre de 2008

La revitalización de la décima: un asunto joven

Por Pedro Péglez González

Ya es tópico (re)conocido el protagonismo de los poetas jóvenes en el proceso de revitalización de la poesía escrita en estrofas de diez versos, del que ha sido testigo el panorama literario cubano a partir de fines de los 80 y principios de los 90 del pasado siglo y extendido hasta nuestros días.

La asunción de las coordenadas de la dominante cultural de la posmodernidad en la literatura, con lo que ello conlleva de rescate de valores pertenecientes a la historia del hombre y su cultura, ganó a no pocos escritores nacidos en los 60 y los 70 para el ejercicio, con su propia y renovadora visión estética de su época, de estructuras cerradas en cierto modo desatendidas como el soneto y la décima, esta última con especial delectación.

Los resultados conforman todo un suceso cultural – al que no han sido ajenos, por cierto, poetas de otras generaciones, estimulados por el quehacer de los noveles –,fenómeno que si no se conoce mejor (y se conoce bien poco) es sobre todo por su coincidencia en el tiempo con la depresión editorial que padeció el país en los 90 del siglo pasado, y de la cual por suerte se ha venido recuperando nuestro ámbito literario.Uno de los libros de décimas que validaron ese proceso fue El mundo tiene la razón, de Ronel González y José Luis Serrano (ambos nacidos en Holguín en 1971), título que ganó en 1995 el Premio Cucalambé – el más importante de la décima escrita –, del cual salieron de las prensas sólo 600 ejemplares con una factura sumamente modesta, y en cuyo prólogo Waldo González López – entonces presidente del jurado –señalaba como virtudes del conjunto la ruptura del esquema gráfico-sintáctico-sonoro de la décima "clásica" y las referencias a temas culturales de dimensión universal.

Ya el primer poema de El mundo... es una apropiación, en este caso del quijotismo como conducta vital, releída a tenor de la nueva etapa que empezaba a vivir el orbe: En un lugar de La Mancha/ de cuyo nombre no quiero/ acordarme un caballero/ traté de ser Mi avalancha/ justiciera fue la ancha/ tristeza de unos gigantes/ que huyeron hacia distantes/ leyendas Hoy mi destino/ es desandar los caminos/ pensando en los rocinantes/ que no tendré Peregrino/ de tristísimos aciertos/ sigo desfaciendo entuertos/ por doquier El desatino/ siempre cambia de molino/ (siempre cambia) Agonizantes/ somos cuerdos los andantes/ (somos cuerdos) y al final/ todo es un sucio ritual/ que nunca escribió Cervantes.

De allá a acá, el propio concurso Cucalambé – nacional hasta 1999, iberoamericano desde el 2000 – ha dado a la luz títulos de obligada referencia para quien quiera acercarse al apuntado fenómeno de revalidación de la espinela, la mayor parte de ellos con autoría de poetas de reciente promoción: Sueños sobre la piedra (Alberto Garrido, Santiago de Cuba, 1966); Perros ladrándole a Dios (Carlos Esquivel, Las Tunas, 1968); Con esta leve oscilación del péndulo (Yunior Felipe Figueroa, Holguín, 1977); y el último puesto en letra impresa, Examen de fe (José Luis Serrano, Holguín, 1971). Este año la tunera editorial Sanlope, encargada de los premios Cucalambé, entregará el libro galardonado en el 2002, Otra vez la nave de los locos, de María de las Nieves Morales (Ciudad de La Habana, 1969).

Otros decimarios, premiados y/o publicados en el período, también revelan el predominio de autores jóvenes; verbigracia, los procedentes del concurso Fundación de Santa Clara, entre ellos El libro del cruel fervor, de Jesús David Curbelo (Camagüey, 1965); Aneurisma, del ya citado José Luis Serrano; y Soldado desconocido, de Yamil Díaz (Santa Clara, 1971). Al mismo tiempo, empiezan a aparecer libros de poesía en décimas como ganadores de convocatorias de poesía en general; tal es el caso de El libro de los cánticos, de José Antonio Vilaseca (Ciudad de La Habana, 1963), que emergió triunfador del Premio Félix Pita Rodríguez en su edición de 1999.

Y ya que hablo de jóvenes y lizas literarias: un certamen jovencísimo (tres ediciones, del 2001 al 2003), desde su pequeño formato (10 a 15 décimas), viene también a cuento para subrayar el protagonismo de punta de los poetas noveles: el concurso nacional Ala Décima, patrocinado por el grupo de igual nombre, adscrito al Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado. Con una participación anual que promedia el medio centenar de obras, procedentes de entre 8 y 11 provincias, los tres capítulos realizados de Ala Décima dan testimonio de una atención progresiva de los autores jóvenes.

En la tercera edición, ya los escritores nacidos en los 60 y los 70 resultaron mayoría entre el conjunto de premios y menciones. Arístides Valdés Guillermo (Corralillo, Villa Clara, 1960) alcanzó el primer sitio con Doce apuntes de un náufrago al inicio del milenio, cuyo discurso de hombre sufriente deja escapar una filiación martiana que lo salva del naufragio: Estalla el trueno. Conozco/ su gravedad, su argumento,/ y en la fábula que invento/ cada minuto es más hosco./ Una voz que reconozco/ sobre mi pecho retumba./ El rayo reluce: zumba/ el viento por el cortijo,/ y yo sé que solo el hijo/ me hará escapar de la tumba.

Por su parte, Diusmel Machado (Guáimaro, Camagüey, 1975), en Abstemio de la gloria, laureado con el segundo premio, apela al diálogo con Ganímedes, copero en los banquetes de los dioses griegos, para una personal profesión de fe: Yo no probaré los vinos/ del Olimpo, porque todo/ lo humano me sabrá a lodo,/ y perderé los caminos/ que al cielo van. ¡Oh destinos/ inútiles! Sólo temo/ embriagarme a tal extremo/ que en mi sueño de gigante/ Nadie su estaca levante/ al ojo de Polifemo.

La tunera Ana Rosa Díaz Naranjo (1973) mereció primera mención con sus Endechas del no elegido, donde invoca al infinito: Qué te espío/ si he de cargar mi agnusdéi./ Qué fábulas te harán rey/ para juzgar el hastío/ que me envuelve. ¿Cuál navío/ cargará las ilusiones,/ desprecios, sueños, naciones,/ cosidos a tu doctrina?/ Parto, mi Dios, cristalina,/ al fin de las estaciones.

También de Las Tunas, José Antonio Guerra (1970) es el autor de Mujeres sobre la espuma, que obtuvo en el III Ala Décima el premio Décimas para el amor, uno de los galardones temáticos que ofrece la convocatoria. Dice Guerra en sus textos: Si no humedezco mi vaso/ y me acuchillan los duendes./ Si en este rugir te ofendes/ ¿por qué me cuelga tu brazo?/ Se me pierde hasta el ocaso/ y entre chillidos se esfuma/ ese andar que ya me abruma/ donde las copas aclaman/ mientras los ojos reclaman/ mujeres sobre la espuma.

Los premios de temas comunitario y erótico fueron a manos de autores capitalinos, de Guanabacoa para más señas. El primero, Omar Raúl Díaz Ávila (1975), con su texto En un lugar de La Mancha, critica el deterioro citadino: El pintor en su ejercicio/ quiso ilustrar la ciudad,/ con los rastros de humedad/ que había en su desperdicio./ Este derrumbe es un vicio/ en toda su arquitectura./ Y el pintor con su locura/ botó lejos su camisa:/ Pintó en el lienzo una brisa/ que no llevaba pintura.

En su caso, Rafael de Jesús Valdivia (1970), con Eppur si muove, da rienda suelta a la libido en quince décimas de una renovada picaresca: Digo bien frente al espejo,/ cadera, seno, pupila./ Del río que me destila/ soy timonel. Yo manejo./ Suelto sobre ti no dejo/ que la corriente me lleve./ -¡Cielos! --grito- afuera llueve./ Frota mi barca el canal./ Hoy dicen que es coito anal;/ mas digo: ¡Pero se mueve!

El premio accesorio de Juventud Rebelde en el III Ala Décima fue concedido a Libán H. Izquierdo (1968), del municipio capitalino de Boyeros, por un cuaderno entre cuyas estrofas se autodefine: Almendro el morir me acosa,/ y tanto abrasar procuro/ que no advierto lo más puro/ de ser gestor de la glosa./ Arpegio, sol, mariposa,/ alzo vuelo, canto, ardo,/ soy pedestal y soy fardo,/ yo soy conjuro, soy fe./ Todo eso soy, porque sé/ que tengo más que el leopardo.

Ala Décima, por lo que se ve, al igual que otros certámenes decimísticos del país, está siendo saludable espacio para un espectro participativo de amplia variedad temática y diversidad de enfoques, y en ello están tomando partido poético los jóvenes creadores, con la vocación de avanzada que los ha caracterizado desde los inicios de este proceso de revitalización de la que Fornaris llamó estrofa nacional. Proceso que ya sobrepasa la década de búsquedas y hallazgos, sin que aún se le conozca suficientemente
.

18 de diciembre de 2008

Salvaguardando la memoria

Muchos años después, ante las páginas de un libro recién salido de una de las imprentas de la Fundación editorial el perro y la rana, el niño que suele convivir con los recuerdos del adulto que ahora soy, dióse a evocar las líneas finales de un poema de Carl Samburg: “Cuando yo, el pueblo, no me olvide de quien quiso tomarme por tonto, (….) la chusma, la multitud, la masa, entonces llegará”.

Sintantatinta
, ópera prima de Armando Cerón Silva, reúne ventiocho ensayos cimentados en el análisis de la inmediatez social que, a contrapelo de sus casi siempre furibundos y acérrimos detractores, continúa oxigenando los pulmones de estos países nuestros. Periodista nacido hace alrededor de diez lustros en Colombia y radicado en Barquisimeto gracias, probablemente, al ventarrón inexorable de la diáspora, el autor comulga sin ambages con la honestidad y, ya desde las palabras que fungen como presentación de su trabajo, nos confiesa el itinerario de su credo desde la indiferencia inicial hasta el compromiso presupuesto en su participación directa o como simple observador en los acontecimientos que analiza.

Conocedor de que la neutralidad nunca pasará de ser un eufemismo encaminado a solapar quién sabe qué aviesas intenciones, Armado reflexiona, dictamina y enseña – porque algunos de sus textos se me antojan dotados de un encomiable y necesario didactismo – desde la posición de los otrora preteridos. Ello, sin embargo, no lo induce a tender ninguna especie de cortina de humo sobre actitudes o acciones que, pergeñadas y defendidas a ultranza por aparentes o insobornables partidarios del chavismo, comoquiera que implicitan, para un ojo sagaz, una desviación del curso de las aguas, lejos de favorecer, no sólo desacreditan, sino que además, -
y esto es lo más lamentable - desencantan y restan cofrades al proceso de cambios iniciado hace más una década en la patria pequeña de Bolívar.

“Si le quitas la piel a un extremista – pareciera estar gritándonos todavía el camarada Ilich – encontrarás debajo a un oportunista”. Esto lo sabe Cerón Silva, como sabe también que la astucia de un lobo agazapado bajo la mansedumbre de un cordero podría resultarle mucho más perjudicial a los intentos del rebaño que la emboscada o el ataque descubierto de una jauría famélica. De ahí que, a pesar de su declarada filiación ideológica, sea poco menos que difícil descubrir parcialidades en los ensayos de este libro. Hay en él un compromiso incuestionable con las exigencias de la ecuanimidad, y el dedo se apresura, certero y sin misericordias banales, a descender sobre la llaga sin detenerse a discriminar acerca del color político de quien la muestra.

Con un discurso transparente, ágil y sentencioso, salpicado en ocasiones por ciertos guiños de ironía degustable y siempre afín a los reclamos de su oficio; yuxtaponiendo ideas breves mediante la utilización mesurada del asíndeton o eslabonándolas a través de la recurrencia a las conjunciones, Armando disecciona, sobre todo, la cotidianidad social venezolana de los últimos años. En apariencias, casi nada consigue sustraerse a la lucidez inquisitiva de sus ojos. Leyéndolo, emprendemos un viaje sustancioso a través de temáticas tan insoslayables como la corrupción, el consumismo, las adicciones, los consejos comunales, el fariseísmo y ese otro estupefaciente sugerido por la mala fe de aquellos que, con el auxilio de la falacia y la tergiversación y el disfraz y los medios de comunicación, se empecinan en estigmatizar las esperanzas tangibles que, ineluctablemente, han contribuido al desperezamiento de las mayorías.

Juzgo deliciosa esa extrapolación que hace el escritor de una parábola evangélica y su atinada recontextualización con elementos del entorno actual, y esclarecedor el texto donde alude al frustrado Congreso Anfictiónico de Panamá. “Los protagonistas de hoy - escribe Armando – son los descendientes de los protagonistas de entonces. Ahí están los políticos de siempre, los firmones, los oportunistas, los herederos de la política que se impuso en ese momento. Ahí están también los patriotas sobrevivientes, en la resistencia, que han podido mantener a duras penas la débil llama de las grandes y buenas ambiciones, que hoy recobran la razón y la vida”. Bofetada mortífera esta que aplica su intelecto a la pobreza reflexiva de quienes, con inusitada tozudez y lógicas mezquindades de por medio, pretenden insuflarle un hálito de reciente novedad a las divisiones sociales que, atribuibles a la inequidad en la distribución de las riquezas, han coadyuvado a distanciarnos prácticamente desde el arribo a nuestras costas de aquel osado genovés. El fantasma que ahora transita por varios países de nuestro continente no es otra cosa que la materialización, en la praxis, de las enseñanzas del Libertador. “Los árboles han de ponerse en fila – sigue advirtiéndonos alguien – para que no pase el gigante de las siete leguas”.

Lamento que en un libro diseñado con tanta exquisitez se resienta, durante algunos saltos de página, la muy bien lograda coherencia del hablante, y que múltiples pifias gramaticales hayan escapado a la curiosidad de aquellos que, afortunadamente, se complotaron para su oportuno alumbramiento. Si bien detalles como estos conspiran contra el prestigio del que debe hacerse merecedora cualquier institución involucrada en la divulgación de las ideas, es de inferir que la constancia y la imprescindible intervención de un corrector de estilo habrán de complementarse para la consecución de la excelencia en ediciones venideras.

Por último, quizás parezca una aseveración precipitada, pero indudablemente la tal Utopía ha ido clarificando sus contornos y, así como avisaba entonces el poeta norteamericano que me he permitido citar al principio de este comentario, el pueblo ha comenzado a recordar y avanza dispuesto al abordaje de otras formas posibles de existencia. Sintantatinta, más que valioso testimonio dirigido a desterrar una considerable porción de las tinieblas con las que se intenta obnubilarlo, es un rotundo espaldarazo a la creciente y necesaria lucha para desarticular el andamiaje urdido por semidioses genuflexos y agraviados para desinformar y confundir, y es, también y prioritariamente, un acucioso empeño que le sustrae a las voracidades del olvido la memoria inmediata que Armando Cerón Silva nos sugiere salvaguardar, entre otras cosas, porque sin ella carecería de sustento esa otra memoria histórica que nuestra América sí necesita conservar.

15 de diciembre de 2008

Poemas de Ricardo Riverón Rojas



FURIA DE FIN DE AÑO (MUDEZ DE FIN DE SIGLO)

Y a quién le voy a dedicar esta furia
de animal que se espanta con su nombre;
a qué calle caminar cuando los ojos
ya no esperan sucumbir de transparencia.
Tendremos que apartarle la verdad a quienes graban,
en la pared, su pánico sutil,
proteger a la niña que se duerme con las piernas
tácitamente dirigidas al ruido de la noche.
Y callar
como el rústico esqueleto de las nubes
cuando anuncian la calma.

¿Qué dulce inmediatez, en la piedad del aire,
pudiera despeñarse hacia el noble musitar
de los almendros en flor
y a quién le voy a remitir la terquedad
de no pacer sobre los frutos tan cercanos del invierno?
Míralas pasar: son las fotos de cuando estuve protegido por el agua:
tenía la bondad de una lámpara salvándome la luz
y en otra parte
cantaba, de cristal, el corazón de un cuervo.

Furia de fin de año (mudez de fin de siglo):
en el mundo nada tiene ese estertor de noche gris
y sobre nadie
debiera descargar tanta paz inclemente.


HAGAMOS PREGUNTAS MÁS AUDACES

Es bueno preguntar a veces
por la falta de dolor de los que viven sin memoria.
Como lógico sería
permitirle a los románticos que indaguen por la luna.

A mí me gustaría investigar
por la parte de mí que sobrevive
después de los discursos donde soy el que resta.

Tal vez puedan pasar por nuestros ojos
taciturnos fantasmas enfermos de intemperie.
Muy bien podría suceder
que después de una semana de ocio y libaciones,
reconozca en mí a los hombres donde al hombre aborrezco:
Fátima, la de una mano delante y la otra en un cuerno,
Gastón, de porcelana, tantas noches inerte;
Sebastián, casi gris, sin saber la plegaria.

Hagamos, entonces, preguntas más audaces:
¿qué mano intentará decapitar
esa mano que, en sueños, decapita los sueños?


RETABLO

Sopla el viento insensible a la mañana
y nada es tan común como asomarse a la pared
donde reposan los que fuimos.
A cada rato, tul:
en las cortinas el aire
manchado por la espuma.
La del centro es mamá; del otro lado
una corbata regresa del invierno
tras el humo epistolar del mes de octubre.
Gorrión. Sagitario. Perdigones en el pecho
de los desconocidos:
ese tío fugaz como una iglesia en las tardes de abulia;
la abuela del sillón, atrapada en sus brazos de mimbre.
Entonces me descubro con la ropa de morirme los domingos
y pregunto por mí:
una sombra en la sala,
sudando mi dolor debajo de los muebles.
Al fondo queda el mar sin una sombra
y el torpe vendaval que devora a los astros.

11 de diciembre de 2008

Confesiones del hijo de Laertes

Poseidón me castiga.
Las veleras
naves que di a la trampa de su hechizo
resisten los embates del encono enfermizo
con que la mar distiende sus fauces altaneras.
Alguien avista nubes agoreras
en el dolor crujiente de las jarcias.
Comprendo
que si al grito del agua no le aprendo
la transparencia lastimada, pronto
se trocará en derrota fingida el Helesponto
en este laberinto de azares que sorprendo.

¿Qué mástiles poblar cuando se sienten
nombrados los deseos por el canto
fatal de las sirenas?
¿Cómo escurrir el llanto
hecho savia en los ojos lascivos que consienten
ante unos labios cuyas voces mienten
para más tarde condenar?
Si fundo
mis fuerzas con las ganas de retornar al mundo
que habitara una vez la permanencia
de una esposa y un hijo y una eximia existencia,
¿quién detendrá los remos que de afanes inundo?

He derrotado a Cirse y no consigo
restarme a la memoria de los brazos,
de los besos ungidos con miel, de los abrazos
que un día eternizara Penélope conmigo.
Siempre hallará la soledad abrigo
junto al cuerpo que amamos.
No lamento
los días desandados ni el huracán violento
que pergeñó con su inclemencia Eolo.
Mi guerra es por la vida que me ha supuesto solo
en esta pesadilla del alma contra el viento.

Sé que debo enfrentar la fortaleza
concentrada en un cíclope.
Mis hombres
quedarán en Caribdis o en Scila y sus nombres
han de subir a hexámetros que alaben la grandeza.
Nadie tendrá que ser, con la entereza
de un dios en el intento, la voz que nunca dijo
la raíz de su astucia.
Ya colijo
que, aunque la mar lo ignore, de algún modo
regresaré a Telémaco, porque después de todo,
qué no podrá un guerrero cuando lo aguarda un hijo.


10 de diciembre de 2008

Hallazgo de Luis Alberto Crespo

Si nos atenemos a lo que afirmara Hemingway durante una entrevista memorable, la célebre novela que lo condujo a la obtención del premio Nóbel fue escrita ciñéndose a su teoría del témpano de hielo. Según esta, por cada parte que observamos sobre la superficie, el iceberg conserva siete porciones semejantes bajo el agua. Así, El viejo y el mar, que con la incorporación de personajes y conflictos inherentes a la azarosa vida de los pescadores de Cojímar pudo exhibir perfectamente un cuerpo mucho más voluminoso, se ofreció a la curiosidad de sus lectores engalanada con una delgadez que apenas rebasa el centenar de páginas.

A un presupuesto similar o, por lo menos, bastante cercano al anterior, podría circunscribirse la poética de Luis Alberto Crespo. Diríase que tal como racionan los beduinos el sorbo que les permite atravesar la desolada inmensidad de los desiertos, preservándose con ello de una posible muerte por deshidratación, economiza el poeta caroreño los hilos con que ha venido urdiendo la limpieza de su obra. Recientemente, bajo el sello de Monte Ávila Editores Latinoamericana, ha comenzado a circular una nueva selección de las criaturas pergeñadas por la pericia de este reconocido cincelador de oscuras claridades.

En lugar del resplandor se nos revela como un vívido muestrario de quince libros de poesía publicados por el autor a lo largo de tres fructuosas décadas. Y ya desde el cuaderno germinal (Si el verano es dilatado, 1968) nos sorprendemos escuchando la voz irreprimible de una infancia que, transmutada en imágenes, descubre un senderillo hacia los territorios de la eternidad patentizando su permanencia en la memoria del adulto aparentemente decidido a perpetuarla en versos.

Si bien en la obra de Vallejo no es difícil deleitarse con textos donde el sujeto lírico es un niño, en el ya citado y en los dos libros subsiguientes de Luis Alberto Crespo, nos resulta prácticamente imposible la lectura de un poema que admita evidenciar en ellos la supresión del hablante infantil. De manera que, a mi juicio, parece innegable la existencia de vasos comunicantes entre ambos creadores. Ese temor ante un probable enfrentamiento con lo ignoto, esa angustia implicitada en el discurso del infante que nos golpea en Trilce III, es casi la misma zozobra del niño que nos habla desde alguno de los poemas del álbum aludido:

Volvía de la cama como de un entierro,
me escupían, me encaramaron en las cañabravas…

(……………………………………)

Dijeron que iban a salir,
que iban a hundirme en el patio como un clavo,
y comenzaría a sudar, a sudar…

( de Espantos)

Demostrar que esta concomitancia de aires sea fortuita, o que el segundo haya incorporado, previamente decantadas por el aprendizaje reverente, ciertas resonancias del primero al diapasón de su trabajo, es algo que, sin duda, sería merecedor de un estudio más amplio y acucioso.

En la antología que intento apostillar, se hace ostensible una extraordinaria fidelidad del orfebre a la procedencia de los elementos destinados a elaborar sus joyas. Si existe algún leitmotiv en esta obra, es la sublimación del escenario afín a los primeros años del poeta. Pero de ello, y de sus conexiones con otros maestros de la poesía venezolana, me permitiré hablar más adelante.

Por el momento, y para no dejarnos vulnerar por el imperio del desorden, continúo diciendo que a raíz de su cuarto libro (Rayas de lagartija, 1974) comienzan a notarse ligeros cambios en la poesía de Luis Alberto Crespo. Sin embargo, estas mutaciones no son localizables en el universo de vivencias con el cual – y al parecer de modo definitivo – ha determinado emparentarse, sino en la estructura, en la tipografía del poema como entidad independiente. A partir del susodicho cuaderno se manifiesta una reducción en el volumen de los textos, y se disminuye paulatinamente el uso de la conjunción copulativa para privilegiar el incremento de las yuxtaposiciones y de los espacios en blanco; después, aunque más tarde se regrese a ella, el poeta prescinde de la puntuación e, incluso, en uno de los poemarios decide utilizar mayúscula inicial en todos los versos:

Afuera
Ninguna casa es para vivir

No hay otra pared
Que la grieta en el cuerpo

Lo borrado
Me quita la voz de la boca

Mi casa nunca se alza
Nunca es por dentro

Mi casa es la espina continua
Que me roza

(de Entreabierto)

Asimismo, a partir del libro mencionado se pierde un tanto la transparencia de las enunciaciones y el lenguaje, o mejor, la atmósfera que el artista nos entrega como síntesis de abstracciones creativas, tiende a hermetizarse y el poema, brevísimo, se acomoda en la página evocándonos una especie de arquilla desde la cual ascienden hacia el intelecto del lector, que aspira a interpretarlos, efluvios enigmáticos. Y para desentrañar esas emanaciones, más que a las palabras, ante los guiños de esta poesía es preciso atender a la elocuencia escandalosa del silencio:

Lo que decía
se me pierde en la subida

Estar es soledad pensada

Sin huella es pasar las curvas

Sin más es esta piedra en la mano
caída juntos

¿Comprendes?

Sin palabras es lo verdadero

(de Sentimentales)

Llevo cinco años en Venezuela entregado al ejercicio de una profesión que suele reclamarle tiempo a quien la practica y, en consecuencia, la relación de literatos del país cuya obra me ha sido dable conocer no supera los seis o siete nombres. A pesar de esto, no juzgo desacertado aseverar que con la poesía de Vicente Gerbasi, por una parte, y con la de Ramón Palomares por la otra, tiene la escritura de Luis Alberto Crespo incuestionables puntos de contacto. Si del autor de Mi padre, el inmigrante, asumió, previa tamización, algunas pinceladas que les confieren colorido y plasticidad a su quehacer, con el vate trujillano aprendió a convertir los caracteres del entorno primigenio y el vocabulario de sus pobladores en sustrato inseparable de su poética. Sin embargo, mientras en la órbita de los dos primeros es factible constatar el predominio de los poemas de largo aliento y, por lo mismo, paladear la fruta en toda su extensa y deliciosa esplendidez, el poeta larense calla la pulpa y nombra la semilla. De ahí que sus textos nos recuerden la respiración entrecortada de alguien que culmina exitosamente, luego de revitalizadoras detenciones, el fatigoso ascenso a la esquivez de una montaña:

Escribo
y cruzo

Una vuelta te regresa
y otra te ausenta

Lo que había en el fondo
la pendiente oculta
me es elevación

Sin altura: ir por sed toda la mañana

(de Solamente)

Aún cuando siempre ha sido viable la apoyatura de un artista en referentes clásicos para la concepción de una obra imperecedera – y pienso que aquí el autor más emblemático en este sentido sería José Antonio Ramos Sucre –, el lenguaje de Luis Alberto Crespo soslaya esos caminos y se nutre de vocablos con olor a monte y a terreno árido y resulta, en esencia, idéntico al que usan los habitantes de la ruralidad venezolana. A través de sus textos, aderezados con figuras de muy bien ganada belleza y altísimo vuelo literario (Cierro los ojos / Lo que se movía inmóvil en ellos / es verano), desfilan flora y fauna saturándose de tonos elegíacos y conmovedores y el caballo, como en Martí, es enaltecido al extremo de alcanzar categoría simbólica recurrente dentro de la compilación que ahora nos induce al gozo estético. En ella tórnase palpable la interiorización de la naturaleza y el culto a una sabiduría que, a pesar de su génesis local, entronca inexorablemente con el acervo universal y pareciera inmortalizarse con el elogio del poeta: <<Siempre es mejor lo que sucede>> / decía mi abuela. / Lo estoy leyendo en Parménides.

En Lado (1998), cuaderno que, recogido también de manera fragmentaria, concluye la presente antología, nos llama la atención un poema sui géneris, sobre todo por el hecho de que su amplitud excede las seis páginas. Si a ello le sumamos la utilización de locuciones empapadas por ciertas humedades citadinas, no es descartable la posibilidad de que, tal como se atreve a sugerirnos el suscriptor del prólogo, el ámbito rural de la poética de Luis Alberto Crespo se dispone a la invasión de los predios del urbanismo. No me arriesgo a especular en torno a tal hipótesis porque, haciéndole honor a la franqueza, ignoro lo escrito por este hijo de Carora con posterioridad a la fecha encerrada más arriba entre paréntesis. Permítaseme entonces concluir afirmando, ajeno a gratuidades y a ridículas lisonjas, que con su acercamiento al libro que nos ha ocupado, lúcido repertorio de lampos nacidos para expandirse en haces perdurables, se asomarán los buenos lectores a una de las voces más personales de la poesía escrita en Hispanoamérica durante los últimos decenios.

Órbita del taxista

Sé que la sal precipitada
sobre una frente que simula cuenca
de arroyuelos nerviosos,
no le confiere al hombre que soy, encaneciendo
detrás de la memoria de un volante,
inconmovible aspecto de estatua humedecida.

El martirio comienza con un grito
que cierto dios esboza cuando se juzga lastimado.
Y la piel se dispone a la mordida
disimulada en el asiento y suben,
granándose de ruidos tortuosos, las volutas
que unos dedos de brisa desparraman.

Toda la inconsecuencia del asfalto
lamido por la lengua sensual de las esquinas,
por etiquetas viudas,
por envases,
por chapas
y sorpresas afines,
avanza velozmente hacia unos párpados inmunes
donde instala el oficio su vigilia constante.

Y aparece de pronto, desterrando
la molicie reciente,
un sitio atiborrado de actitudes humanas.
Y ocupan los viajeros,
todavía con restos de otra noche,
con remanentes de penumbra derrotada en los labios,
ese mínimo espacio que aproxima
la ociosidad del cuerpo al ejercicio laborioso
y a la desolación y a los conjuros.

Yo distraigo el asombro: con un golpe
de vista identifico la efigie de los héroes
que pasan, perpetuados en monedas,
desde diversos escondites hacia las manos mías,
olorosas a grasa y a cotidianos exabruptos.
Nadie
podría imaginar con qué apetencia,
con qué deseo encadenado aguardan
por esa música elocuente que comienza en mi bolso
la inquietud de una esposa y el sueño de los hijos.

Hay algo en mis labores
que recuerda los círculos girantes de la noria:
bajan dos pasajeros y abordan otros tantos
los puestos expeditos;
si una vuelta concluye, la próxima se inicia
con el deceso airoso de la hermana.

El día se hace hoguera, remembranza de infierno,
y los heraldos del calor abultan sus carrillos
e inflaman las trompetas.
Pero yo sé que permanecen colgados de mi arrojo,
de la constancia mía,
del triunfo de los cauchos,
la esperanza y el cielo y los estómagos
de emociones vecinas o engendradas
por el impulso de mi sangre.
¿Cómo escapar entonces
del susto vertical de la canícula,
de sus dardos infieles, de la fiesta
del ojo suspendido en la mitad de su trayecto?

La tarde, sucediendo, desmenuza
su rostro de minutos
contra la oscuridad que disemina sus espantos
y exige los faroles.
Y, recién vulnerada la enseña del crepúsculo,
vuelvo a los brazos de una esposa
y a la impresión del agua,
y al olor que requiere paladares
y al sueño que alimenta los pasos de mis hijos.

Y, asiéndome a la forma de sábanas urgentes,
afirmo que es hermosa esta costumbre,
porque sé que la sal precipitada
sobre una frente que simula cuenca
de arroyuelos nerviosos,
no le confiere al hombre que soy, encaneciendo
detrás de la memoria de un volante,
inconmovible aspecto de estatua humedecida.


9 de diciembre de 2008

Silencios y caminos de un poeta

Hay seres que, atrapados ineluctablemente por la pasión de la Literatura, deciden asaltar, con la perseverancia de su entrega, el ostracismo inherente a las pequeñas poblaciones. La concurrencia del azar me deparó, hace algunos días, un fructífero encuentro con uno de esos reverenciables arquetipos de irredimible tozudez.

Se llama Neri Carvallo Barragán. Nació en 1942 en Yaritagua, localidad ubicada a escasísimos kilómetros de Barquisimeto. Y es probable que sólo al compromiso con una vocación ineludible y al empeño de convertir en trazos duraderos la efímera vitalidad de las palabras, deba el lujo de haber contemplado el alumbramiento editorial de siete libros de poemas rubricados por su nombre. De un trago único acabo de catar, como a los buenos vinos, el último de ellos.

De todos los silencios… de todos los caminos… agrupa medio centenar de textos que acusan la permanencia de un hacedor de versos con un dominio respetable de sus recursos expresivos. Alfa y omega de casi todo lo animado, el mutismo déjase vulnerar por el entorno vivencial de alguien que, luego de paladear el polvo agazapado en esa multiplicidad de senderillos que presuponen su itinerario por el tiempo, nos lo devuelve convertido en símbolos de transparencia degustable. Nada sería el poeta, sin embargo, si la sumatoria de tales fragmentos, al ser incorporados a su imán, se resiste a ser asumida como propia por los destinatarios del mensaje.

Con la poesía de Neri Carvallo, gracias a una virtud dable sólo a la honestidad de los artífices, asistimos a la pluralización de las singularidades y a la persistencia del lampo en la memoria agradecida del lector. Hay en estos poemas, donde la concisión y el tono les confieren a más de uno cierto aire aforístico, una musicalidad que se materializa a expensas del uso del metro endecasílabo y su decantada fusión con otras entidades métricas afines. El lenguaje, salpicado de atinadas y múltiples metáforas, evade felizmente las connotaciones laberínticas y se nos ofrece, híbrido de profundidad y sencillez, con la misma limpieza de la fuente que admite la contemplación de las piedrecillas depositadas en su fondo.

Dándose a la introspección de la naturaleza, génesis de varios de los textos, y tocado por un carisma incuestionable para sorprender la perdurabilidad de lo instantáneo, Carvallo bosqueja cuadros cuya exquisitez no sería desdeñada por los amantes del impresionismo:

Polifemos azules
imponen el rigor de sus miradas.

La espiga
duerme en las oraciones del labriego
y orugas voladoras
ornan de trinitarias el altar del crepúsculo.

(…………………………………)

… en la distancia herida de candelas
un embrión de relámpagos ocultan las cenizas.

(de Presagios)

Pero también paisajes de resonancias interiores, de reminiscencias e intimismo, de espiritualidades que fundamentan sus latidos a partir del tránsito de la individualidad acicateada por el afán de conformarle un rostro a la embriaguez de sus anhelos, no siempre conquistados, hallan cabida en el lirismo que consagra las inquietudes del poeta:

En todos los motivos hay encuentros
donde el hombre se abisma de silencios sagrados.

(…………………………………..)

Sin embargo,
todo se hace más noble, más grande y más humilde
con la sinceridad de alguna lágrima.

(de Encuentros)

La mujer, símil de aroma repartido que transfigura en admirable gesto cercanas agonías, incitación pecaminosa y, al mismo tiempo, síntesis y perpetuación de la bondad implícita en las realizaciones amatorias sólidamente cimentadas, desde la complicidad de alguna página hurta confidencias a la franqueza comprometida con el sujeto lírico:

En el oscuro bosque de mis tardes,
tú, muchacha bonita,
iluminas mis últimos pecados
con la flor incendiaria de tu beso.

(de Orquídea)

En compendio, estos poemas de Neri Carvallo tipifican una ejemplar simbiosis entre la conciencia y la materia donde, tal como afirma el signatario del lúcido preámbulo, “angustia y monte van de la mano haciendo y deshaciendo los caminos, con la firme tarea de mantener su continuidad y buscando el equilibrio que necesitan ambas existencias”. De modo que asomarse a la concreción artística engendrada por la meditación del creador en torno a esta palpable dualidad se trocará, sin duda, en sano esparcimiento para quienes descubren en la poesía uno de los tantos senderos que conducen a enaltecer el alma de las cosas y a mejorar la vida.

Finalmente, si hay algo que no juzgo atinado en este libro, es la censurable parquedad de su tirada. Infiero que, a pesar de que su circulación se redujera sólo a los límites estadales, quinientos ejemplares no resultan suficientes para satisfacer las hipotéticas demandas. Muy loable sería que las instituciones involucradas en el proceso editorial, engorroso in extremis para los forjadores de las letras en el estrecho marco de la oquedad municipal, asumieran con meridiana claridad la trascendencia de su rol. Mal encaminados deben de andar los pueblos cuando se le oblitera la amplitud al espacio ganado, a golpes de esplendidez y de constancia, por la sabiduría de sus hijos.