6 de agosto de 2009

Sobre la marginalidad y otros asuntos

El abandono progresivo del ámbito rural y el acelerado y aparentemente ineluctable hacinamiento del hombre en las ciudades, espacio mucho más propicio para la aparición y el incremento exorbitante de los vicios y las bajas pasiones, incidieron notablemente, a lo largo de la pasada centuria y durante el transcurso de la actual, en la creciente y rauda proliferación de la marginalidad y de los desafueros humanos inherentes a ella. Atribuible muchas veces a la imperfección de nuestras sociedades y otras a la morbosa vocación por el delito que suele convivir, en perfecta simbiosis, con determinados especímenes, esa lamentable forma de asirse a la existencia citadina también se ha convertido en una especie de surtidor, abundoso in extremis, hacia el que tienden a inclinarse algunos escritores acicateados por la intención de labrarle un sitio en el entramado de sus obras.

Aunque no me atrevo a asegurarlo, probablemente haya sido Guillermo Meneses el primer narrador que se arriesgó a incorporar el tema de marras a la cuentística venezolana. Aun cuando resulta innegable la trascendencia de la prosa regionalista o de la tierra, cuyo exponente más connotado, sin lugar a dudas, sería la célebre novela de Rómulo Gallegos publicada en 1929, ya en los cuentos del escritor caraqueño aparecidos en la década del treinta del pasado siglo es factible advertir indicios del traslado del escenario rural hacia el entorno suburbano. En semejante hábitat se mueven, verbigratia, las criaturas que apreciamos en La balandra Isabel llegó esta tarde, texto que vio la luz en 1934 y que, añadido a los restantes alumbrados más o menos por esa misma fecha, presupondría un intento de renovación literaria de irrefutable validez en estos lares.

El amplio abanico de sucesos que conforma Quemando a Venezuela y otros relatos no desdeña el acercamiento creativo a esa dolorosa realidad que, dada la ineficacia de los mecanismos diseñados para combatirla, tórnase más preocupante aún cuando el azar le usurpa el aire a quienes tratan de evadirla o ignorarla. En su libro iniciático, merecedor de un premio en el Certamen Mayor de las Artes y las Letras del 2006 y publicado ese mismo año por la Fundación editorial el perro y la rana, Juan Manuel Parada (Yaritagua, 1980) incursiona con viento favorable por este y otros derroteros.

Los entes marginales involucrados en una porción considerable del universo existencial que nos entrega el joven narrador yaritagüeño difieren, sin embargo, de las entelequias menesianas. En sus cuentos, si excluimos la aparición esporádica de la drogadicción, el tratamiento de la marginalidad se vincula, sobre todo y más atinadamente, con la recreación de la violencia cuyo clímax suele concretarse a través del zumbido de una bala o de un deceso inesperado. Si bien algunas veces esta constituye la columna vertebral del acontecimiento que se nos participa, también se nos ofrece incorporada sólo de manera tangencial a la trama en la que irrumpe de forma un tanto imprevisible, quizás para la consecución de un dramatismo afín a realidades a las que no siempre conseguimos sustraernos.

Siguiendo el orden cronológico del libro - y soslayando momentáneamente asuntos a los que me acercaré más adelante -, ya en el tercer relato de los quince que configuran el cuaderno, Juan Manuel se dispone al abordaje del contexto que ha venido ocupándonos. Un ladrón en emergencia sintetiza, mediante la alternancia de dos voces narrativas, el fatídico drama del cazador cazado. Así, al monólogo del gánster que, traicionado por uno de sus cómplices, finaliza herido mortalmente durante la realización de sus andanzas, se le intercalan fragmentos del discurso en segunda persona de alguien que lo juzga mientras el delincuente, abandonado sobre una camilla, aguarda por la asistencia imprescindible de un galeno. Aunque los planos temporales son diferentes, la convergencia espacial de ambos protagonistas torna verosímil el andamiaje del texto. Y el desenlace, doloroso por cuanto nos conduce a avecinarnos con las emanaciones de la muerte, implicita un acertado cuestionamiento a los deslices de la ética.

Albures y Nueva vida, dos de los relatos más extensos y, a mi juicio, los más consistentes de la recopilación, nos muestran a un creador con dotes para el ejercicio venturoso de la narrativa. En el primero de ellos, valiéndose de una meticulosa fragmentación de la urdimbre, nos presenta el autor a varios personajes cuya existencia conflictiva y la búsqueda de probables soluciones tienden a vincularlos en encuentros aparentemente fortuitos. En connivencia con el título, el final nos apabulla con el fallecimiento azaroso de un hombre ajeno a los desmanes de la marginalidad. El segundo nos asoma a un vasto fresco de los avatares gansteriles donde el protagonista, que finalmente intenta regenerarse, concluye - por una ironía macabra del artista o por antífrasis con el título - estrellándose contra el parachoques de un camión.

Como ya he dejado entrever más arriba, en Quemando a Venezuela… coexiste una notable gama de intereses temáticos. Y otro de los demonios que asedian a Juan Manuel es el relativo a las complejidades de la vida de un escritor. Una proporción importante de su libro se le confiere al tratamiento de estas preocupaciones. Y ello no debe sorprendernos, máxime si convenimos en que tradicional y desafortunadamente, casi nunca en estos países nuestros el ofrecimiento a las exigencias de la literatura se ha revelado como una profesión rentable. La consagración antes de la entrada en el sepulcro siempre me ha parecido un privilegio al que sólo acceden algunos pocos elegidos de los dioses. El compromiso con las letras presupone, para quien se decide a contraerlo, una usurpación tácita del tiempo que osan reclamarle los oficios con los cuales sí puede sustentarse, o una disminución de los minutos exigidos por el descanso corporal, o cierta dejadez en el aporte de afectos a las personas que lo aman.

A pesar de que en dos de sus relatos el narrador, quizás para no nadar solo en contra de tendencias aún sólidas, se aproxima a los cánones de la cuentística signada por elementos referentes a los cotos de la fantasía, en el cuaderno se evidencia el propósito de ambientar los textos en circunstancias incuestionablemente verosímiles. Por lo mismo, estos cuentos de Juan Manuel que, a decir verdad, en ocasiones dejan traslucir algunas deficiencias en el uso del lenguaje - la reiteración innecesaria de gerundios, por ejemplo - imputables, creo yo, a la prisa que nos impone la convocatoria de un concurso, se nutren de la experiencia física del autor y de la observación directa y de la sátira juiciosa a los baales de la cotidianidad. Intención esta que, francamente, no dudo en suscribir. Próximos a los cien años del estallido de las vanguardias, lejos de continuar vertiendo agua sobre un terreno ahíto de humedades, tal vez no resulte descabellada una ligera inclinación del astrolabio hacia lo todavía rescatable de las simientes originarias.

Yaritagua, 5/8/2009


4 de agosto de 2009

Nota sobre Garmendia y La tienda de muñecos

Debo a la gentileza de una amiga, recién iniciada en el estudio de las letras, mi encuentro con la obra narrativa de Julio Garmendia.

Nacido en una hacienda cercana a la ciudad de Barquisimeto, a la edad de diecisiete años el futuro narrador se traslada a la capital del país en compañía de su padre, e inmediatamente decide brindarse a la práctica del periodismo, no por necesidades pecuniarias ni por intereses políticos, sino por un simple compromiso de fidelidad con su incipiente vocación. Más tarde viaja a Europa y, hallándose en la patria de Víctor Hugo y de Maupassant y de Bretón, ve la luz en París, en 1927, la edición príncipe de La tienda de muñecos, encabezada por un prefacio debido a la autoría de Jesús Semprum.

Casi a los ventiocho años del deceso físico del autor, en enero de 2005 la prestigiosa Monte Ávila Editores Latinoamericana, en su ya imprescindible colección Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, ha puesto a circular una nueva y bellísima edición del libro primigenio de Garmendia. Alrededor de medio centenar de cuartillas le parecieron suficientes a este meticuloso hacedor de fantasías para estructurar el cuerpo narrativo de su obra iniciática. Concluido el deleite al que nos conduce la lectura de sus ocho cuentos, no me parece descabellado imaginar que, aún cuando su aparición se produjo más allá de nuestras costas y varios años después de la concepción de la mayor parte de sus textos, La tienda… bien pudo significar algo así como un tajo imprevisto en las arterias de la ya prácticamente exangüe estética modernista o, en el mejor de los casos, una bofetada irreverente a la prosa que ubicaba sus esencias en ámbitos de un nativismo anquilosado.

Las breves narraciones de Julio Garmendia recuerdan miniaturas cinceladas por la consagración impertérrita de un orfebre, vinos que precisaron de algunos lustros de añejamiento para entregar toda su espléndida exquisitez al paladar que, transcurrido ese proceso, habría de catarlos. Hay artistas que se asoman al mundo privilegiados con la rarísima virtud de anticiparse a las circunstancias de su entorno, y una de esas venerables criaturas fue, sin lugar a dudas, el escritor que nos ocupa. Por ello no es de extrañar que Garmendia escribiera para lectores que, aún sin haber nacido, juzgarían equitativamente La tienda de muñecos, colocándola en el sitial señero que le corresponde considerando su defensa a ultranza de una manera fundacional de asumir el ejercicio escriturario entre nosotros.

El libro al que hacemos referencia se nos ofrece como un límpido manojo de fabulaciones donde se torna evidente un marcado predominio, sobre los contor­nos palpables de la realidad, de situaciones o acontecimientos signados por innumerables vestigios de inverosimilitud. Gracias a su lectura, además del argumento epónimo, - que nos propone cierto tipo de metaforización alusiva a la existencia social - nos informamos, entre otras cosas, acerca de la urbanidad de un pobre diablo que, despojado por el autor de toda su malevolencia satánica, se interesa en la adquisición del alma de un hombre que duda poseerla y dialoga con este permitiéndole realizar un viaje al mundo ultraterreno, y del vuelo fantástico de alguien que se agazapa en el vientre de una nube y, luego de su intrépida incursión, regresa exitosamente a la tierra metamorfoseado en un recién nacido.

En El cuento ficticio, texto que, además de ser considerado por ciertos estudiosos de su obra como una especie de velado manifiesto, aparentemente justifica con transparencia cenital la poética del escritor, Garmendia rompe lanzas a favor de un retorno necesario a “los Reinos y Reinados del país del Cuento Azul, clima feliz de lo irreal, benigna latitud de lo ilusorio”. Pero, más allá de semejante llamado a un regreso a los cotos de una de las tendencias en boga, basta una simple ojeada a este o a sus libros posteriores para convencerse de que el narrador barquisimetano trasciende con indudable amplitud los postulados de ese movimiento.

A mi modesto juicio, referencias temáticas de esta narrativa podrían encontrarse en otros aires. Así, por ejemplo, en El difunto yo, último de los cuentos de La tienda…, no es difícil vislumbrar pinceladas del Stevenson de El Dr. Jekill y Mr. Hyde. Incluso, en los avatares de ese personaje de Garmendia que debe lanzarse a recuperar a su alter ego, no es difícil advertir reminiscencias de aquel esperpento gogoliano que, luego de comprobar el abandono de su nariz y descubrirla, perfectamente vestida y con sombrero, recorriendo las calles y establecimientos del San Petersburgo de la primera mitad del siglo XIX, precisa empeñarse en su persecución para devolverla al rostro del cual se había separado.

Pero no me arriesgo a asegurar que sea el universo ideotemático inherente a su cuentística la única razón de la vigencia del escritor. Una y mil veces, nuestro idioma ha sido vapuleado por cientos de escribidores, sensibles a las piruetas de las modas o ajenos al oficio. Garmendia, indudablemente, se mantuvo alejado de tales posiciones. De hecho, quizás en el manejo de la lengua cervantina radica otro de los resortes importantes que condujeron al escritor a su aceptación actual: la ironía, el humor, la sobriedad en el uso de la adjetivación y la poda consciente de la hojarasca son rasgos que le confieren a su estilo una envidiable singularidad.

Escurriéndose de la ya estertorosa pedrería modernista y de los excesos del criollismo, el escritor ganó para La tienda de muñecos un decoroso sitio en la posteridad. A pesar de que no se afilió jamás a ninguna de las corrientes de la vanguardia, nadie osaría negarle a ese cuaderno germinal su condición renovadora. De ello dan fe, además de los elementos anteriormente apuntados, el antimimetismo, la fantasía y el distanciamiento de las realidades extraliterarias. Como ya he sugerido, Garmendia escribió para hacerse comprender por lectores venideros y es de inferir que lo logró: su influjo en las generaciones de literatos venezolanos que sucedieron a la publicación de sus cuentos, hoy se nos revela como una verdad a todas luces incuestionable.

Luego de su oportuno regreso del viejo continente a finales de 1939, el narrador, hospedado en un hotel caraqueño, continúa su vida de solitario empedernido. Pero en esa soledad - tal vez la soledad sonora que dijera Fray Luis - pergeñó los cuentos que configuraron su segundo libro. Este, publicado en 1952, además de quebrantar el prolongadísimo silencio del autor, fue el máximo responsable del inicio de su justa y merecida revalorización. De modo que con la concesión, en 1974, del Premio Nacional de Literatura a Julio Garmendia, se asistió en Venezuela a la consumación de un acto de justicia.

Yaritagua, 30/12/2005