9 de diciembre de 2008

Cuba y su calle en un libro

Por Ricardo Riverón Rojas
-I-
Lo primero que se palpa de Cuba es el sabor. Aunque —preciso— ese «sabor cubano» que exalto muestra muy pocos puntos de coincidencia con el areito caótico (salsero, rumbero, conguero o reguetonero) de bordes tropicales y casi nudista que en los dominios de las instalaciones del turismo ofertamos a veces con el pedestre afán de obtener dividendos. Ni con la tropezosa manera de hablar, chabacana y de alto volumen, que malamente ha pasado a ser, por virtud del relativo deterioro de la oralidad cotidiana, marca expresiva de una buena parte de los naturales de nuestro país.

Cada vez que me siento impelido a tratar el tema de las mutaciones generadas por la falsa «cubanización» que promueven los pragmáticos predios del espectáculo y la propaganda lucrativos, no hallo mejor ejemplo que el de aquella actividad que «disfruté» en una instalación que creía rigurosa, donde la agrupación musical, tras una buena interpretación del bellísimo número Alfonsina y el mar, se sintió obligada a incorporarle una especie de montuno final (con gozadera y corito) que decía: «Suelta el caracol, Alfonsina, / suelta el caracol…»

Lo auténtico y más representativo de nuestro «sabor» responde a códigos que, para bien han guiado tantas veces, desde el inicio mismo de la nacionalidad, nuestro espíritu de sobrevivencia cultural. Pensemos ante todo en ese ingenio verbal de hondas suspicacias que permite diluir muchas tragedias en el humorismo; sumémosle el ritmo peculiar y las entonaciones de nuestro más rico argot popular; las estructuras lógicas de pensamiento; la audaz y rudimentaria tropología; la proyección corporal; la transcripción a imágenes de los ambientes urbanos y rurales; las insinuaciones plásticas del vestuario; más otras muchas, y podremos disponer de un respetable arsenal de manifestaciones idiosincrásicas, capaces todas de aportarle sentidos y connotaciones inusuales a nuestra ecléctica atmósfera humana.

Las anteriormente enunciadas son esencias que —sabemos todos— nos llegan mayoritariamente a través de las variadas y sui generis expresiones de la cultura popular, aunque en ocasiones la llamada «alta cultura» traduzca muchas de esas fórmulas y las recicle hacia cotos de mayor elaboración. Ejemplos elocuentes nos legaron al respecto, con sus ejecutorias: Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán, en los dominios de la música; Onelio Jorge Cardoso en el cuento; y Nicolás Guillén en la poesía, amén de muchos otros que harían honor a esa máxima de que todo verdadero saber proviene del pueblo. Aclaremos no obstante que, más allá de las figuras descollantes, diversos movimientos gestados en el pasado siglo se orientaron, con un alto grado de concreción, hacia esos propósitos. La poesía negrista, con toda su nómina de autores notables, y la zarzuela, representada entre otros por Gonzalo Roig y Rodrigo Prats, lo confirman.

Ateniéndonos exclusivamente a la referencia literaria, no son pocos los libros de nuestro panteón bibliográfico que han «bebido» de esas fuentes para representarnos, desde su lúdica dimensión, una de las esquinas donde el «saber cubano» pasa páginas con la cotidianeidad y lo común como brújula. Ejemplos abundan: Mitología cubana, Juan Quinquín en Pueblo Mocho y Vida completa del poeta Wampampiro Timbereta, de Samuel Feijoo; El habla popular cubana de hoy, de Argelio Santiesteban; El folclor médico de Cuba y Remedios y supersticiones en Las Villas, de José Seoane Gallo; La Odilea, de Francisco Chofre; Santa Camila de la Habana Vieja, de José R. Brene; Mi socio Manolo, de Abraham Rodríguez; El premio flaco y Contigo pan y cebolla, de Héctor Quintero; Cuentos de guajiros para pasar la noche, de René Batista Moreno, más otros cuya enumeración detallada resulta imposible para los propósitos que me animan con este análisis.

En las primeras décadas posteriores al triunfo de la Revolución, las actitudes de las promociones emergentes y actuantes en la vida literaria variaron en lo referente a su vínculo con la cultura popular. En los sesentas-setentas la relación con dicha cultura se erigió marca de filiación política. La voz popular recién revindicada política y socialmente, más que recogida fue «utilizada» por los narradores y poetas, que al amparo de la estética de la violencia en un caso, y la antipoesía o poesía coloquial, en el otro, elaboraron una especie de catálogo expresivo que monopolizó la receptividad y promoción, como norma operante, hasta deponer el protagonismo en los ochentas por agotamiento y cambios del contexto: saldo paupérrimo del sinfín de reiteraciones del optimismo a ultranza y el lugar común que viciaron su discurso.

Los años que les sucedieron, con sus polémicas en pos de ampliar los diapasones temáticos y romper la camisa de fuerza estilística, configuraron un período en que los escritores se alejaron, por rechazo instintivo con lo inmediato precedente, de las pautas creativas derivadas de lo popular. Se impusieron en buena medida: el tema trascendente, la elevada reflexión existencial, la inter y metatextualidad elegantes, la referencia foránea y parabólica, el virtuosismo técnico, la atmósfera light. El reflejo de la realidad, a tono con la crisis de las izquierdas en los años noventas, cobró un sordo matiz de denuncia indirecta a través del reflejo de lo marginal, de la despolitización casi cruenta, de cierto ahistoricismo ferviente. De esa forma, algo trasnochada, militábamos fragmentaria e impetuosamente en algunos de los códigos del postmodernismo. La presencia de lo popular en el cuerpo creativo de esa literatura, lejos de acusar un montaje orgánico, se imbricó en la masa artística como referencia o instrumento, o como reproducción esquemática de una tipología que al cabo de una escasa década acabaría por agotar una buena parte de sus lecturas subliminales, tras derivar también, paulatinamente, hacia el lugar común.

En los años que corren, al parecer, lo popular va pasando a llenar nuevamente repertorios temáticos y morfológicos en pos de la configuración de una imagen real de la vida cubana a través de sus textos. Se trata, según aprecio, de un fenómeno que comienza a manifestarse, acaso con más fuerza, en los predios ancilares de la literatura testimonial, la crónica y otros géneros del periodismo literario, antes vistos con suma ojeriza en las instancias críticas que, a decir verdad, aún no han reaccionado con la perspicacia que demanda esa ciencia, ante la promisoria reorientación genérica propuesta por lo que ya es un atendible cuerpo textual.

-II-

Historias sólidamente horneadas en la cultura popular sustentan el trazado de La calle de los oficios, libro escrito por Yamil Díaz Gómez y publicado por Ediciones La Memoria, del Centro Pablo de la Torriente Brau, en 2007. Por sus locaciones singulares transitan, divagan o laboran, a la par que expresan su filosofía lega las personas —no por humildes menos emblemáticas— que vitalizan su plural espíritu. Al concluir la lectura del volumen reafirmamos, gracias a sus cuidados textos coloquiales con anatomía de entrevistas, muchos de los criterios esbozados.

Aporto algunos datos sobre la ejecutoria del autor. Se trata de un intelectual nacido en 1971, que debutó tempranamente en la vida literaria cubana al ganar, en 1992, el Premio de la Ciudad de Santa Clara en poesía con el cuaderno Apuntes de Mambrú, cuya lectura generó, en su momento, buenas valoraciones provenientes de la mayoría de los miembros del exigente gremio. Varios poemarios más ha publicado posteriormente Yamil (uno de ellos para niños), pero sus más osados aportes se localizan —creo yo— en esos textos periodísticos que beneficia con tratamiento literario y a expensas de los cuales organizó libros como: Crónicas martianas (2001 y 2007); Los dioses verdaderos (2005); Ese jardín perdido (2006), y Después del huracán (2007). Sobresale en ellos su capacidad para ir de los temas más trascendentes hasta los aparentemente superfluos, suerte de poética inclusiva que le ha permitido transitar sin fisuras visibles desde joyas como el primero de los arriba mencionados hasta la mítica Calle de los oficios que hoy me ocupa, con su galería de tipos, a veces esperpénticos, otras delirantes, pero siempre rebosantes de lo que llamaría una «épica de la humildad». No exagero cuando afirmo que con este libro Yamil salva de la invisibilidad a estas personas: hologramas que transitan inasibles por nuestro aire a causa de ese absurdo prurito social que nos hace volver la vista ante lo que no cumple con determinadas convenciones canonizadas por los grandes pronunciamientos.

Hallará usted en la calle de Yamil, en el mismo pórtico, a una persona tan reverenciable como Julio Guerra Niebla, vendedor de raspaduras que rescata lo mejor del pregón cubano («De guarapo, / batida, / con «janjolí», / que te gusta. / ¡Que rica está! / ¡Yo me las comiera todas!»), a la par que emplea parte de sus ingresos en comprarle caramelos a los niños para de esa forma suplir la falta de uno propio, debido a que la policía de Batista lo torturó y castró en 1957. En esos diálogos de ternura e ingenuidad sostenidos con su entrevistador, nos saluda Niebla desde las primeras líneas del texto titulado, a tono con su pregón, «Yo me las comiera todas». Lo primero que nos muestra es lo que él llama «su foto con el Che», donde solo podemos apreciar, de su cuerpo, una mano apoyada en la tierra: porción del alma más que elocuente para inscribirlo en aquella gloriosa gesta que fue la invasión.

Como para demostrar que lo humano se genera también en las antítesis de las convenciones morales más sólidas, emerge en la página 43 de esta calle el practicante de un dudoso «oficio» prohibido: un tal Pepín, exhibicionista inveterado del cine Camilo Cienfuegos de Santa Clara que aceptó, al parecer sin reticencia, revelarle a Yamil su filosofía del sexo cerebral, onanista y furtivo, ejercido a expensas de las ingeniosas «técnicas» utilizadas en el arte del «repello y la sonadera». Se aparta el entrevistador de valoraciones y deja hablar a su interlocutor, que se explaya en la descripción de sus avatares, orígenes, bofetadas, puñetazos, pequeñas y dudosas glorias para concluir con una sentencia de cierta carga autocrítica, que gana también categoría de título: «Esto no es ninguna gracia sino una desgracia».

Un cargabates, un proyeccionista de cine, un impresor, un limpiabotas, un travestí, un pastor bautista, un taxidermista y un eviscerador completan la curiosa asamblea callejera, de donde emergen dramas, tragicomedias, tragedias, performance, poemas y hasta shows donde alcanzamos a leer, escamoteándole espacio a lo caótico, las lecciones admirables de voluntad, de asunción de un destino, de consagración a un quehacer practicados por estas personas que no sueñan con glorias, sino que proponen desde sus modestos alcances, lecturas menos fácticas de las instantáneas humanas que somos todos. En la gran mayoría de los actuantes de esta calle de los oficios se siente, como subtexto, la gracia del soldado de filas que ha captado la pequeña, pero gran importancia estratégica de su puesto en la trinchera, lejos de los estados mayores de la cultura, mas generando garantía de sobrevivencia para esa multiplicidad de gestos y expresiones que nos hacen sentir con fuerza, desde lo nacional, marcas de universalidad.

Me place alabar dos virtudes formales en estas páginas: primero la excelencia de una prosa que no por coloquial o deudora de la oralidad se permite el lujo de la reiteración; o de lo que pudiera derivar en exceso explicativo. Las descripciones en que se detienen los «maeses» de la calle de los oficios para relatar sus procesos de trabajo poseen la rara magia del texto que se deleita en los frondosos matices de la conversación, haciendo gala a su vez de una envidiable síntesis expresiva. La mano de editor de Yamil (oficio en el que también se destaca) se hace sentir en tanto deja con vida lo que vale y extrae lo insustancial. La otra cualidad que me satisface apunta a lo estructural, pues La calle de los oficios es, más que todo, un libro de entrevistas que podemos leer como si fuera un poema: variedad, amenidad, afectividad contenida, ritmo y dinamismo sintáctico conducen nuestra lectura, de izquierda a derecha, desde la primera hasta la última página, sin que en ningún momento nos sintamos tentados a cerrarlo. Podríamos decir que la inmensa mayoría de los textos de La calle de los oficios configuran una curiosa epopeya mayor, que exalta al trabajo como expresión suprema de cualquier cultura.

No me produce susto afirmar que esta calle de los oficios, con todos sus personajes y la Historia que es posible entrever en los trasfondos, nos entrega un delicioso fresco de nuestra cambiante realidad de las últimas décadas: la generosidad, pero también la intolerancia; la gracia, pero también lo grotesco; la justicia, pero también la arbitrariedad; la ternura, pero también el odio; la ingenuidad, pero también la picardía pueden ser desentrañados entrelíneas por el lector hábil. Muchos otros pares de antípodas podríamos convocar desde las voces presentes en la reunión; con ellos y con la indulgencia como compañera seguramente no nos resultará difícil configurar, con paradójica coherencia, un buen catálogo para que, al recorrer esa calle que es la vida, nuestras horas de mayor lucidez no se diluyan tontamente en las planicies de lo estrictamente convencional.

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