25 de febrero de 2011

Hablar de poesía en posguerra


 Por Carmen Sotolongo Valiño

Hace ya nueve años que el poeta Arístides Vega creó para mí un espacio mensual en el Proyecto Ateneo de la librería “Pepe Medina” al que nombramos “Hablar de poesía”. No es un taller de creación sino un lugar donde se comparten saberes que escasean en el debate y la enseñanza habitual acerca del género. Prefiero enfocarme fundamentalmente en los rasgos estilísticos de la poesía, o sea, en los recursos poéticos y su evolución. Los ciclos del curso han trans-currido, varían, se enriquecen, pero existen ciertos libros, cuyos textos se me han convertido en indispensables para esta labor, pues son, junto a los clásicos, la ilustración perfecta de la realidad práctica de la teoría. Entre ellos se encuentra Fotógrafo en posguerra, de Yamil Díaz Gómez, editado por Unión en 2004, y que ahora conforma la parte tercera y última del libro La guerra queda lejos, Letras Cubanas, 2009.

La poesía de Yamil es paradigma de la recuperación contemporánea del soneto y la décima, el tratamiento de la imagen autoral y la interrelación de la poesía con otros campos de la cultura. Desde que obtuvo el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara con Apuntes de Mambrú (Capiro, 1993) y luego con Soldado desconocido (2001) se reveló como un autor con grandes dones líricos y disciplina para cultivarlos. Tuve la convicción, cuando ojeaba por primera vez Fotógrafo en posguerra, de que al pasar el tiempo este muchacho quedaría como un clásico que a principios del milenio leía aún el último periódico del siglo y componía un poema dentro de cuyas redes quedaba apresado. En este libro dos secciones completas están formadas por sonetos endecasílabos propios, alejandrinos polirrítmicos o combinaciones polimétricas, fluyendo en perfecta armonía, sin un solo tropiezo acentual. En su conocido “Elogio del endecasílabo” expresa Dámaso Alonso: ¿Qué ángel matizó la sabia alternancia de los acentos, la grave voz recurrente de la sexta sílaba, o los dos golpes contrastados de la cuarta y la octava, en el modo sáfico? Décadas de rebeldía métrica y pretendida experimentación “actualizadora” con formas ríspidas han demostrado solamente que no bastan once sílabas métricas para crear un endecasílabo, hay que tener oído para su especial acentuación.

En este tipo de verso Yamil muestra una clara preferencia por el acento constituyente en la sexta sílaba (yámbico) y la flexibilidad combinatoria del apoyo en las anteriores, que puede estar en primera, segunda, tercera o cuarta, aunque con una preferencia estadística de la pauta que la tradición ha llamado melódico (3 – 6 -10)(1). Le sigue en frecuencia el de cuarta y octava (sáfico). Son, sin dudas, los soportes rítmicos que le confieren a este metro el don extraño y especialísimo de ser antiguo pero no anticuado, de ser elaborado y a la vez natural. En “Borges bajo la lluvia”, Yamil va desarrollando su tema en las diferentes variantes del yámbico, y sigue hasta llegar al verso final donde nos sorprende el cambio, esta vez en cuarta y octava: (…) Los hombres vagamente sabrán luego / –cuando lo cuenten Borges y Tiresias– / que en la lluvia hay oscuras peripecias / solo visibles para un ojo ciego. En este soneto podemos apreciar, además, cómo la intertextualidad se hace trascendente cuando el intertexto proviene de la literatura: misterio, crucifixión, Dios, Borges y Cristo. Cuando proviene del mundo cinematográfico el sentimiento es más terrenal, como en “Los paraguas de Cherburgo”, esa “(escena del regreso)” dibujada a pinceladas sueltas, rasgadas, inconclusas, donde no se nombra la palabra “amor” –obliteración del significante, recurso de las poéticas neobarrocas– porque su imposibilidad raigal es el gran tema. Este soneto utiliza muy sabiamente el llamado “signo de indicio”: Cruzan otra ciudad, bajo otra nieve, / otros novios hirientes de inocencia. (…) Inusual que la inocencia se califique de “hiriente”; signo un tanto difuso todavía a la altura del segundo verso, es paradoja que indica su pérdida, su segura transformación en dolor; realidad que nos hiere porque ya sabemos su desenlace; “dolor” es también un significante obliterado, su representación en el poema se da por otros signos que lo aluden metonímicamente y van configurando su significado. La “ruptura de sistema” es columna vertebral en el texto: Ya no bajas del cielo cuando llueve. / En Cherburgo no llueve: cae la ausencia. La frase hecha “cae… la lluvia, la nieve”, está subyacente, no explícita, pero evocada por el contexto y cuando, a contrapelo de lo que ocurre en la realidad del conocido filme, se nos afirma que en Cherburgo no llueve y aguardamos, tras los dos puntos, una explicación de campo semántico opuesto, el poeta rompe con la expectativa lógica y sintáctica. También hay ruptura de sistema a nivel rítmico en los cinco versos finales: luego del predominio hasta el inicial de los tercetos, de endecasílabos melódicos (3 -6-10), se suceden cuatro en la variante heroica (2-6-10) enfatizados, además, por la anáfora cuya conclusión se lleva con un encabalgamiento suave hasta el verso final constituido por un endecasílabo a la francesa, de acentuación en cuarta sobre palabra aguda, y luego en sexta o en octava, aunque aquí no nos interesa la clasificación taxonómica de los versos sino constatar la imbricación magistral de los recursos estilísticos :

¿Qué me queda? El Olvido. Sus espejos.
Tu nombre, disipándose a lo lejos.
Tus manos, como cántaros remotos.

Tu risa, como un río detenido.
Tus ojos, como dos paraguas rotos
que no podrán cubrirme del Olvido.

La tropología visionaria engarzada en un recurso tan tradicional como la anáfora, se une a la riqueza rítmica para dar al cierre del soneto la elegancia propia de un madrigal, donde se recogen todos los motivos temáticos esparcidos a lo largo de los catorce versos: la ausencia, la guerra, la partida, la lejanía, lo remoto, el desamparo frente al Olvido.

Amante y conocedor profundo de la cultura popular, puede armar un soneto, todo juego e ingenio, ensartando títulos y frases de las más conocidas canciones del acervo tradicional en “La gloria eres tú”. Recuerdo que en mis días de la enseñanza media era este un esparcimiento muy frecuente. El amplio bagaje cultural de Yamil lo hace un buen conocedor de la materia que moldea; elige bien sus citas, cargadas de afectividad por su naturaleza intrínseca: Quiéreme mucho. Ven a la campiña (…), les añade una pizca de ironía en la ruptura temporal: ahora todas las cosas que uno quiere / en un disco se pueden alcanzar! Y logra un excelente soneto que es, a la vez, homenaje a la cancionística popular y poema de amor, que potencia el placer del texto no solo con la pertinencia de sus citas sino también con la pericia rítmica apoyada fundamentalmente en el endecasílabo melódico, como conviene al asunto que trata. Anotemos de paso la fluidez del lenguaje, la facilidad de explotar la tendencia de la lengua española a cohesionar la cadena fónica mediante enlaces y sinalefas. Oigamos de nuevo este verso:   si en tu ausencia no hay bella melodía, el que de quince sílabas gramaticales llega al endecasílabo por tres sinalefas, dos de las cuales ligan tres vocales.

Pero en los poemas en verso libre de este conjunto nos seduce igualmente la cadencia, la limpieza de los sonidos, la suavidad de sinalefas y enlaces. Y a poco que nos adentremos en la lectura sorprendemos versos, o pequeños grupos de versos isosilábicos, señaladamente endecasílabos propios, alejandrinos, eneasílabos, heptasílabos y pentasílabos, todos con su característica repartición de acentos, sabiamente cortados a tiempo por otros cuyo patrón es libre. Seguimos sintiendo el poema como libre, por tanto, ya que el contexto mayor nos obliga a dejar de sentir los elementos que determinan la regularidad de los isosilábicos, pero se potencia increíblemente la armonía, musicalidad y complejidad rítmica de los poemas.

Por otra parte, he oído ya con demasiada frecuencia que Fotógrafo en posguerra cierra la trilogía acerca de la guerra, que comenzó con Apuntes de Mambrú y cuyo segundo hito fue Soldado desconocido. La actual reunión de los tres libros en La guerra queda lejos, con el excelente prólogo de Roberto Manzano, lo confirma. Me pregunto, ¿es que estos tres libros tratan solo de la guerra?, ¿es que no va a escribir ya más el poeta acerca de este tema que le obsesiona? La respuesta a la segunda pregunta pertenece al futuro ; en cuanto a la primera, es absolutamente negativa: en los tres poemarios son recurrentes los temas eternos de la poesía: amor y desamor, muerte y vida, biografismo, la relación entre el yo y los otros ; el tiempo, tanto el cósmico como el biológico –infancia, adolescencia–; el arte, la literatura (fuerte presencia), pero también el cine, la canción popular, los cuentos infantiles, el anonimato y la trascendencia, y aquellos imposibles que guían la conducta humana. Para Harold Bloom, el elemento primordial de la poesía lamentablemente es la adivinación, o sea, la desesperación por tratar de presagiar los peligros para el ser, provenientes de la naturaleza, de los dioses, de los demás, o, en verdad, del ser mismo. Y es que la guerra resume todos estos peligros, como se demuestra desde la Ilíada hasta el cine bélico de nuestros días.

Adivinación, presagio; en el primer poema, que da título al libro Fotógrafo en posguerra, el hablante lírico afirma:

(...) 

les adivino un porvenir desde mi cámara.
Dicen que un arpa sonará,
que algo va a renacer,
y nadie más perderá su barrio y su farol;
mas ahora posen para estas instantáneas que engordan el pasado.
(Todos los barrios tienen un Miguel de Nostradamus,
y es el pasado lo que profetizan).
(…)


Es la guerra, entonces, una isotopía fuerte en su poesía, signada no obstante, como he dicho, por la heterogeneidad. Por ejemplo, hay mutaciones inte-resantísimas en la figura del poeta, representadas en el libro por el hablante lírico y sus codialogantes. Es sabido que la lírica es el género que más propicia la identificación lectora del autor con el ente que habla en el poema, sintiéndose así la enunciación como un acto del habla que ocurre aquí y ahora. En el romanticismo y hasta el Modernismo la lírica permitía la correlación entre el sujeto lírico y la imagen auroral, era común la efusión sentimental y el poeta, al construir su imagen en los versos, quería solo ser un ser humano. En la vanguardia y en la posvanguardia esta imagen se construye sobrepasando los límites de los humano y no quiere ser reconocida más que como una voz; el protagonista de la enunciación es el lenguaje y el poeta no es más que su instrumento. En la poesía actual (¿pos-posmoderna?) el yo poético no posee una característica unitaria. Una de sus constantes es darle voz al otro. En un ensayo brillante, Nöel Castillo llamó a esta posición “fingimiento”(2). Yamil transita por una variedad de sujetos líricos que cumplen esta característica de enmascaramiento, en el poema anteriormente citado, por ejemplo, es ecléctico: por una parte, si creemos al título se trata de un fotógrafo de barrio, pero el hablante dice: yo, que nunca he existido (…) o: Aunque nunca he podido dejar en una efigie / mi cuerpo de humo, / mi corazón de humo,(…) ya que, el carácter mismo de la fotografía deja fuera, y muchas veces en el anonimato, a su autor. Este fotógrafo, con señas ora de mutilado, ora de adivino, de muerto, de profeta o de fantasma, va alternativamente de lo figurativo a lo abstracto, del que pregona para que se asomen, al que solo habla a través de las cartas escritas a muchachas que, al final, en un acto enfáticamente autorreflexivo, se convierten en los versos de este mismo poema que ellas leerán emocionadas en el futuro. En “Canción de amor a Blancanieves” es el espejo del cuento tradicional el que asume el rol de sujeto lírico: (…) vine a gritar tu belleza, / a comerme si puedo tu fruta envenenada, / y así al final de la leyenda serás feliz con otro (…). Citaré a continuación el cierre del poema, en el cual puede advertirse, además, la presencia de la métrica escondida en el verso libre de Yamil: la combinación métrica resulta sumamente armoniosa porque el alejandrino esta compuesto por dos hemistiquios heptasílabos, y porque este metro de siete sílabas demostró desde siempre su idoneidad para mezclarse con el endecasílabo, en series como la estancia y la silva, de rara afinidad con el verso libre.

(…)
Heptasílabo: y tu no sabrás nunca
Alejandrino: que cuando nadie crea en príncipes azules
Heptasílabo: quedará un solo espejo
Endecasílabo: donde siempre serás la más hermosa.

Heptasílabo: Yo, que no tengo rostro
Heptasílabo: y los pido prestados
Heptasílabo: para poder llorar.

Volviendo a la ficcionalización del yo poético, en “Madrigal del verdugo”, es este personaje aludido en el título el que habla, o es taquillero, proyeccionista, rotulista en “Crónica de cine”: (…) Me gustan las películas donde ganan los malos / porque nadie más malo que yo mismo. / Yo reparto boletos. Yo prendo el proyector. / Anuncio en cartelones las escenas del crimen o el rapto de la novia. (…), o en “Carta al loco del bario”, donde asume el rol de coprotagonista del loco. En “El soldadito de plomo” el hablante es el soldadito, que declama su poema en sonetos a la bailarina de papel. En todos estos casos es un personaje figurativo, se refiere al mundo exterior, es cosmológico. Pero no se elude el autobiografismo, ficticio o real, la nostalgia por la pérdida de la infancia, de los primeros sitios amados, las muertes familiares… puede citarse “En un rincón del barrio quedaron páginas de invierno”, o el titulado “Hoy, cuando acariciaba la cabeza del hijo del vecino”:

(…)
Tú –sin haber estado– te me fuiste.
Y cuando cruces el portón más triste,
un regaño será mi bienvenida.

Te voy a regañar porque tal vez
la verdadera muerte no es lo que está después
sino lo que está antes de la vida.

Hay poemas de amor y desamor como “Primer poema con Aurora”. En esta línea, pero además deliciosamente autorreflexivo es “Letanía menor para tu mano”, donde al final el sujeto lírico queda perdido en el mismo poema que él escribe. A veces el hablante renuncia a la figuratividad y se hace más abstracto, más general, encarnando al Hombre, con mayúscula; es el caso de “última crónica de cine: el gran dictador”, y, señaladamente, en “Manifiesto”, soneto endecasílabo que combina armoniosamente las variantes yámbicas y sáfica, además de ser ejemplo de los finales rotundos que son una de las más notables características de la poesía de este autor.

El poemario concluye con una de las tres piezas más famosas del libro (la tríada a la que aludo es “Fotógrafo en posguerra”, “Temba feroz” y “El flautista en la cruz”), este último, publicado primero en plaquette por Ediciones Vigía, fue el escogido acertadamente para el cierre. En cuanto a la posición del sujeto lírico, esta vez es, por sus atributos, Cristo, y el destinatario de su discurso es el Hombre, personaje figurativo uno y generalizante el otro, drama cosmológico y noológico a la vez porque alude al mundo interno y conceptual del ser humano. Constituye, asimismo, paradigma de deconstrucción de un metarrelato porque el sacrificio expiatorio de Jesús se deconstruye buscando nuevos sentidos. Consecuentemente el recurso estilístico de la ruptura de sistema es constante en sus versos:

(…)
tú eres capaz de amar y traicionar:
eres el único milagro.
(…)
durante veinte siglos has puesto precio a mis parábolas.
Dios hizo el mundo, y tú le has puesto precio,
(…)
Si no logramos tocarnos las entrañas uno al otro
será porque la vida
es una trampa donde tú naciste,
y no te puedo rescatar. (…)

Los ocho versos últimos de este extenso poema son una combinación de heptasílabos y pentasílabos, que terminan con un pareado perfecto de endecasílabos yámbicos, y forman un final rotundo y conclusivo:

Pero sigo gimiendo,
y no me escuchas;
pero sigo sangrando,
y no me escuchas;
pero sigo creyendo,
y no me escuchas.
Y al final no comprendes porque, HOMBRE
la vida era la única parábola.

Mambrú, en fin, se fue a la guerra, y allí comprendió que moriría sin hijo ni apellido, como aquel en cuyo osario solo figura una cifra: C-3 / F-9, y lo complaceremos, no diremos su nombre, esperaremos tercamente nosotros, los presuntos sobrevivientes, a que la flauta nos toque y nos volvamos música, símbolo ambivalente de alegría y tristeza, pero también de la leyenda y la serenidad, ese incierto porvenir que nos presagia el fotógrafo deseoso de retratarnos en esta, la posguerra.

________________________________________

1-Tomás Navarro llama yámbico al endecasílabo de acento constituyente en sexta y distingue en él tres clases: el enfático, con acentos en primera, sexta y décima; el heroico, en segunda, sexta y décima; y el melódico, en tercera, sexta y décima. De todas formas, siempre el más perceptible recaerá en sexta y el obligatorio estará siempre en la sílaba décima, como es obvio.

2-Noel Castillo: “Fingimiento y fermosa cobertura: poesía siempre” en Umbral (1): 22-23; Villa Clara, 1999.


Tomado de Hacerse el cuerdo



20 de enero de 2011

La frente contra el muro


Piensas que no has de ser, como quisiste,
hacedor de algún verso perdurable
y, sin embargo, a la mudez palpable
que implicita el silencio, se resiste

la intolerancia de tu voz. Persiste,
como arraigada en ti, la inexorable
costumbre de buscar lo inatrapable
con que a la sed de un sueño te ofreciste.

Si un día te levantas y reniegas
de la opresión que sufres, cuando entregas,
después, algunas líneas al futuro

de la página en blanco, perpetúas
el afán primigenio y continúas
golpeándote la frente contra el muro.


9 de diciembre de 2010

Noticia



Desde hace algunos días, hemos comenzado la publicación de una nueva página. El título –EDICIONES PdA– define perfectamente su objetivo: editar, sólo en formato PDF, libros de escritores latinoamericanos, con la posibilidad de que cada uno de ellos (los libros, no los escritores) puedan ser descargados fácilmente de la red.

Para acceder a este nuevo blog los interesados dispondrán de dos vías: haciendo click sobre la imagen que ilustra la presente información y que hemos ubicado debajo del archivo de Pólvoras de alerta o, más directamente, auxiliándose del siguiente link:


Denle una ojeada al sitio que, como es lógico, no dejará de agradecerles la visita y, disculpándonos  el pleonasmo, constaten con sus propios ojos que, a pesar de nuestra escasa experiencia en estas lides, las ediciones, comparadas con otras que suelen acecharnos por ahí, se les presentarán bastante decorosas. Tengan en cuenta que el índice al final y los marcadores que les estamos colocando, les permiten a los lectores el desplazamiento y la ubicación rápida de textos específicos sin la necesidad de que se martiricen las yemas de los dedos con el rodillo del ratón.

A los colegas que deseen aprovecharse de este medio para la divulgación electrónica de sus obras, no sólo se les invita a que colaboren con nosotros, sino que, además, se les garantiza que, en caso de que se decidan a hacerlo, no nos sentiremos ni ofendidos ni maltratados por ello. Ahora bien, para mantener el diseño de la colección será necesario que nos envíen a través de nuestro correo los adjuntos que a continuación les enumeramos:

1-. Una imagen escaneada de la tapa del libro (esto si ya existe una edición física de la obra) o la ilustración que deseen colocar en la portada.

2-. Una versión en Word del texto, acompañada de una breve nota biobibliográfica.

3-. Una foto (por supuesto, que no espante demasiado).

Y, dicho lo anterior, caros amigos, les saludamos con la mayor cordialidad del mundo, y depositamos toda nuestra confianza en ustedes para incrementar el incipiente catálogo de EDICIONES PdA.



25 de noviembre de 2010

El rastro del General


Por Juan Manuel Parada


El General, después de girar la manzana del revólver, tiró del gatillo y cerró los ojos apuntándose a la sien. Al chasquido hueco y fallido le siguió la brisa caliente que bailaba en sus orejas. Sudaba la nariz del General, esa nariz aguileña que con tanto orgullo elevó en su época de gloria. Porque un General como él debió levantar la nariz, la barbilla y la pistola cuando enfrentó al enemigo. Se levantó a cerrar la ventana. Miró por encima de los arbustos que bordeaban la carretera y clavó la vista en el sembradío.

–Cabrón.

Dijo desganado cuando un caballo se detuvo en frente y el jinete lo miró por debajo del sombrero. Sabía el General de un solo hombre capaz de mirarlo así, un solo cabrón que no teme. Y lo mataría otra vez, y otra más y otra y otra, porque un cabrón es cabrón hasta después de morirse y se merece un balazo en el cielo de la boca.

Se zampó un trago de ron y volvió sobre la silla. Por un momento todo se le hizo ajeno, tanta medalla y diploma, tanta foto en la pared con ministros y mujeres. Y recordó el General sus largas guerras y hazañas. Imágenes aceitosas inflamándole el pecho. Como la vez que invitó a los treinta guerrilleros, dizque para negociar, dizque para la amnistía…y habiendo firmado el trato le dio una señal a la tropa para que los masacraran. Porque un ganador se inclina sobre la espalda de otros, pensaba entonces el General cuando lo condecoraban o le ascendían de rango, y ahí él, con sus bigotes espesos y esos lentes tan oscuros luciendo la charretera reluciente bajo el sol.

Entonces se arrellanó y evitó cerrar los ojos cuando recordó la frase de ese cabrón antes de que lo fusilaran. No porque temiera el General, sino más bien por el fastidio  de recrear la imagen de un rastro de sangre dibujándole los pasos, ese arroyo viscoso siguiéndole a toda hora. Y se le manchaba la hacienda de sangre por todas partes, y si algo odiaba el señor era el desastre y el caos.

Encendió una vela y apagó la lamparilla. Le gustaba acompañarse de las sombras. Era como si cada objeto cobrara vida debajo de su mano al ponerle fuego a la mecha. Esa sensación de poder, ese sentirse creador le reconfortaba un poco.

Cuando la fetidez le envolvió el rostro, retornó sobre el recuerdo. Entonces había atrapado a los nueve revoltosos que se resistían al orden, enemigos de la patria a quienes atrapó en la selva. Revive con nitidez cuando uno de ellos, el más joven, se cagó en los pantalones. ¡Culicagao pues, tirándosela de patriota! pensó con burla y le hizo arrodillarse. Se lamió el bigote negro y, mirándole por encima de los lentes, le pegó un tiro en la sien, porque el miedo le da asco, mucho más que cualquier cosa.

Mira las balas sobre el escritorio y se dice que ahora sí debería cargar el arma. No soporta la humedad en el culo y en las piernas, ni el olor a mierda apretándole la nariz y, aunque le hiere saberse así, indefenso, aminorado, le place que después de todo el destino está en sus dedos.

Vuelve a girar la manzana del revólver.

–Dispara cobarde.

Le dice levantándose del suelo con la cara partida a golpes, el morral terciado al hombro y los ojos dilatados.

El General se limpia el sudor encendiendo un cigarrillo.

Lo mira a través del humo y se guarda la pistola. Sabe que ya no puede humillarlo, que no le teme a la muerte. Ni los cadáveres abaleados, ni las torturas, ni él, le hacen sentir temor.

–Cabrón.

Masculla el General entre dientes y lo deja a sus espaldas. No le gustaría matar con sus manos a un cabrón que no le teme. Pero antes de salir escuchó la sentencia que lo persiguió por siempre, ésa, la de un rastro viscoso dibujándole los pasos, siguiéndole a todas partes, delatando su maldad. Luego, en el paredón improvisado para el fusilamiento, el tipo lo miró con un asco que le dio risas al General.

Ahora, con el pañal repleto de mierda y las piernas orinadas, se pegaría un balazo justo al lado de la oreja. Porque un General como él debía morir con honor.

Cuando la manzana dejó de girar y subía el arma hacia su cabeza con el dedo en el gatillo, una mujer lo detuvo, sin mucho afán, como acostumbrada a ese juego de la pistola sin balas. Y una vez más, en manos de la criada fiel, el anciano General se deja limpiar el culo y cambiar los pantalones, callado y sumiso, asqueado por la hediondez y por el rastro de mierda que va dejando a su paso.

Condenación de Manuel García. Foto de lamento


Por Carlos Esquivel

La equivocación de la mayoría de los héroes fue que nunca aprendieron a equivocarse
(Clignet de Brebant, líder de la batalla de Azincourt y de una decena de duelos, entre ellos el llamado “Por el honor”, que enfrentara a siete caballeros ingleses contra siete caballeros franceses, el 19 de mayo de 1402, en Burdeos).

Héroes de la patria: amigos y enemigos,
me condena el aire, y una cadena sobre los pies.
Los testigos adornan estos castigos y celebran.
Aunque roce con los vencidos mi pose de condenado rugoso,
es un busto silencioso que la patria desconoce.

Es probable que padezca todo el frío fugitivo
de la madre y esté vivo y sin luz
cuando amanezca. Es probable
que no crezca,
que tenga un nombre reciente, la isla
o el viejo puente por donde pasan
confusas hacia ciudades difusas
las culpas del inocente.

¿A quién condenan: al hijo de la madre desmesura,
o al padre de una armadura divina?
¿A quien los maldijo en la autonomía
y dijo: “Vivo de figuraciones y de los supuestos
dones que salvan”? ¿A quien se ahoga
en el baile de una soga tardía?
Las maldiciones hermanan
los prisioneros que van a morir.
Un linde traza al hombre que se rinde
con sus propios desesperos.
El rey de los bandoleros soy,
un tal Manuel García, una canción
me vacía al condenado.
No asombre si ven respirar a un hombre
sobre las cruces del día.

Soy Manuel García. (Se apura el verdugo).
No respiro,
no me inventa lo que miro detrás:
la tarde es oscura y un odio de Dios
supura en mis venas el desaire.
Soy un ladrón con donaire o estoy dormido
y no es cierto que yo sea un hombre muerto
pudriéndome sobre el aire.

Yo sé que Dios no me espera.
No tengo una luz
por dentro,
salgo de la muerte a un centro de lámparas.
Si me abriera una carne
que yo fuera sin madre aún
como abrigo. (Estoy sangre y enemigo
de quien mi cuerpo padece). Estoy sin luz,
amanece,
y Dios no vive conmigo.

Un nombre tuve,
no sé si ese nombre era terrible,
si tenerlo era posible y frágil,
como la fe.
Tuve un nombre,
lo olvidé. Tuve un tiempo,
algún mendrugo de pan, una noche,
un yugo, el gemido en la moneda.
Tuve todo
y sólo queda mi cabeza ante el verdugo.


Un perro y Mozart

Por Rafael de Águila

Abrió la puerta y ahí estaba ella, había estado insistiendo una y otra vez con el timbre. Ven, pasa, estoy en el patio, bañando al perro. La casa era larga, un pasillo, a la izquierda los cuartos, más allá la cocina, a la derecha el comedor, una verja, unos escalones, el patio, el perro que aguardaba enjabonado, fija la mirada sobre el suelo. Byron, te presento a mi mejor amiga, dijo el hombre. El perro levantó la mirada al cielo, temblaba. Chona, te presento a Byron. El hombre se rió, con la manguera remojó un tanto al perro antes de continuar enjabonándolo. Roger, me voy a suicidar. El hombre dejó la manguera a un lado, no cerró el grifo y el agua continuó saliendo con fuerza. ¿Qué te pasa? La muchacha se sentó en los escalones de cemento, en el más cercano a la verja que aún no estaba mojado. Nada, que me suicido, repitió. El perro no dejaba de mirar al cielo y seguía temblando. Pero, ¿te pasó algo? La muchacha negó, a desgana: ¿cuando tú querías suicidarte hace unos meses te pasaba algo? Sí, dijo el hombre, me pasaba, estaba solo, más solo que un perro. Ella miraba el agua que comenzaba a estancarse alrededor del tragante, un tragante que no dejaba salir el agua, así sucede siempre, algo no cumple la misión para la cual existe, no la cumple y entonces comienzan los problemas. Yo también estoy sola, pero no me suicido por eso, igual lo haría si tuviera un batallón conmigo. ¿Y Adrián? Se fue. ¿A su provincia? No, a Francia, a Marsella, lo invitó un amigo, me escribió que no vuelve. ¿Y por eso quieres suicidarte? Ella suspiró: ya te dije que no, Adrián era alguien ahí, no sé, una compañía, alguien que no intentaría algo negativo contra uno, una compañía benévola y sana, eso, sana. El hombre la miró muy serio. Tiempo de buscar otra compañía benévola y sana, acotó. El perro había quedado olvidado y ahora temblaba más. Oye, acaba de quitar el jabón y secar a ese pobre perro, tiembla como un bendito y tal vez termine suicidándose también. El hombre se afanó con el perro, quería quitarle el jabón rápido, secarlo, ocuparse de la muchacha. ¿Desde cuándo tienes un perro? Desde marzo, me lo regaló una prima, ¿te gusta? No, no me gustan los perros, tienen garrapatas, cuando tienen muchas entonces uno se las encuentra por las paredes, y este es enorme, tendrá garrapatas igual de grandes, aunque los bañen los perros siempre tienen garrapatas. Este no tiene, aseguró el hombre. Ella negó con la cabeza: todos tienen, y no se suicidan, se meten debajo de los muebles y miran la vida desde ahí con tremenda cara de mierda. Bueno, si quieres que te diga algo, este perro tendrá una mirada de mierda cuando se mete debajo de las butacas pero me ha ayudado a salir a mí, yo estaba debajo de un montón de porquerías, la mirada peor que la mierda, y salí, desde que Sachy murió no me había ocupado de alguien, ahora está él. ¿Qué tiempo hace de lo de Sachy? Van a cumplirse tres años, ven, ya está listo Byron. El perro había quedado todo lo seco que se podía con la toalla y el hombre lo dejó en el patio, al sol. Tres años, pensó ella, el tiempo apesta, hiede como heces de vaca. Se fueron a uno de los cuartos, de una de las paredes colgaba una foto inmensa; un viejo calvo, gafas a lo Lennon y ropas blancas. ¿Quién coño es ese? Gandhi, el Mahatma, leí un libro sobre él y gestioné la foto en la Embajada India. El hombre se sentó en la butaca de tela deshilachada, la muchacha se echó a la cama. ¿Y qué hizo el tal Mahatma? Es el padre de la independencia de la India. Vaya, soltó ella, otro que mató a un montón de gente por un pedazo de tierra. No mató a nadie, sostuvo él, fue un santo, hizo libre a su país sin matar a nadie. La muchacha lo miró, con asombro, silbó, después regresó al desinterés: bravo por él, lo que soy yo no voy a luchar por la independencia de nadie, voy a luchar por mi propia independencia, voy a suicidarme. ¿Por qué no te buscas un perro? Ya te dije, no me gustan, a ti puede que ese perrazo te haya salvado, tú ibas a suicidarte por soledad, yo me suicido porque me da la gana, a mí no me salva ni un león. Hizo un ademán señalando la foto de la pared: a mí no me salva ni el Mahatma ese. ¿Por qué quieres morirte? Ni siquiera sé por qué carajo quiero morirme, pero estoy segura de que quiero, eso sí, ufff, estoy hasta el pelo, muy cansada, uno respira y todo parece impostado. El hombre la miraba, ceñudo. ¿Sabes lo que significa? ¿Qué? Esa palabra, impostado. Falso, uno respira y todo es falso, no es oxigeno, es algo que se le parece, como decía Adrián, un sucedáneo, hasta con el aire te engañan. ¿Quién te engaña? Todos y todo. El hombre la miró sin entender mucho, la miró como buscando sobre la piel las causas, los pesares, todo cuanto pudiera provocar aquella abulia, aquella paranoia. Ella tenía los ojos pegados sobre el techo, estoy harta, aseguró, y después: dame una sola razón, una sola, por la que valga la pena no morirse, una sola. El hombre lo pensó bastante rato, sin mirarla. No sé, hay muchas, millones, te citaría cien, doscientas, pero te burlarías, no se me ocurre ninguna lo suficientemente inteligente, una que te convenza, tú no necesitas ahora un amigo que te convenza, necesitas un Hegel o un Kant que te apachurre con razones de lujo, yo te diría que vivir es el don supremo, que no hay algo más importante, que es maravilloso. Puaafff, son las palabras de un mediocre, y tú no eres un mediocre. Sabía que dirías eso. La muchacha suspiró: y… ¿Hegel o Kant podrían darme esas razones? Seguro, pero no te las darán, están muertos. ¿Se suicidaron? No, murieron, de viejos. Eran unos imbéciles, no me convencerían, negó ella, ¿sabes por qué? No, ¿por qué? Porque estoy har-ta. Yo también, aclaró él, pero ahora no tengo ganas de morirme. ¿Y de qué tienes ganas? Él cruzó las piernas sobre el butacón: mira, yo soy muy curioso, yo quisiera estar vivo solo para saber en qué coño va a terminar todo esto. ¿Qué es todo esto? Pues, no sé, la impostura, como tú dices, el país, el hombre, el mundo, qué va a suceder con tanta tecnología, quién va a guerrear con quién, cuándo colonizarán la Luna o Júpiter, cuándo se correrán en ocho segundos los cien metros planos. Ella sostuvo que nada de aquello le importaba, todo era la misma mierda, el país, el hombre y el mundo podrían hacer lo que mejor les pareciera, irse a la cloaca si eso les resultaba agradable, la tecnología, las guerras y Júpiter eran todavía más asquerosos, y si alguien corre cien metros en cuarenta horas o en ocho segundos aquello no iba a cambiar un demonio, todo seguiría siendo tan aburrido y apestoso como hoy. El hombre se levantó y puso un casete en el viejo equipo, Mozart, la música quedó ahí, apenas insinuándose, revoloteando hasta las paredes y llenándolo todo. Mira, explicó, cuando la guagua mató a Sachy yo estuve a punto de matarme, ese día que fui a tu casa, ese, fue uno de los peores, si no llegas a estar ese día en tu casa tal vez yo me habría tirado del puente. Ella se rió: yo no me voy a tirar del puente, ese puente no tiene ni diez metros de altura, me rompo el alma pero quedo viva, me llenan de yeso, y partirse un hueso seguro duele más que morirse. Él hizo la cronología de todas las veces en que escuchó decir que alguien había cometido la estupidez de lanzarse de aquel puente, en todos los años que llevaba viviendo en aquel lugar muchas eran las historias, todos despanzurrados, recogidos con pala, la pala raspaba el piso, raspaba y raspaba para no dejar pedazos de piel pegados allí, después pasaban los días y en el piso quedaba una mancha. Ella lo miró: ¿qué clase de mancha? De grasa, el cuerpo tiene mucha grasa y la grasa mancha el piso. Bueno, se convenció ella, entonces puedo tirarme, pero antes me tomo setenta meprobamatos y cuarenta amitriptilinas, por si acaso, después... que raspen con la pala lo que les de la gana. Buscó en la mochila y le enseñó las pastillas, eran muchas, y no solo las mencionadas, habían otras, ella se rió: con eso puede que me duela menos el golpe contra el piso. Carajo, no me jodas así el lugar, paso por ahí casi todos los días, cada vez que pase veré la cabrona mancha de grasa, y sabré que fue el sitio en el que te suicidaste, voy a tener que mudarme. Jódete, dijo ella, te dejo de recuerdo la mancha, peor voy a estar yo. Mozart dejaba oír su “Ein kleine nachtmusik” y ellos quedaron un rato callados, él intentaba no mirarla, ella volvió a pegar los ojos en lo blanco alto del techo. Oye, ¿por qué le pusiste Byron al perro?, ¿no te diste cuenta de que es hembra? El hombre sonrió: leí un libro, una biografía de Byron, el poeta inglés, me gustó y le puse Byron, no importa que sea hembra, él no sabe de nombres, yo sé y no me importa. Una vez leí que Byron hacía el amor con su hermana, era un animal. El hombre no estuvo de acuerdo: no era un animal, fue un gran poeta, creo que estaban enamorados. ¿Quiénes? Byron y la hermana, hasta tuvieron una hija, Medora, creo, se llamaba. Qué bárbaros, una hija, ¿la niña era normal? ¿Qué niña? La hija de Byron. Creo que sí, ¿por qué? Cuando se tienen hijos con un familiar tan cercano puede que los niños no sean normales. La de Byron era normal. Qué bárbaros, repitió ella, y ninguno pensó en suicidarse, uno no puede enamorarse de una hermana, no se puede tener sexo con una hermana, si uno tiene sexo con una hermana no puede ser poeta, es un animal, un animal que escribe poemas, pero eso no cambia que yo quiera morirme, que me recojan con pala, no cambia que se quede ahí la mancha, me gusta eso de dejar la mancha, es como un cuño, un cuño del cuerpo, existí, aquí me reventé, dejo constancia. La edad traicionó al hombre que adoptó aquella voz aleccionadora: mira, déjate de comer mierda, de decir estupideces, tú eres muy joven, no vale la pena lanzarse del puente, de ningún puente, la vida misma es un puente, vas de un extremo al otro, tienes que caminar el puente, y la vida tiene sus bandazos, es un columpio, hoy abajo, mañana arriba, ahora te va mal, mañana te irá bien, si te suicidas serás tú misma la que detenga el movimiento del columpio, te quedas siempre abajo, para siempre. Por Dios, se quejó ella, pareces un cabrón político hablando del mañana, del futuro, de toda esa porquería que hablan los políticos, yo no quiero que llegue mañana, ni pasado, ni el mes que viene, bastante tengo ya con que haya existido un ayer y un antes de ayer y un hoy, y no soy curiosa, me importa poco si esto vuela o se hunde, si le salen alas al planeta por los ecuadores o acaba tirándose pedos por los polos, y el país me tiene sin cuidado, si los países pudieran suicidarse a este país le haría bien hacerlo. ¿Hacer qué? Suicidarse, un buen suicidio, pero los países, lamentablemente, no se suicidan. El hombre la miraba muy serio: a ver, dime, si tuvieras un millón de pesos, un yate, vacaciones en Hawai, ¿tendrías ganas de suicidarte? Las mismas si el millón es de pesos, anormal, si el millón es de euros … conversamos. La muchacha sonrió. Eres una cínica, dijo él. Es la mejor manera de enfrentar la vida y la más óptima de enfrentar la muerte. La muerte, Chona, tú no sabes un coño de la muerte, no hay manera optima de enfrentar la muerte, eres una chiquilla mimada, tienes el ano, sí, el ano, no, mejor, el culo, todo el culo llenito de porquería, porquería que no sabes limpiarte, lo has tenido todo a la mano, sin esfuerzo, no tienes derecho a hablar de muerte, de suicidio, te das importancia y te crees muy adulta hablando de eso, te crees muy inteligente filosofando sobre morirse, en realidad si quieres que te sea franco eres una inmadura hablando mierda. La muchacha no se inmutó, ni siquiera lo miró: ¿y qué sabe de la muerte, su Alteza el Adulto, Filósofo de los Dos Momentos del Columpio? Yo tampoco sé, nadie sabe, los que saben están muertos y esos se callan la experiencia, se jodieron, y los jodidos no hablan, a ver, si es verdad que te quieres matar, ¿para qué viniste? No sé, reconoció la muchacha, cuando tú te ibas a tirar del puente también pasaste por mi casa, se me ocurrió venir, puede que haya pasado a despedirme, te digo Roger, un beso, adiós, voy a suicidarme y ya. No, ¿sabes qué?, viniste para hacerte la importante hablando de suicidio, hacerte la nihilista, la inteligente, tal vez para que te coja lástima. El hombre sonrió: en el mejor de los casos viniste buscando ayuda, quieres que te ruegue que no lo hagas, que me arrodille. Sí, admitió ella, quiero ayuda, quiero que me ayudes a suicidarme. No soy bueno como auxiliar de suicidas, declaró él, pero te propongo algo. No quiero perros, prefiero hacerme la nihilista, darme importancia con el puente, los tipos que raspen con las palas y la mancha de grasa, me encanta eso de la mancha de grasa. No voy a proponer algo relacionado con perros. Ella no dejaba de mirar al techo: pues…, tampoco me interesa saber en qué vaya a terminar el cabrón país o hasta dónde llegue la tecnología a joderle la vida a la gente. No voy a proponer nada de eso, repitió el hombre. ¿Que vaya a Bacunayagua y me tire de ahí? Tampoco, es muy alto, no te deseo eso. Bueno, sin el menor deseo de que me tengas lástima, dime. Ven a vivir aquí, conmigo. La muchacha se incorporó un tanto en la cama, se rió: oye, ¿te volviste loco o qué? Él también se rió: no, todavía estoy cuerdo, pero creo que puedes venir. ¿Aquí? Sí, aquí, conmigo. ¿Y qué gano con eso? No se trata de ganar o perder, se trata de que vengas, duermes en el otro cuarto, mantienes tu independencia, absolutamente, cada uno hace sus cosas, nada de que vengas a atenderme, yo sé vivir solo, hacerlo todo, y me gusta, pero me parece que nos haría bien, a los dos. Ella lo escuchó con un gesto que le agrandaba los ojos, la cabeza ligeramente extendida, la boca casi abierta, el asombro saltándole ahí delante. Y…, ¿en qué nos haría bien eso? Él se encogió de hombros: no sé, si no quieres…, retiro lo dicho, era simplemente una propuesta. Quedaron un rato en silencio, ella mirando al techo, otra vez las manos detrás de la cabeza, él se cortaba las uñas con una tijera pequeña, desde el equipo viejo Mozart sonaba de maravilla. Me gusta, dijo al fin ella. ¿Qué? Mozart. A mí también, si vienes lo escuchamos todas las noches y tomamos chocolate, te cuento como se casó con Constanza Weber, en realidad le gustaba la hermana pero el infeliz se casó con Constanza. ¿Era bonita Constanza? Él hombre dijo que no lo sabía: debió serlo, pero tal vez la hermana lo fuera más, uno no se casa nunca con la más bonita. ¿Por qué? Las más bonitas no quieren casarse con uno y además casi siempre son más sosas. Ella aventuró que tal vez a la hermana sosa de Constanza le gustara Salieri y que era una muy buena mezcla. ¿Cuál mezcla? Mozart y el chocolate. Eso sí, terció de pronto el hombre, si quieres suicidarte lo haces fuera de aquí, te vas a otra parte, al puente no, es muy cerca, a otro sitio, uno por el que nunca pase yo, Bacunayagua, por ejemplo, es alto, alejado y te ahorras todas las amitriptilinas. Y si vengo… ¿no vamos a terminar acostándonos? El hombre quedó un rato en silencio. Todas las noches la gente se acuesta, dijo al fin. No, quiero decir teniendo sexo. Él la miró: si quieres podemos tener sexo, no es malo tener sexo, no somos hermanos, entre nosotros no sería incestuoso, si no quieres no lo tenemos, vivir bajo el mismo techo no significa vivir uno encima del otro, en la vida todo no es sexo. Ella se dio la vuelta, escondió la cara entre las manos, la cara pegada a la cama, no dejaba de reírse: oye, tú lo que quieres es acostarte conmigo. No, no quiero eso, pero si vienes a vivir aquí y quieres dormir en esta cama no tengo nada en contra. Y si duermo en esa cama, ¿tenemos sexo?, quiso saber la muchacha. Nada en contra, repitió el hombre. A ver, se animó ella: ¿desde cuándo nos conocemos? El hombre ni siquiera lo pensó: fue en el 96, tú apenas tenías quince años. ¿Era bonita? Mucho, aseguró él y abrió bastante los ojos, mucho. ¿Te gustaba? El hombre negó con la cabeza: eras una niña y estaba Sachy. Me mirabas los muslos, rememoró la muchacha, los vellos de los muslos. Bueno, ya, si quieres venir, vienes, si no quieres pues no se hable más, la cortó el hombre. Tú no me gustas, aclaró ella, ni en el 96, ni ahora, uffff, no me gustan los tipos más viejos que yo. Bueno, yo no te pedí que fueras mi mujer, te propuse sencillamente venir a vivir acá, así estabas menos sola, dije que mantenías tu libertad, que no venías en calidad de sirviente, creo que fui muy claro. Ufff, clarísimo, dijo ella, oye, en lugar de vivir bajo el mismo techo, ¿por qué no nos suicidamos juntos, bajo el mismo techo? No quiero suicidarme, dijo él. Mira, hacemos al amor, vaya, te concedo eso, después nos tomamos todas estas pastillas, alcanzan, las compartimos como buenos amantes, nos abrazamos, desnudos, fíjate que seductor, desnudos, y a esperar la muerte, escuchando a Mozart, si Shakespeare viviera nos escribiría una tragedia, Chona y Roger, una tragedia bien romántica, la gente irá a verla a los teatros en el 2144 y llorarán como unos estúpidos, dejaremos una nota, algo clásico, a ver, “queridos hijos de puta: nos vamos porque no nos seduce el cabrón espectáculo, queden con Dios”, pero lo escribes tú, mi letra es pésima, lo firmamos los dos, eres un tipo inmejorable si una quiere suicidarse, si quieres corremos desnudos hasta el puente, de la mano, seguro llegamos antes de que aparezca cualquier policía imbécil, y pum, nos tiramos, juntos, allá abajo raspan el piso, con dos palas, y nosotros tripas con tripas, mezclados, un primor, tu cuerpo y el mío en una sola mancha, una mancha grande como demonio. El hombre enarcó las cejas: ahora eres tú quien invita a hacer el amor, a desnudarse, que conste que no he sido yo. Está bien, lo propuse yo, asintió ella, pero no hablo de vi-vir juntos, hablo de mo-rir-nos juntos, unirnos para dejar una mancha, una bien grande debajo del puente, vamos, ¿qué te parece?, ¿nos unimos en sexo y muerte? El hombre movió la cabeza: en sexo, de acuerdo, en la muerte cero, te dejo sola, hago lo imposible para que no vayas, si insistes..., eres libre, te despido con un beso en la frente. ¿Ves?, dijo ella, te gusto. No, no me gustas, hablé de un beso en la frente. Sí, te gusto, viejo verde. No me gustas, no soy viejo y no soy verde. ¿Por qué nunca me lo habías dicho? ¿El qué? Que te gusto. Pero si no me gustas un carajo. Ya Adrián me lo había advertido. ¿Qué? Me soltó un día: oye, me corto un brazo si no le gustas al tipo ese. Pues habría perdido el brazo tu Adriancito. Mozart hacía sonar algún KV de los suyos, alguna sonata, preciosa. Está bien, voy a venir. El hombre quedó en silencio, se le notaba la sorpresa. Pero pongamos las reglas, Uno, si quiero suicidarme no me lo vas a impedir, me suicido y ya, ¿de acuerdo? De acuerdo. Dos, traigo mi cotorra. Nada en contra, ¿cómo se llama tu cotorra? No tiene nombre, es ilógico ponerle nombre a los animales, los perros se llaman perros, las cotorras se llaman cotorras, mi cotorra no tiene nombre, pero si quieres ponerle nombre se lo ponemos, a ver, déjame pensar, tiene que ser el nombre de una poeta, pero cubana, carajo, que haya padecido este sol y esta mierda, que haga pareja con tu Byron, que lo zarandee y lo componga, no, no, no lo digas tú, déjame a mí..., Tula, le ponemos Tula, como la Avellaneda. El hombre se entusiasmó: no está mal, Tula y Byron, hacen buena pareja. La chica le guiñó un ojo: mi Tula despanzurra a tu Byron. Se rió: bueno, ya, seguimos con las reglas, Tres, si quiero tener sexo con un muchacho puedo traerlo al cuarto. El hombre tardó bastante en responder: aceptado, la voz fue ahora algo más baja. No te oigo. Que sí. La muchacha soltó una carcajada. Cuatro, si tú y yo hacemos el amor y te enamoras te jodes, no soy responsable, ¿okey? Al hombre tantas leyes comenzaban a agobiarlo. ¿Okey? De acuerdo, dijo al fin. Ella cruzó las piernas y agitó los brazos: pues..., abracadabra, me convenciste, eres mi Hegel, mi Kant, lo que no hubieran logrado los cabrones alemanes lo lograste tú, pospuesto el suicidio, la muerte puede esperar, vengo mañana, tal vez seas una compañía benévola y sana, como Adrián. Lo miró con ojo crítico: bueno, hay que reconocer que eres bastante más viejo, ¿tienes lavadora? No, no tengo, lavo a mano. Eres un cavernícola, traigo mañana mi lavadora, es automática, japonesa, un primor, parece una hidroeléctrica, prefiero suicidarme tres veces antes de lavar a mano, y traigo las pastillas, por si acaso, las amitriptilinas. Él la miraba y no se lo creía, no alcanzaba a saber si aquello era un juego, una tomadura de pelo, allá en Viena Mozart tampoco se creía una palabra. Ah, y Byron no entra en mi cuarto, no quiero garrapatas caminando sobre las paredes. Ya te dije que el pobre Byron no tiene garrapatas. No importa, mi cuarto es antiperros, antitipos que se hayan acostado alguna vez con sus hermanas, en eso soy inflexible. Quedaron en silencio un rato, ella miraba al techo, ahora con expresión risueña, él la miraba a ella, asombrado. Y… ¿dormiremos juntos?, se atrevió a preguntar. ¿Qué quisieras tú?, quiso saber ella. No sé, lo que quieras tú. La muchacha lo pensó un rato: yo ni quiero ni prometo nada, ya veremos, pero te advierto algo, si decido dormir en esta cama y no me gusta como haces el amor te juro que salgo y me suicido, me pongo a gritar: “ya no puedo más”, como me contaste que gritaba el pintor ese. Van Gogh, la asistió el hombre. Ese mismo, y me tiro del puente, después que vengan a raspar con la pala el cabrón piso. Haré lo imposible para que no te raspen, aseguró él. Ella se levantó y comenzó unos paseos por el cuarto: ¿puedo traer mi afiche de Tom Cruise? Él que sí, todos los afiches que deseara. ¿Y el de Aerosmith? ¿Qué es? Un grupo de rock. Pues también el de Aerosmith. ¿Y mis CD de heavy metal? Por supuesto. Me gusta escucharlos alto, bien alto. Los escuchas alto. Pero bien alto, volvió a advertir ella. El asintió con la cabeza. Después la muchacha se acercó al butacón y le besó ligeramente los labios: viejo verde, siempre supe que te gustaba, está bien, no me suicido hoy, probemos a vivir juntos, ah, y no tengas miedo, no voy a traer muchachos a dormir en el cuarto, no soy tan loca ni tan desvergonzada, lo dije para ver qué cara ponías, anormal, y pusiste una que era toda una miseria, seré una chica ejemplar, eso hasta el día en que vuelva a decidir suicidarme, te aclaro que el suicidio se mantiene en pie, solo lo estoy pos-po-ni-en-do, ¿ok?, soy una suicida empedernida. ¿Tu cotorra habla? ¿Tula?, ah, Tula es una patriota, canta el Himno, “al combate corred bayameses”, la oyes y te erizas, te dan ganas de pararte en atención. Yo siempre quise tener una cotorra. Pues ya la tienes. Desde el patio el perro comenzó a aullar, parecía un lobo. Se muere el pobrecito, voy a sacarlo del sol. Ella quedó sola, giró el volumen de la música en el viejo equipo, la puerta de la casetera no existía, dentro podía verse al casete correr, la cinta se enrollaba del otro lado, como la vida que pasa y se enrolla, vueltas y vueltas la vida, Mozart sonaba y se enrollaba también ahí dentro, Mozart que se había casado con la hermana que no le gustaba, la muchacha imaginó a Constanza del lado derecho de la cinta y a la hermana del izquierdo, Mozart corría al lado izquierdo, abandonaba a Constanza y buscaba como loco a la hermana, pero la hermana follaba a gritos pelados con Salieri y Constanza lloraba: vuelve, Wolfgang, vuelve, mein lieber. Sobre la pared la miraba el viejo enjuto de las gafas y la ropa blanca. Oye, Mahatma, dijo ella, no me suicido, sí, ya sé que eso te hace feliz, no me tendrán que recoger con pala, ni dejaré manchas, al menos por ahora, veremos si más adelante, ¿qué te parece? El hombre regresó del patio, el perro, según él, hervía. ¿Con quién hablabas? Con Mahatma, le contaba que ya no me suicido, que vengo a vivir aquí. ¿Y qué dijo él? Nada, es un santo, me aseguró que había dado la libertad a la India sin disparar un jodido tiro. ¿Quieres que vaya contigo y recojamos las cosas? No, esta noche recojo algunas ropas, y mañana vengo. ¿No quieres que te ayude? No, lo hago sola, no te preocupes, voy a traer las ropas poco a poco, ¿sabes quiénes eran los escitas? No, no sé. Pues esos tipos decían que traerlo todo de un golpe podría ser un mal augurio. Él no insistió más, la acompañó a la puerta, caminaba detrás y procuraba no mirarle las nalgas. En la puerta ella quiso saber desde cuándo le gustaba: confiesa, anda, me mirabas cuando tenía quince años, los vellos de los muslos, anda, confiésalo, pero él se mantuvo firme, movía la cabeza y sonreía. Bueno, mentiroso, ya me lo dirás, mañana vengo. Te espero, dijo él, oye. ¿Qué? ¿Soy una compañía benévola y sana? La muchacha miró al suelo, después al hombre, sonrió: no se sabe, una nunca sabe, ya veremos, oye, y mañana... nada de chocolate, en lo de Mozart de acuerdo, pero tomamos ron, mierda, ya sé que no tomas ron, me importa un carajo que seas abstemio, yo sí tomo. Desde la acera gritó que haría falta un carro para traer la lavadora. Lo alquilamos, pero no te suicides. Por ahora no, prometió ella, prepárate mañana, viejo verde. Él quedó en la puerta, el cielo estaba muy azul, casi no había viento y desde el fondo de la casa llegaba inconfundible la música de Mozart, algún KV de los suyos, alguna sonata, de pronto el perro comenzó a aullar, exactamente como un lobo. Byron, gritó el hombre, cállate ya, y cerró la puerta.

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Rafael de Águila, (La Habana, 1962). Narrador, crítico, ensayista. En 1997 la Editorial Letras Cubanas publica el volumen de cuentos Último viaje con Adriana, Premio Pinos Nuevos. En 2006, ve la luz, por la misma editorial, un segundo libro de cuentos, Ellos orinan de pie; también obtuvo Mención en el Premio Internacional Casa de Teatro, República Dominicana. En 2007, recibió Mención en el Premio Internacional Julio Cortázar. Sus relatos han aparecido en varias antologías. El Grupo de Teatro de Carlos Barón, de la Universidad de California, EE.UU., llevó a las tablas seis de sus cuentos en el año 2002. Artículos y ensayos suyos figuran en revistas cubanas y extranjeras. El cuento que aquí se publica, tomado de La jiribilla, forma parte de su libro Del otro lado, merecedor del Premio Alejo Carpentier 2010.


23 de noviembre de 2010

Una posible historia familiar


Quizás alguna vez, precipitándote
como una gota audaz sobre mi asombro,
sobre las cicatrices que anuncian mi tamaño,
tú saltaste, mujer, desde la lluvia,
chorreantes las palabras, el corazón, los gestos,
para decir tu aroma,
tu inusitada esencia en mis oídos.

Y ante ti armonizaron su canto los delfines,
y el aire cadencioso se adelgazó en tu pelo,
y hubo un sitio en la casa que soñamos,
un lugar bendecido por minúsculos dioses,
para que tú bajaras, lentamente,
danzante y jubilosa,
de tu caja de música.

Es cierto que la mano tenaz de lo inasible,
como esa pobre reina empecinada
en derribar de un grito la luz de Blancanieves,
ha contratado arañas, cazadores, envidias;
es cierto que ha querido
tender, entre los duendes de tus ojos
y el ángel que te asume,
sus magros laberintos,
y que a veces Ariadna, por dejadez acaso,
no ha dispuesto del hilo necesario a Teseo.

Pero después de tanto silencio clamoroso,
después de tantas redes,
qué importa que la mano tenaz de lo inasible
nos haya humedecido de lágrimas los sueños,                                      
qué importa esa mordida con dientes de hojarasca
si más allá del llanto,
de la tristeza que hace crecer los alfileres,                                   
levántase la risa 
del hijo que juntara tu sangre con mi sangre,
y otra vez armonizan su canto los delfines,
y el aire cadencioso
se adelgaza en tu pelo,                                           
y hay un sitio en la casa que soñamos, 
un lugar bendecido por minúsculos dioses,
para que siempre bajes, lentamente,
danzante y jubilosa,
de tu caja de música.